27 de febrero de 2004

Viñetas Sudrealistas


Daniel Samper
En el paraninfo de trazos clásicos que sirve de sede a la ilustre Academia colombiana de la Lengua (la primera creada en esta parte del océano, por iniciativa de los gramáticos e hispanistas Miguel Antonio Caro y Rufino José Cuervo), hace pocos días se dio ingreso a dos periodistas-escritores que poco o nada tiene que ver con el aire enmohecido que campea por allí desde la época de los fundadores: Daniel Samper Pizano y Juan Gossain.

Simpáticos, como son los émulos de Caro y Cuervo, les dio por elaborar al alimón su discurso de posesión como miembros sobre el mester de juglaría criollo, más exactamente sobre los cantos vallenatos, del borde de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Y para cerrar, la presencia de 3 ó 4 genuinos cantores populares, improvisando versos sentidos del alma y cantándolos con acompañamiento de acordeones, tambores y guacharacas. El hecho de que ésta última palabra no haya ingresado al DRAE no significó impedimento alguno para que el objeto sí entrara a la Academia.

Algún transeúnte, que escucho la música sin saber de qué se trataba no pudo dejar de pensar en voz alta: “No joda, seguro que se murió alguno de esos doctores del idioma”.

Pues sí. La misma música que sirve para festejar la vida, se usa para la lamentar la muerte.

Pues, por acá, la realidad del sur cuando no supera la ficción al menos se empeña en eludir sus trazos trágicos con pasos de baile.

Comunistas por, al menos, dos de nuestras 3 raíces (los indios y negros de comienzos del siglo 16 provenían, todos, de sociedades donde lo colectivo primaba notablemente sobre lo personal), forzados a un atroz individualismo por otra parte (la occidental que llaman), quedamos anclados entre un egoísmo generoso y una envidia dictatorial.

La vecina que comete toda suerte de disparates y mínimas tácticas únicamente para mostrar que ella no sólo es más solidaria que las demás con el infortunado sino que “llegó primero al lugar de los hechos” expresa, en buena medida esa idea de que la estima por los demás permite, incluso, lesionar a los demás que, también y con justo derecho, quieren manifestar su estima a los demás.

Ese rasgo sudrealista se manifiesta, entre otras ejemplos, en que la admiración que despertaban las madres de la Plaza de Mayo en Buenos Aires llegó a convertirse en una especie de atracción turística.

Mientras, con la foto al cuello de sus desaparecidos, las madres transformaban el dolor en dignidad caminando en silencio, cientos de personas llegaban a atropellarse para ver el desfile, tomar fotos y comentar los detalles de la dolorosa procesión.

Muchos llegaron a alquilar sillas con parada en los cafés cercanos a la Plaza. No pocas ONG’s europea participaron, si no promovieron, tales recorridos. “Ché, se le oyó decir a alguien, si encuentran a esos chicos perdidos, se nos va a la mierda la guita a mucha gente”.

El manejo de ese compuesto de buenas maneras y cinismo denominado “decencia” es delicado en cualquier parte. No voy a decir acá no. Ni más faltaba. Sería una indecencia de mi parte. Hay, eso sí, trazas que indican que también hay una decencia sudrealista ó, para hilar delgado, una versión sudrealista de la decencia. No sé.


Y aún hay más

Muchos episodios de nuestra historia demuestran la capacidad para soportar largas y extenuantes dictaduras (también las breves y contundentes, pero seguidas), civiles y militares. Pero también está demostrado que la más pequeña sospecha de que alguien quiere aprovechar su condición de dictador para establecer una especie de monarquía desata, ahí sí, revueltas suicidas.

No es decente que, aparte de disfrutar de los excesos del poder tolerado, quiera prolongarlos en su estirpe. Pero, atención, el resorte de la indignación no se ubica en la esfera política, sino en la moral, en la de la decencia: el mismo tirano puede incurrir en los peores extravíos y hasta imponer sus groserías como moda.

Pero que ni se le ocurra pensar que, por eso, puede dárselas de príncipe. Por que el pueblo no lo permite.

Es obvio que acá, como en todas partes, la democracia es un vericueto estadístico y no todas esas cosas de que hablan los políticos y sus homólogos, los constitucionalistas.

Si se mantiene no es a pesar de su debilidad, sino gracias a ella: una democracia fuerte, con intenciones de ponerle orden a la fiesta, pronto pierde respaldo y puede hasta sucumbir.

La eficacia debe ser un simple enunciado para que sea eficaz: que se quede en discurso, que no pase a la acción por va a generar incomodidades tales que terminará siendo, efectivamente, burlada.



cgcuevas@divertinajes.com
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