30 de enero de 2004

Diga a ver

Sabido es desde tiempos inmemoriales que los “lugares comunes” cambian según la temporada, los gustos del habla corriente, los usos literarios y en fin una serie de circunstancias que, al final, sirven para el solaz de gramáticos y yerbas similares pero que valen huevo al entendimiento.

De pronto un término se abre camino en los labios de la gente hasta merecer el epíteto, generalmente asignado por un crítico, que zahiere a quienes tienen como materia prima de su trabajo, el lenguaje.

La lista de las cien frases más repetidas por los colombianos que publicó hace poco el único periódico (bueno, el de más influencia y tiraje, el que dicta la medida de lo bueno y lo malo), del país se me antoja reveladora, sobre todo por sus carencias.

La repasé con la mezcla de curiosidad y temor con que, supongo, leían los curas y profesores de antaño las renovaciones del Index: para ver en qué pecados estoy incurriendo con frecuencia y cuáles, entre los nuevos, me eran desconocidos a fin de probar su pimienta impúdica.

Conversador incesante (el parloteo, en un medio donde la locuacidad es afición nacional, es una de mis ocupaciones), reconocí casi todos los giros incluidos en la clasificación. En cambio, entre los que eché de menos, faltaba el que titula esta nota. Diga a ver.

Un primer atributo que destaca la expresión es la contradicción sensorial implícita. A diferencia del “Diga, escucho” o “Habla, que te oigo” que establecen una relación directa entre el verbo y la acción que se predica, el “Diga a ver” abre una expectativa gráfica sobre la palabra del receptor. Sugiere que lo que se enuncia será objeto de observación, más que de atención auditiva.

Pero es la multiplicidad de interpretaciones, ceñidas cada una a la situación concreta en la que se pronuncia la alocución, la que la hace tan atractiva en públicos diversos.

En el almacén, por ejemplo, donde la dependiente espera con algo de impaciencia que la clienta decida entre varias opciones las medias que va a comprar, el “Diga a ver” tiene un eco de discreto apresuramiento para la decisión. Menos imperativo que el “¿Cuál escoge?”, si la misma persona lo dice a la entrada reemplaza el “A sus órdenes” o “¿Qué le provoca?” que son también habituales para manifestar la disposición de servicio, este último especialmente en restaurantes y sitios de comida.

El jugador que, haciendo ostentación de sus buenas cartas, envía una sobre la mesa y encima un “Diga a ver” lo que pronuncia, en cambio, es un reto. Ni más ni menos. Creo inclusive que es de las mesas de juego de dónde es originaria la expresión, usual entre los muchachos cuando ponen punto alto en una competencia y quieren estimular a los contrincantes.

Por el lado lúdico se entronca con una invitación a enfrentarse a puños sin tener que hacer alarde físico: el tipo que se siente ofendido (o quiere ofender por alguna nimiedad), se pone de pie mientras mira a los ojos a su interlocutor y emite a media boca el “Diga a ver”, podrá ver arremangado al otro (con lo que el asunto pasa a mayores y está mal visto para ambos), o simplemente observar una sonrisa que le responde “Pues nada” o un –más humillante aún-, “no vale la pena”.

Las insinuaciones amorosas encuentran en este modismo un vasto campo de sugerencias: viva mariposa que agita de pronto el agua de la conversación, abre, si se sigue con destreza su vuelo, círculos concéntricos de deliciosas posibilidades en cuyo núcleo siempre se encontrará un “Diga a ver” pronunciado con tino.

Paréntesis abierto, más que interrogante, sin embargo el “Diga a ver” tiene, como podrá advertir la lectora (por sobradas razones prefiero escribir pensando en una lectora hipotética, a imaginar un lector impersonal), la forma ondulada y ambigua de un ¿bien colocado.

“Respecto a tu última publicación, tengo un par de comentarios” dirá el bienintencionado amigo. Una buena respuesta, entre la expectativa por saber de qué se trata y la suspicacia de los posibles errores encontrados por el otro, se recomienda recurrir a un “Di a ver” que no significa una solicitud para que el interlocutor pronuncie la palabra “VER”. (Broma adolescente: responder “haber” cuando alguien nos interpela con esta alocución).

El énfasis, en este punto, es definitivo. Si se acentúa el tono de pregunta podría verse como respuesta un listado más o menos exhaustivo de argumentos. Para que al final se vea una seguidilla de acciones menos verbales que complacidas es esencial utilizar un tono que me queda por ahora imposible de explicar con palabras.

Rodeado por mi propia incapacidad, pero impedido de salirme por la tangente, sólo me queda la posibilidad de ofrecer, a quien le provoque (quiera, desee, anhele, guste o prefiera), explicaciones verbales sobre el asunto de la referencia: no es sino que diga a ver.



cgcuevas@divertinajes.com
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