24 de octubre de 2003

Parsimonia, paciencia y prórroga

Aunque a simple vista parecen diferentes no conozco una pareja de tipos tan semejantes como Aloncito Velandia y el doctor Patricio Montes, mejor conocidos como Venadillo y Eminencia, por sus más cercanos amigos y sus más feroces detractores.

Venadillo se crió en el típico barrio pobre donde te patean sino muerdes los perros callejeros y aprendes a disputar las migajas de pan con las palomas desde cuando gateas mocoso para no morir de hambre.

A Eminencia, por el contrario, lo levantaron en el otro extremo de la ciudad los afectos alquilados de niñeras de almidón y novio estudiante, saboreando mermeladas y flanes importados.

Sin embargo, ahora al primero le luce la buena papada debajo de la barba sutil y gris de funcionario ponderado; mientras el doctor presta su cuello enjuto para exhibir bufandas de seda en el campo de golf 3 veces por semana.

A pesar de su escasez carnal y de su estatura promedio, el doctor Patricio Montes es colorido y llamativo. Tal vez, dicen las secretarias, que lo veneran con severo respeto tanto por el rango como por la riqueza y buen nombre de su estirpe, es el poder que emana de sus trajes de académico inglés.

No obstante la agilidad con que traslada su abundancia corporal, Aloncito Velandia parece mimetizado con los lugares donde se encuentra. Murmuran su par de asistentes, las que tiene gracias al rango medio que ha alcanzado con maña y paciencia en la pirámide burocrática, que se debe esforzar la vista para encontrarlo en los salones.

Son idénticos, en cambio, en la habilidad con que mueven sus fichas en el tablero de la sociedad que le correspondió a cada cual. Como un par de ajedrecistas que se desconocen (aunque en el entorno cerrado y provincial estos dos se han cruzado más de una vez y Venadillo cita, de tanto en tanto, la columna editorial que suscribe los martes Eminencia en el único periódico local), pero que siguen el mismo patrón, inapreciable a vista del profano, en la estructura subyacente del juego.

Ambos parecen aquejados por la misma parsimonia mental que se expresa en la lenta, muy lenta, producción de ideas, disimulada por la incontinencia verbal cuando tienen que emitir una opinión: entonces echan, ambos, raudos, mano de las anécdotas lejanas que no vienen al caso sino después de muchas vueltas, de los detalles nimios y las advertencias prolijas acerca de posibilidades y opciones, interpretaciones y criterios a tener en cuenta para precaverse antes de apreciar como definitivo un concepto cuya pretensión no es otra que la de complementar los juicios que aquí, en orden precedente se han puesto a consideración de los congregados para extraer la médula de lo que, como decimos con frecuencia, constituye el acervo común, fuente cierta de la verdad que no es de cada uno sino la suma de las porciones que cada quien ofrece al colectivo.

Y mientras tanto maquinan las próximas jugadas, de preferencia laterales, que los llevarán a eludir los encuentros de frente hasta alcanzar un mejor lugar a la larga.

No se les conoce risa o grito. Voces amables y gestos depurados. Si acaso una sonrisa con vértices decaídos que agazapa los dientes. Tampoco ubicación posición política o gustos particulares. Siempre están en el centro. Jamás expresan desagrado o respaldo fervoroso a cosa alguna. Por condición neutrales, aplauden con recato cuando todos lo hacen y se abstienen de cualquier comentario mordaz contra sus pares o superiores. Con los demás, condescendientes y escuetos.

Las postergaciones les causan una alegría evidente. Venadillo se frota las palmas con deleite cuando anuncia o conoce, de algún aplazamiento. De lo que sea. Eminencia prefiere un ¡ejem! con leve tos sobre el puño cerrado siempre que vota una prórroga.

Tal vez sea el tedio que traen desde la infancia. La inercia de unas vidas que han compuesto a pedazos. El tributo al fastidio de los tiempos que corren veloces a su lado. O la tregua que abren los hechos al trabajo. Alguna vez he querido saberlo, pero dejé las preguntas para hacerlas más tarde a cada uno. ¿O lo habré olvidado?

La paciencia es, quizás, su vicio predilecto. Se nota su disfrute cuando, sentado en el despacho con los dedos cruzados sobre la discreta panza, Aloncito Velandia escucha con ojos somnolientos y observa con orejas gachas las razones que le traen los alumnos en el mismo momento en que el doctor Patricio Montes recibe en su curial los susurros que llevan sus informantes: nunca un apresuramiento, ni una interrupción, ni un gesto de detente. La paciencia, para que sea sincera, debe ser prolongada.

El gusto por la minucia es otro detalle que los junta. Por la hoja en su sitio, los horarios estrictos, las sábanas tendidas, el debido respeto a las formas corteses. No importa que el mundo se detenga (tanto mejor, aun, si difiere sus vueltas), con tal de que todo ocupe el lugar predispuesto antes de proseguir con el discurso, la clase o el silencio.




cgcuevas@divertinajes.com
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