14 de noviembre de 2003

En busca de respuestas

Muchos indicios llevan a pensar que se nos acabó el período. El cambio de representante del accionista principal hace improbable la continuidad de la actual administración.

¿A dónde iré ahora? Parece preguntarse caviloso el Director General. En el séquito que sigue sus pasos lentos y torpes, despojados de la altivez con que resonaron en los edificios de la Institución durante los últimos 3 años, echamos de menos los gritos imperiales de la mano derecha, la Secretaria Ídem, las órdenes caprichosas de los subdirectores y gerentes, la arrogancia de los consejeros. Parece que se nos hubiese angostado el gusto por el mando.

¿Cómo pudo suceder? Intentan averiguar los jefes de departamento al revisar los resultados electorales, las cifras del presupuesto, los recientes informes operacionales, el cumplimiento punto a punto de las estrategias que hace apenas un mes nos hacían vibrar con entusiasmo.

¿Quién vendrá en mi reemplazo? Se rumoran nombres, candidatos, barajas, posibilidades en las secciones cercanas a la dirección. Los amigos del régimen, derrumbados por el capricho de las votaciones, creemos que las encuestas engañan las esperanzas y no reflejan ya la voluntad de los electores.

¿Por qué el silencio? Cómo contrasta el ruido de fanfarrias de las últimas inauguraciones con el mutismo que acompaña la rutina de las tardes sin destino. Ahora son idénticas las mañanas del lunes y las tardes de los viernes. Será indiscreto emitir los lamentos en voz alta no sea que se solacen los adversarios con nuestra caída.

¿Cuándo acaba la zozobra? Los más impacientes quisieran no tener que volver a sus oficios. Dar rienda suelta, de una vez por todas, a esa libertad amotinada contra la estabilidad tan duramente conseguida. Porque nada fue gratis: desde que aquí llegamos esto empezó a cambiar y el rumbo debería proseguir en bien de la Institución y sus altos designios.

Y ¿cuándo la memoria? Evoquemos los penúltimos asuntos. Mejor aún: los antepenúltimos. Por que, si este es el fin, la campaña fue el antecedente y antes de ella, la madurez del proyecto que juntos impulsamos. La convicción de los plazos que no terminan nunca, de pronto en el futuro que no existe, nos alentaba a suplir el cansancio con trabajo y el hambre con las ganas. Nada debía fallarnos y nada, en lo que a nosotros corresponde, falló. Tal vez la suerte, pero esa es otra cosa.

¿No es mejor imaginar? Si otro hubiese sido el pasado quizá otro sería este ahora interminable y más luminoso el futuro. Si, por ejemplo, en vez de habernos matriculado con el perdedor, hubiésemos optado por el que ahora exhibe la triunfante torpeza del que nunca ha orientado ¿Qué estaría pasando?

¿Sería todo distinto? No hay duda. Posiblemente fue un error de cálculo. Pero nunca hubo mala fe, ni egoísmo en esa decisión. Recordemos, por que viene al caso, que ponderamos con objetividad, sindéresis, altruismo y sensatez por quien debería inclinarse nuestro favor y nuestro voto. Escogimos al mejor, sin duda. Trabajamos por su elección con dedicación y confianza sólo por que creíamos que su programa era mejor y por eso merecía ganar. Acaso ¿No es el triunfo de los mejores?

Pero, en ese caso, ¿Por qué fuimos derrotados? ¿Acaso no estábamos del lado bueno? ¡No hay tal! Quiero decir, si somos los mejores y estábamos del lado bueno (no somos tan torpes como para ser buenos y estar del lado equivocado), pero la derrota no depende de eso, es un capricho del destino. Entonces, ¿La victoria del otro también?

Si es el destino el que decide, ¿En qué momento olvidamos consultar sus designios? Probablemente fue eso: exagerada confianza en la racionalidad fría y en el cálculo de las probabilidades. Demasiados criterios fundados matemáticamente y poco olfato para captar las emanaciones del entorno, las inclinaciones ocultas de las masas, y mucho crédito a las cifras que arrojaban los estudios, las investigaciones, los muestreos y las estadísticas que analizamos concienzudamente.

¿Quién indaga al destino? Ese duende caprichoso y voluble que antes nos coloco en la cima y ahora nos rebaja a la duda es vaporoso y frágil, dicen los que han dedicado algún tiempo a su estudio, cosa de hechicería más bien, o de ciencias veladas, pura charlatanería a la que, aseguran las malas lenguas, recurrieron nuestros contrarios y contra eso si ¿Qué hacemos?

¿Renunciar? ¡Jamás! ¡Nunca! Que aquí nos encuentre el momento final. Erguidos y tranquilos. Dignidad en la mirada y firmeza en los gestos cuando nos encontremos de frente con el sucesor: ¿Cómo está el caballero? (si es varón el que viene). ¿En qué puedo servirla? (si se trata de dama). ¿Qué información requiere? ¿Qué cuál es nuestro informe? ¿No comprende las cifras? ¿Qué más quiere que explique? ¿Ofendido? De nada.

¿Por qué no hice distinto? ¿Acaso usted mandaba? ¿Por qué lo trae a cuento? ¿Un error? ¿Usted cree? Cortesía pero seca. ¿Orgullo? ¿Servilismo? ¿Miedo? ¿A qué? ¿Cuándo será mañana?





cgcuevas@divertinajes.com
Archivo
Volver
Imprimir