20 de febrero de 2004

Industria reproductiva, ¿vía a nuestro desarrollo?

Crece, a pasos agigantados, la tecnología de los TRA, mejor conocidos como Tratamientos de Reproducción Asistida. Personas (pueden no ser parejas convencionales de papi y mami en condiciones normales de procrear), que quieren tener uno, o varios, hijos o hijas, según su complacencia, por sumas no tan módicas van a una de las tantas clínicas de TRA existentes en los Estados Unidos, Corea del Sur, India o Italia y… asunto resuelto.

Aquí, en Sud-Acá, una buena cantidad de habitantas y habitantos estamos dispuestos y preparadas (el tema amerita la inclusión de la perspectiva de género), para atender toda tipo de solicitudes de forma sugestiva y eficiente y, de paso, encontrar salidas a nuestro consabido sub (iba a escribir Sud) desarrollo.

Tenemos las requeridas preparación, variedad y disposición. No necesariamente en ese orden. Ni simultáneas. Pero eso se resuelve según cada pedido, con tal de satisfacer las preferencias de las (o los, o less), clientas, clientos y/o clientes. No en vano conformamos un reino de mestizaje e inimaginables mixturas.

¿Quiere determinada cadencia en la piel, un sabor particular en la mirada, algún color específico en los pasos del hijo? ¿Pureza?

Un roce oriental se puede, dado el caso, conseguir con la intervención de algún pariente, abundan, polinesio. Pero si la dama o el caballero desean una textura de arena o hielo en su progenie, ponemos a su disposición un catálogo que cubre desde la orilla sur del Río Grande hasta Cabo Magallanes comprendidas las playas del Pacífico y el Atlántico.

No es necesario que se desplace entre una aldea guatemalteca y las pampas argentinas para encontrar esa línea patética que prefiere en los ojos o una armonía medieval de las manos.

Mercado, al mismo tiempo, central y periférico en, prácticamente, toda región sudaca encontrará mucho más de lo que busca. Sin moverse. O casi. Depende del vaivén que prefiera pero eso sí, lo que recomendamos va entre vertiginoso y sosegado. Cuestiones del disfrute.

En cuanto a lo del carácter no hay problema: ángeles licenciosos, vírgenes elocuentes, poetas industriosos y tiernas criminales. Miscelánea bulliciosa, dictadoras locuaces y sobrios mercachifles. Solemnidad y angustia. Aquí encuentra de todo.

Y de los precios ni se diga. Regalados. Por arriba del suelo o debajito de las nubes andinas, lo mismo que en el borde crujiente del Putumayo, del Rimac o el Río de la Plata, estarán a su alcance.

Como por acá se entiende la reproducción como un luego fértil y delicioso y no como una producción reincidente (valga la paradoja: reproductores reincidentes a pesar –o gracias- a los bajos niveles de productividad), la oferta de TRA supera con creces toda demanda por grande y caprichosa.

Atención, esmerada. Garantías, las que quiera. En esto de hacer hijos Sud-Acá no tiene competencia. Hay gangas permanentes. Esa ciencia que afirma que cada cual puede escoger la descendencia que prefiera, aquí está revaluada por un hecho sencillo: los hijos escogen de antemano los rasgos que prefieren.

Falopio aquí fracasa tanto como las estadísticas electorales. El sexo no se elige: se proclama mientras vagan los óvulos buscando una esperanza, o varias.

Nada de ultrasonidos en tres dimensiones, de test in-vitro, o consultas profanas mientras hierve un proyecto de vida entre dos, por lo menos, serias incertidumbres.

Las técnicas de amor sucumben en las tardes de junio. Aún nos seducimos. A cualquier hora. A quien bien corresponda. Depende de la luna y a veces de la aurora.

Los niños nos adoptan y a veces no se adaptan. Y siempre nos ombligan. La vida se contagia por contacto sexual, no por vía intravenosa como en algunas partes parece que sucede todavía.

Las técnicas, que dicen exactas, para determinar, a las pocas semanas de haber sido concebido, el género del futuro habitante de esta tierra son novedosas pero resultan inocuas frente a los augurios de las abuelas cuando programan el porvenir del nieto, o de la nieta y de ambos, con los murmullos del hervor en los caldos de leche, costillas y arracacha y sienten el temblor picante del ají en sus arrugas.

Por lo demás, selección natural y no control mecánico de calidad en los tipos genéticos. Sin máquinas, ni software o costos marginales. Economía simple: tú quieres y yo anhelo, búsqueda de ocasiones y, sin más conexiones, promediamos recursos y ya veremos, luego.

Los niños, los hijos se hacen con deleite, no se encargan por catálogo, como si fuera un auto. “Que el color sea más claro al lado de las puertas”. “No quiero que se empañe la epidermis con lluvia”. “¿Podría ser unos 5 centímetros más alta en la parte trasera?”.



cgcuevas@divertinajes.com
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