21 de noviembre de 2003

Lo que son las cosas

jate lo que son las cosas. Me llamó anteayer temprano y con voz de urgencia un viejo amigo, de quien no esperaba siquiera que supiera mi nuevo número telefónico, el que me acompaña hace más de 3 años, para decirme que lo han designado en un alto cargo de la agremiación de empresarios más importantes de la región. “¿A ti”? le pregunté con estupidez de asombro. “Si” me respondió. “A mí. “Fíjate lo que son las cosas”.

“Pero, si no tienes ni idea de los temas que tratan. Además siempre fuiste un cerrado oponente de las políticas cerriles de los señores de la industria. Eso lo sabe todo el mundo”, le inquirí. “Y ¿Porqué crees que te estoy llamando?” interpeló con la confianza de recobrado cómplice.

El caso, para no ir más lejos, por ahora, es que Danilo Souza fue nombrado presidente ejecutivo de la agremiación más prestigiosa de la región. Fui a verlo a su despacho, repleto de muebles de cuero noble y jarrones altos de porcelana.

Me recibió una secretaria altiva de moño adusto y piernas extensas (al menos las supongo, debajo de su discreto traje gris cerrado), con una cortesía rayana en obsecuencia de oficinista londinense.

Él tampoco encontraba, a decir verdad, razones para la elección. Si algún prestigio tiene Danilo Souza, distinto al de su afecto por la vida bohemia y una inteligencia escéptica y verbosa que se explaya en las narraciones de sus aventuras eróticas (famosas desde antes de su noviazgo con la sobrina de la directora de la Facultad de Economía), es el de su irreversible desprecio por los poderosos industriales.

Pero, quizás, concluimos, la publicación de algunos libelos en reposadas revistas universitarias que escasamente lee el encargado de las pruebas, trascendió hasta el momento en que algún genio maligno acuso recibo de sus tesis dos décadas más tarde.

En ellas, repasamos de memoria, Danilo Souza arremetía contra el desdén de los dueños por temas distintos a los de la rentabilidad inmediata, su ignorancia del mundo fuera de los hoteles, las sillas de primera clase, las juntas directivas, las cenas con políticos, embajadores y militares que usan su retiro en defensa de los altos principios de la propiedad, privada de una ojeada a la vida y demás asuntos concernientes.

Después de un litro de café, a porciones en tacitas insuficientes siempre para la evocación de las chanzas por dos horas, pidió un par de hamburguesas y una botella de vino. La sobremesa nos pilló en mangas, con las corbatas sueltas, el humo de dos cajetillas de cigarrillo pulsando salidas por entre las pesadas cortinas y un tablero repleto de líneas que nos conducían a ninguna parte. Una limpia estrategia.

En el fondo intuimos el engaño. No es posible que lo hayan contratado, concluimos provisionalmente, para intentar callar a un enemigo de clase pues hace tiempos se sabe que el único adversario de tal índole fue el profesor que obligó a Danilo Souza a repetir el curso de estadísticas financieras.

Hace un momento conversamos de nuevo. Aunque el misterio original –la causa de su nombramiento-, sigue siendo ignorado, un nuevo episodio aviva otras opciones. Souza encontró en las cifras de la asociación inconsistencias que permiten suponer al menos un par de desfalcos escondidos, cuentas tramposas de vieja data y algunos movimientos al borde del delito.

La cuestión hiede. El olfato heredado del abuelo portugués, comerciante ladino, hace oler a Danilo un fraude que quiere ser aireado. Pero ¿Por qué él, para que lo descubra?

Estoy cansando ahora para tejer hipótesis. Además abomino los lienzos y las agujetas, así sean mentales, para desentrañar el fastidio de las tramas que, a primera vista, no se presentan nítidas.

Pienso, sin embargo, pues es mi tarea más ahora cuando acepté el contrato de consejero del presidente ejecutivo de la agremiación más prestigiosa de la región, que es otro el fondo.

Si Danilo revela esas intimidades es de esperar un sólido (y sórdido) desmentido por su famoso prontuario en varios burdeles del “Triángulo de las Bermudas” ubicado, precisamente, en la zona de las afueras donde ¿por coincidencia? están las instalaciones de los industriales que ahora pagan su sueldo. Y mis honorarios.

Una revisión perentoria del entorno es lo que debo hacer ahora que lo pienso. Trabajo de campo. Mi futuro depende de esas indagaciones. Así están planteadas las cosas, querida.

Todo por establecer la verdad que se esconde detrás de las farolas de colores a fin de conseguir que los buenos nombres de mi amigo, el presidente ejecutivo, el de la asociación respetable y el mío propio inmaculado por años de criterio independiente y sensatez, no sean manchados.

De veras quisiera que fueran las cosas de otro modo pero el deber me llama presuroso. No puedo, aunque quisiera, aplazar un asunto de tanta trascendencia. Seré prudente, es trabajo. Descansa. Volveré en cuanto pueda. No me esperes.



cgcuevas@divertinajes.com
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