7 de noviembre de 2003

Únicos ejemplares

Admito que, cuando recibía los regalos de cumpleaños sentí cierto desencanto ante el sobre de papel reciclado que alguien me entregó. “Otro bono para cambiar en un almacén de discos”, pensé.

Luego fue desconcierto. Cuando lo abrí me encontré con una nota escrita a mano que me invitaba a reclamar un ejemplar a mi gusto. Días después, a la salida de un almuerzo en el barrio La Candelaria, busqué la dirección entre mis documentos y me encontré frente al portón de una casa colonial típica de la zona, esquinera y de muros blanqueados.

“Soy Matías Ruiz. A sus órdenes”, se me presentó el individuo de edad provecta, delgado y con chaleco de lana. “Siga, Sumercé. ¿Qué se le ofrece?”, con genuino acento de cachaco bogotano.

En el segundo patio, una mesa de madera gruesa aguantaba arrobas de papeles amarillentos, fundas de cuero y nobles pergaminos bajo el sol atenuado por la marquesina de vidrio. Olía a brevas, café recién molido y panela.

Le entregué el sobre. Expuse mi predilección por los mapas de la geografía chibcha. La conversación se fue zurciendo sobres sus preguntas y los comentarios de doña Eduvigis, pertinaz en sus ofrecimientos de tintico y almojábanas.

“Pásese el viernes y se lo tengo listo”, convino más tardes don Matías. “Y venga con más tiempito. Lo esperamos”, subrayó doña Eduvigis. Así quedamos.


Balcázar

“Ayer lo estuvimos esperando”, me recibió la matrona el sábado al comenzar la tarde.

Una maravilla de libro en gran formato. Antiguo y pesado. El único ejemplar, con los mapas que siguieron, desde tres trayectorias distintas, Gonzalo Jiménez de Quesada, Sebastián de Belalcázar y Nicolás de Federmann para toparse en el mismo momento y punto, a pocas cuadras de allí, a comienzos de agosto de 1538 con el mismo propósito de fundar la ciudad en un lugar, entre el pie de los cerros de Monserrate y Guadalupe, que hoy se denomina El Chorro de Quevedo.

Asombrado, pasaba las páginas con recogimiento alterado. “¿Dónde lo consiguieron?” “¿Cómo es posible?” “¡Es magnífico!” repetí muchas veces. Busqué el colofón, las referencias. Ojeé los renglones. Nada. Apenas la sonrisa de doña Eduvigis con las manos debajo del delantal de matrona bogotana y el brillo de los ojos de don Matías sobre sus anteojos reposando en la mitad justa de su nariz profética.

Silencio y sonrisas cómplices. Vitaminas para el misterio que taponaba el aire como una enredadera.

“Cuídelo. Es muy nuevo”, sostuvo la señora. “¿Cómo? ¿Nuevo?”, reclamé con presteza. “Estuvo hecho el jueves”, respondió el caballero. Luego vino el recuento.

Lo que sale de allí son siempre novedades inventadas al deseo de cada cliente. Renglones, portulanos, grabados, leyendas y relatos concebidos por ellos, erigidos de acuerdo a cada encargo. Palimpsestos. Quimeras. Caligrafía de ayer con rasgos de mañana. Numeraciones falsas. Lenguajes imaginarios, trazos sin asidero. Fábulas extraídas de visiones ocultas.

“No puede ser posible”, repetía insistente, mientras acariciaba el volumen con mis manos.

Para refutarlo me llevaron al fondo. Era una biblioteca archivada entre las resonancias de elipsis milenarias. Recortes de periódicos. Tinturas y pinceles de todos los matices que el tiempo haya tenido.

Ellos lo hacen todo. Muelen ajuares rotos que compran al centavo (“Ahora es más difícil. Como el alcalde quiere acabar con los traperos de la Plaza España, nos toca ir hasta Chapinero”, confesó Eduvigis), para hacer los pliegos. Oscurecen las vetas. Corrigen los gazapos que nunca han ocurrido y desvían las certezas en que incurren los sueños.

Celebré su liturgia. Me perdí en sus palabras y juntos nos embriagamos con saldos de garrafas que habían olvidado. Ya no hubo secretos: refirieron pormenores que reservo al recuerdo. Todo me lo dijeron como ñapa al regalo.

Era tarde y yo debía irme. Pedí por teléfono un taxi. Por el túnel que llevaba a la calle los 3 nos fuimos abrazados. Matías decretó con fragor de marino que ha cultivado puertos al menos en veinte océanos, al lado de la puerta: “aquí hacemos leyes, ordenanzas, reglamentos”. Sus palabras me advierten lo último que recuerdo.





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