23 de enero de 2004

La suerte de las bonitas

Estuve tentado a empezar esta nota con la frase “Irene Damián es muy bella”, pero desistí del verbo en presente, porque está muerta, y del calificativo “muy” pues resultaría ampuloso para una hermosura que, según su amante y asesino, se destacaba por esos enigmas que conducen a los militantes de la perfección a sucumbir con sólo verla en un cartel de teatro.

La lindura de Irene Damián tuvo la suerte de enloquecer a hombres y mujeres que la perseguían por igual debajo del cielo antojadizo de Bogotá o encima de los sombríos atardeceres de París.

Pero, la suerte de la bonita, a diferencia de la de las feas, no es motivo de envidia. Simplemente por que tiene, casi siempre, un sino trágico. En cambio el de éstas es, a lo sumo, compasivo.

Los inocentes gestos de la mujer que se sabe observaba por el universo pueden desatar auténticos cataclismos en el espíritu de sus anónimos admiradores. Les revuelcan, sin que ella lo sepa, las glándulas y los sueños. Les voltean el juicio y las sabanas, el corazón y los horarios.

Mientras que las feas (o las que así se creen pues en esto de la estética como en lo demás todo es relativo inclusive antes de que Einstein lo enunciara), andan a paso lento y con prudencia, como pidiendo permiso para alterar el aire; las bellas marchan molestas por el escarnio de las miradas y los suspiros que les llegan de todas partes: no se detienen a pensar que un leve gesto de mortificación puede disparatar al más ecuánime –y furtivo-, de sus observadores.

Sin embargo, en este mundo moldeado por alguien ocupado en subsanar los leves desequilibrios del sentimiento mientras desatiende las inequidades gruesas, los traumatismos que suscita la indiferencia de las bellas producen un complejo juego de compensaciones. Tarde que temprano terminan por sufrir las consecuencias.

Fue, exactamente lo que sucedió con Irene Damián. Murió, como vivió, instintiva y dulce en el momento de su máximo placer, a manos del hombre que la adoraba y resistida, cercada por el amor que promovió en él sin saberlo.

La victimaria, inmolada en el altar de la pasión que desató por la mano propia de su víctima, sigue siendo bella más allá del límite que separa la otra vida de ésta. Y también a manos del victimario-víctima se pueden conocer los detalles de la historia. Antes de pagar su crimen, él confesó por escrito.

De todo salió una novela que tiene la suerte de ser bella. Pública gracias a una casualidad, quienes han tenido el placer de leerla (que es la única forma de poseer una bella novela: tentándola con la punta de los dedos, repasando el fulgor de las palabras hasta la madrugada, con los ojos enrojecidos por el desenfreno), la recomiendan en los escondrijos de los devotos, comentan sus delicias y encumbran el deseo de los infortunados que no han podido ver uno, siquiera uno, de sus pliegues.

Mientras tanto, en las vitrinas y las columnas de las páginas literarias, otras no tan bellas pero más accesibles, por trasuntos de la buena suerte de las feas, obtienen favoritismo a cambio de sus favores complacientes.

A diferencia de su homóloga Irene Damián, Cerco de Amor no tiene, ni siquiera, la ocasión de morir a manos de su autor quien, por el contrario, la entrega con esa humildad, contigua al orgullo de artesano acostumbrado a la obra de sus manos, a sus amigos para que la padezcan y la gocen en un solo y mismo acto.

No todo es, pues, cuestión de suerte. Ni de método. Tanto hay de azar como de trabajo persistente y talentoso, de enjundia como de casualidad para que la primera novela de Miguel Torres (conocido hombre de teatro colombiano, fundador del grupo El Local en 1970, autor de una de las versiones escénicas más fieles a Macondo: La historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada y de un clásico contemporáneo: La Siempreviva), pudiese ver la luz en medio de las tinieblas que taponan el panorama editorial colombiano.

Pues sucedió que la Alcaldía de Bogotá convocó un concurso internacional de algo que llamaron “novela fantástica con acción en Bogotá” al que Miguel Torres decidió enviar su narración que más bien encajaría, si de clasificaciones se trata, en una especie de género intermedio entre periodismo de ficción y crónica roja, desvarío judicial y confesión de amor.

Un jurado de primera línea le otorgó el premio y ordenó la publicación por cuenta de la misma entidad que convocó al concurso. Pero el grueso de la edición se mantiene guardada en los sótanos de la burocracia municipal, suspirando en pro de la ventura que suele acompañar las andaduras de las, relativamente, feas.

Sí, ya sé que eso pasa muchas veces y en todas partes. Vaya que lo sé. Aquí lo curioso es que la historia de Irene Damián está en riesgo inminente de encontrar el mismo trágico destino que tuvo Irene Damián a quien la muerte acabó detrás del cerco de su traslúcida belleza para hundirla en el infierno de un olvido inmerecido.



cgcuevas@divertinajes.com
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