6 de febrero de 2004

Lo que hay en el Principio

En el Principio era, según muchos textos sagrados, la Nada. Hasta que llegó el Creador (algunas mitologías, mis preferidas, tienen Creadoras. Del mismo modo, otras aseguran que el Mundo surgió por acción colectiva).

Pero, para la mayoría de mis sencillos conciudadanos, el Principio debe tener, como mínimo, la opción de escoger entre espaguetis con salsa, frijoles con pezuña de cerdo o garbanzos con chorizo.

No se trata de una ironía filosófica. El principio es aquí parte principal del “seco” y éste debe estar antecedido por una sopa, ojalá con preludio de jugo o una porción de fruta.

En efecto, el almuerzo (la comida del medio día, que llaman en España “Comida”, a falta de una opción menos reiterativa), común, el casero que los restaurantes baratos ofrecen asimismo como “ejecutivo” pero que coloquialmente llamamos “corrientazo” (termino que, también, significa un contacto con la energía eléctrica u otra fuente que te insuflama brío. La relación es evidente), el normal, decía, debe estar compuesto de sopa, seco y sobremesa.

Pero el diferencial, lo que permite a los parroquianos escapar de la rutina cotidiana es la concordancia entre la Carne y el Principio.

Llevo rato tentado a creer que se trata de expresiones que sobrepasan el simple interés denominativo, para manifestar una profunda cosmovisión.

¿Qué tiene de Principio?, pregunta el oficinista sentado frente a la mesita cubierta con el archiconocido mantel a cuadros blancos y azules (o rojos, o verdes), a la atenta mesera que acaba, a su turno, de inquirir con voz suave detrás de la libretita de notas para anotar el pedido ¿Qué le provoca, Sumercé?

Invito a mi lectora imaginaria (española, como la supongo, e ignorante de las costumbres en esta parte del Sud-Acá), a ponerse en situación: es mediodía.

El empleado del cuadro tiene hambre: ha tomado su desayuno hacia las 8 de la mañana (por tarde). Cuenta con el poco tiempo que impone el reloj. La mañana ha sido particularmente tensa, con el jefe jodiendo a cada rato.

La mesera, de una belleza silvestre y común, se acerca a la mesa mientras aquel toma asiento. ¿Qué le provoca? Por apresuramiento, el cliente no se ha detenido a revisar la lista pegada en medio pliego de papel periódico y escrito a mano, donde se ofrecía el menú del día. De haberlo hecho se evitaría la pregunta y ordenaría de una sus apetencias.

Es opción del solicitante responder con un ¿Qué hay? Pero prefiere ir directo al grano y suelta esa jota ontológica que hace temblar todos los prejuicios y conceptos acerca de la existencia misma del Universo ¿Qué tiene de Principio?

Y no es la Voluntad de un Creador (o una Creadora, o un grupo dispuesto a anular La Nada con mitos originarios), lo que resuelve el diálogo, sino un enunciado apetitoso que orienta la decisión y alimenta el cuerpo tanto como el espíritu: espaguetis, frijoles, lentejas o garbanzos.

El meollo de la existencia acompañado eternamente de arroz, papas (o yuca o patacones, pero siempre estas alternativas en un plano más, cómo decirlo, ¿prescindible?), una humilde ensaladita (que también varía, sólo para hacer imaginativas las composiciones) y la Carne (de res, pollo, cerdo o pescado ¿Qué más da?) Lo significativo es cómo lo demás se liga con el Principio.

La mamá que prepara el almuerzo en casa (¿Especie en vías de extinción? Ojalá no todavía), escoge la minuta diaria, entre semana, siempre a partir del Principio ¿Qué hice ayer de Principio? reflexiona Doña Anita en voz alta. Aquí la preocupación consiste en no repetirse de lunes a viernes. Y hay un solo Principio. Sin posibilidades para los comensales.

Personalmente prefiero cuando Ella elegía por mí, por nosotros, a partir de su comprensión celestial de que el Principio no debe repetirse para definir el transcurso de los sabores y la esencia de los ciclos de la vida que se llena. ¿Comprendes mi lectora?

Tal vez sí. En todo caso, la anónima mesera parece intuirlo cuando, con dócil cortesía agrega el Sumercé.



cgcuevas@divertinajes.com
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