29 de septiembre de 2003

Empresarialmente correcto en la Dulce Compañía

Lo políticamente correcto, esa elaboración gringa que convierte la mojigatería y el fariseísmo en fórmula inapelable de las relaciones sociales y que esconde, bajo el manto de las buenas maneras, las fricciones de una realidad amarga, nos lleva a ver desde otro ángulo los sucesos y personajes de la Dulce Compañía. (Lo empresarialmente correcto es citarla en mayúscula).

Y nada mejor para comenzar que hacerlo por el Auditor General o, más exactamente aún, por la dependencia a su cargo. ¿Qué audita la Auditoría y cómo lo hace?

El cumplimiento de los horarios. Por ejemplo. Pero sólo allí donde la vigilancia tendenciosa de los esbirros se pueda aparentar como virtud efectiva. “El tiempo es oro. No lo pierda”. “De su puntualidad depende la alegría del cliente. Cumpla”. “No hay disculpa que valga. Sépalo”. ¡Cómo le gusta oírse al Auditor su prédica!

Cuanta dedicación de fiscal en la sombra a las causas inocuas mientras se filtra un presupuesto hacia operaciones equívocas. “Todo lo que le plazca al Comité Ejecutivo. Nada que le incomode”. Ese es su lema.

Ejemplo de corrección también la Dirección Administrativa. No hay detalle que pase a ese ministerio inglés exacto y cuidadoso: los escritorios impecables, los archivos al día, los suministros justos y el ahorro. Es la sección donde cada tanto se inventa una campaña para reducir el gasto de iluminar las orinadas, quitando las bombillas de los baños.

Circunspecta y recatada la Directora guarda las llaves de todos los cajones, las claves de todos los secretos, los datos de todos los deslices de sus colegas. Hasta sus propios lapsos los lleva siempre a mano, en los guantes que guarda su íntimo guardaespaldas.

La opacidad de los salones de la Dirección Financiera se confunde con la transparencia en la Dulce Compañía. Allá todo es arcano. Los grandes libros conservan la Cifra de lo que no es posible develar a los humanos. Señales de humo se levantan desde la calva de los contabilistas, cuando a lápiz corrigen las listas enmarañadas que emite la impresora.

El Director está de viaje. Cada semana lo hace. Debe velar constante los bienes a su cargo. Revisar los lingotes guardados en los sótanos. Estudiar los balances y opinar en las Juntas. Por nada deja de asistir pues perdería –y él es un ganador-, el convite al que lo incita aquel banquero de lánguida mirada que lo atrae a caudales.

Nada por fuera de los códigos sobrevive en la Dirección Jurídica. La legalidad encuentra amparo debajo de un inciso y la ética, obvia ironía, de los negocios se disipa en veredictos arcaicos. Se respira Derecho pero la justicia se va por las rendijas en busca de vientos que convengan a sus pulmones de atleta ciega.

Enérgica dama, su Directora viene de una estirpe de catones provincianos a donde vuelve el viernes a ordeñar las vacas que heredó de los tribunales que regentó el abuelo. Regresa con el látigo a mandar que las cercas se ciñan a sus límites.

No hay nada que se mueva sin que antes lo revise la Dirección del Gabinete (la antes conocida Secretaría ahora, con esos modernismos que trajo la Dirección del Cambio, así se denomina). Para estamos, juran las secretarias que patrullan decretos, resoluciones, cartas, sellos, llamadas telefónicas, recados, compras y nombramientos, comisiones y vuelos, cenas de cumpleaños, visitas a los enfermos y el sueño irrepetible del Director General.

La agenda saturada de la Directora delega entre las súbditas esas y otras tareas que cumplen al detalle. No se pierde un legajo ni se tarda un regaño. Pero las citas después de la jornada se reservan a la patrona que efectiva, las satisface si es preciso hasta la madrugada con amorosa dedicación laboral.

No hace mucho el Comité Ejecutivo escudriñó la iniciativa propuesta por el Director General con el ánimo de reducir los costos de personal y hacer más productivos los procesos de la Dulce Compañía, fin para el cual en sabia decisión autorizó crear una nueva instancia denominada Dirección del Cambio.

La actividad desplegada por el funcionario responsable del Programa de Cambio (y autor verdadero, aunque pudoroso, de la propuesta que aplaudió el Comité Ejecutivo), supera en dinamismo todo lo hecho antes.

La razón es simple: el Director del Cambio, funcionario de rancia prosapia, tenía hace tiempos el esquema resuelto en los mínimos detalles. Apenas tuvo el documento sellado en las manos, salvó unas cuantas amenazas de jubilación y fundó la plaza a su amaño.

Tal versatilidad nos lleva a creer que la Dulce Compañía obtendrá en lo inmediato un renovado impulso. No hay sino que ver cómo son de ágiles los trámites en la dirección del Cambio.

Proyectos de mejoramiento que yacían bajo el polvo de las bodegas desde los tiempos de la Diligencia vuelan ahora de escritorio a escritorio como cacatúas en libertad. Renovados ímpetus inspiran a probos burócratas, que apenas hace unos días padecían la coacción del olvido, para comenzar una nueva época de ajetreo y entusiasmo.

Por feliz coincidencia, la Asamblea General renovó el periodo del Director ídem quien, afianzado en las tesis rescatadas por la Dirección del Cambio, ha manifestado su discreta intención de ratificar a todos los integrantes del Despacho en sus puestos. Gesto suficiente para silenciar los murmullos de la improvisación y el caos.

Inclusive el Director de Publicidad, pregonero de argollas y oratoria exaltadas, festeja esos sucesos que abren ilusión a sus lozanas artes. Quien quita, dice, mientras chupa un cóctel en pitillo y abanica las palmas, si aquel tosco ingeniero se decida ahora sí a acompañar mis ensayos en Dulce Compañía.






cgcuevas@divertinajes.com
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