22 de septiembre de 2003

La comarca hiperbólica

Por estas tierras de la desmesura (hablo de las de Acá, de las del Sur donde aún la grandeza se siente reducida ante lo ignoto y la infinitud se desborda sin conteras), todavía la probidad abunda en el tejido sincero de los días.

Hay, no obstante, provincias donde la avidez se codicia con peculiar empeño: socavones disipados entre el paisaje agreste, villas obtusas, potestades de hacendistas, hábiles para el timo, adornados de palabrería y puñal alquilado por si acaso.

Una de aquellas regiones -donde los ángeles desguarnecidos en medio de la crápula deben auto-desterrarse para no caer víctimas de la socarronería católica y local-, se destaca entre las semejantes porque allí la devoción reúne en una misma cofradía hembras bizarras de generosa grupa, niños sicarios a punto de matar, matronas rotundas que acolitan prelados, obreros exhaustos que hieden a la fábrica, gerentes virtuosos en la trampa, tahúres repletos de fracasos, traficantes, burócratas, ciclistas, una tropa de santos y canallas bajo la fatua igualdad del paisanaje.

Pues esa zona, pingüe en muchachas preciosas, también da a manojos asesinatos pagos, alcurnias lugareñas, clerecías perpetuas, jerarquías inicuas, caballos de fantasía y guasones encima, rufianes de quimera con fortunas inmensas y aquella primavera que se pretende eterna retribuida con avemarías al salto de la pulga.

Heredad de rencores anónimos hay quienes afirman que allá sembró cizaña el propio Judío Errante y perdió los cabales el mismo Mefistófeles. Lo dicen con convicción sus profetas avaros. ¿Habr&aacut`xe; por qué creerles?

No se aconseja al viajero manifestar sus dudas ante esa algarabía. Tal como lo advierte un antropólogo canadiense experto en esas castas, es prudente mostrarse complacido por sus triunfos ilusorios, extasiarse en su estrépito y pasmarse ante el edificio, el paisaje o la tesis que presentan como si no hubiese en el mundo algo que se pueda comparar a semejantes portentos.

Conviene asombrarse y dar por cierta esa labia ampulosa y huera que ofrece el paraíso en una finca amarga, donde la disidencia se castiga con sangre y cierra los debates alguna balacera: costumbre, dicen, que permite unificar las conclusiones a tiro.

Les gusta loar su raza, el abolengo paisano. Se dicen colonizadores cuando con sombrero de jipa y ponchito terciado al hombro salen por los mercados a ofrecer vermífugos de garantía enfrascada en fragancias, cacerolas de hierro, género almidonado por yardas, dados no bien cargados, cristos de yeso y líneas para todo incluida la tristeza.

Soluciones de paso. Discursos de cajón. Licores y tabaco. Milagros a la fuerza. Peinillas y machetes y hachas que son, por lo afiladas, símbolo nacional. Bálsamos que curan mordeduras de serpientes mortales. Oblaciones y rezos. Proclamas de a centavo. Exigencias chillonas. Lo que sea necesario para asegurar el bien la nación.

Negociantes de lengua. Andariegos e inmóviles. Cicateros. Curiosos. Cerrados en el gusto. Su pendencia, en tierra extraña solo les sirve para evocar la sazón hogare&nti`xlde;a: nada que no provenga de sus mismas narices tiene entrada en su olfato.

No es poco el esfuerzo que demanda intentar definir los ribetes de esa región sugestiva y mortífera donde las adolescentes asesinan para que el rufián que les gusta las invite a pasear en moto y los gustos del traficante oscilan entre putas de clase, pésima comida de vértigo y camino y camisetas baratas de contrabando y todos reciben por igual las bendiciones maternas con que se despiden a cumplir sus oficios de muerte y hastío.

Cuando, pasado el entusiasmo primerizo, las voces se arrastran y los tonos se tornan precarios, en vez de los adjetivos deslumbrantes aparecen los diminutivos de las cositas que mencionan como alternativa a la altisonancia inicial: rimbombantes para ofrecer o solicitar y pequeñitos para dar disculpitas por la faltita que, en todo caso si es culpita de ellos, no amerita mayores explicacioncitas

Tal vez la ambigüedad permanente entre la amplificación pública y la reducción cotidiana explique el vigor con que rinden culto –también mentiroso, desde luego-, a la palabra empeñada, al compromiso verbal. No hay quien les gane en juramentos, en promesas, en oferta. Pero, ¡cuídese quien les crea!

Los seres de Hiperbólica perduran en el aire merced a las peroratas que lanzan de continuo refiriendo epopeyas y anunciando ventajas que nunca han de entregar.

Seas cliente, comprador, parroquiano, visitante, usuario, elector, ciudadano, no olvides que los habitantes de la comarca hiperbólica brincan de todas partes: portales refulgentes o exiguos, bodegas de tiendas y almacenes.

Su impunidad la cubren con las primeras planas, los registros de prensa, mensajes electr`xónicos y también con pantallas, anuncios, campañas y carteles de muro, con gangas de mercado y saldos de ocasión.






cgcuevas@divertinajes.com
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