28 de noviembre de 2003

Todos estamos felices

Cuando la nueva filosofía llegó a la Dulce Compañía, nuestra empresa, fue como si todo se hubiese inundado de repente de una refulgente luz dorada. Los ambientes antes grises y turbios se despejaron y las actividades rutinarias parecieron de pronto un agradable juego en medio de una campiña primaveral siempre en mañana de sábado.

Las caras, que veíamos adustas y hoscas se iluminaron también y por siempre con una suave, dulce y tierna sonrisa. Todo gracias a la infinita sabiduría y bondad del Director General quien en buen momento dispuso la realización, para todo el personal sin excepción, de un seminario-taller de sensibilización psico-gerencial basada en las técnicas del coaching emocional del profesor Héctor Valencia quien fue recomendado, a su vez, por nadie más que el rotundo y complaciente Mr. Hugg Stairs, nuestro consultor de cabecera.

Y todos, como no, fuimos, gracias sean dadas al Creador ¡aleluya!, pues con uno que hubiese faltado las cosas serían distintas, seguirían igual a como antes, llenas de incertidumbre y crisis, de confusión y falta de energía positiva.

No faltaron ni los chóferes de la Dirección General, ni los auxiliares ni las secretarias, esas engreídas que se creen (perdón, Oh, por caer de nuevo en la maledicencia que es uno de mis bloqueos neuro-linguísticos a corregir para poder encauzarme por la senda de la prosperidad cosmo-sensorial plena, como tanto repitió el profesor Héctor Valencia), que se creían la última coca-cola del desierto y que desde su conversión se han vuelto unos ángeles, divinas, iguales a todos los demás inclusive los subdirectores y los gerentes.

Todos incluidos los esbirros de Auditoría, los pusilánimes vendedores, la correcta subdirectora administrativa y su musculoso guardaespaldas de ojos verdes, las coquetas de atención al público y el opaco sub-director financiero de reputada inclinación por los muchachos y un par de ellos, y la subsecretaria jurídica con su fusta y tres abogadillos de su grupo, la subdirectora de gabinete con su dudosa ortografía en compañía del director general, que repitió con la subdirectora en ciernes la jornada y los del sindicato, la cooperativa de empleados, los inconformes y los obtusos, los alzafuelles y los desconocidos fuimos todos y salimos transformados después de las 8 horas que dura el evento, por grupos mezclados para no desatender la marcha de la Dulce Compañía.

La entrada es de película con solo unas luces al fondo del salón y el olor de incienso acompasado con la música de címbalos y maracas, como oriental, creo, o hindú. Luego una voz femenina que se intercala con una de hombre empieza a dar instrucciones para quitarse los zapatos, acostarse en el piso alfombrado, dejarse llevar por el arrullo de la música, abrir el corazón y los oídos para escuchar las reflexiones que se proponen en palabras sencillas y directas durante media hora aproximadamente después de lo cual nos paramos, nos reconocemos, van subiendo las luces, nos saludamos y salimos a un patio arbolado del mismo centro de convenciones para efectuar algunas actividades lúdicas y de coaching emocional dirigidas por el equipo de asistentes del profesor Valencia.

A mí me gusto todo, me pareció sensacional pero en especial la abrazo- terapia por que, en efecto, me permitió sanar muchas cicatrices psico-afectivas que obstaculizaban, sin que yo lo supiera, no sólo mi integración con compañeras y compañeros que no imaginaba, sino que además impedía que el espíritu-niño-ratón (que es el que me corresponde según el estudio quiromántico a partir de la fecha de nacimiento y la lectura de unos trazos que se hizo en la jornada de la tarde), emergiera plenamente potenciando mi creatividad y las expresiones productivas de mi manantial interior.

Esa liberación –por que se trata, en realidad, un romper las ataduras de las fuerzas negativas que socavan la integridad cósmica en la esfera vital de la empresa-, hace vibrar en una misma esfera sinérgica a todos y por ende a la empresa haciendo más sugestivas las tareas y más enriquecedoras las experiencias sensibles y por consiguiente la productividad y la paz interna.

Eso nos tiene a todos felices. Ya no vemos los defectos de los demás sino sólo su lado positivo. Y más feliz que nadie el profesor Valencia aunque a él casi no lo vimos sino al final de la jornada y brevemente. Yo me lo imaginaba, por aquello de su amistad con el gordo Mr. Hugg Stairs, un tipo maduro, de edad otoñal y cuya sabiduría ha sido probada a través del tiempo. Pero no: tiene más bien aspecto de productor de televisión o algo así, un tanto desaliñado y hábil para disponer montajes asombrosos con cámaras y luces.

Feliz, decía, pues puede ver el cheque de sus honorarios y era jugoso. Claro que con la reducción del cobro de las horas extras y del trabajo en jornadas festivas, con la disminución de fallas y de reclamos por problemas laborales, con la calma en nuestras relaciones y el fervor con que todos ahora trabajamos para la Dulce Compañía; se compensa suficientemente lo que la empresa, en buen momento que no debemos dejar de agradecer en ningún momento, invirtió en nosotros. Amén.



cgcuevas@divertinajes.com
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