8 de septiembre de 2003

Introducción al Breve Curso de Economía Tropical (I)

La imagen se la debo –y ahora se la dedico- a uno de mis viejos maestros de los que alguna vez tendré que hablar en extenso: “El mate Zavala”. Así llamado por que sus estudios originales fueron de matemáticas y además por su inmensa habilidad para el ajedrez aunque después resultó autodidacta en materias inimaginables. Como la de Ingeniería Amazónica (de la que siempre ha querido formar una escuela en Leticia: ciudad trifásica que mira al mismo tiempo al Brasil y Perú desde la punta más sureña y selvática de Colombia). O la de Economía Tropical que es nuestro tema de hoy.

Tema escogido pensando en los lectores de las franjas septentrionales que padecen (verbo inadecuado, si los hay, para la temporada), un verano que quema la piel de los montes y apaga los fulgores del mar además de dejar media Nex Roma a oscuras y sin jabón. Postal que va del Sur con una frescura indescriptible que, por decirlo de alguna manera, podría ser una primavera aún no decidida a ser otoño o un invierno moderado que quiere transvertirse en dulce abrigo.

Estamos a orillas del Mar Caribe. En Taganga, pueblo de pescadores a cinco kilómetros de la Santa Marta que fundara don Rodrigo de Bastidas frente a la Sierra Nevada de los khoguis. Más exactamente en las afueras del caserío siempre abierto a los viajeros que vienen de todo el mundo a intercambiar con arhuacos, khoguis, mestizos, mulatos y guajiros alegrías y ron y enseñanzas ancestrales en medio de una sensualidad inabarcable.

Pedro Fermín
llega de su jornada a las 6 de la mañana. Deja a un lado, sobre la arena, la canasta repleta de langostas “asesoras” (llamadas así por que entre todas se anula mutuamente el afán de sobresalir: tan pronto una se destaca, las demás la halan hacia abajo. Igual que en las sectas de consultores empresariales), empuja su pequeña lancha hasta la enramada que queda al lado del bohío y pide a grito herido un café cerrero y sin azúcar.

Su mujer le ofrece la taza con generoso vaivén de las caderas cosa que Pedro Fermín no puede dejar de palmotear el trasero cimbreante sobre esos muslos pulidos con perfección. “Tiene el culo como caído”, comenta algún parroquiano cuando al paso de Engracia. “¿Cómo así. Acaso no ve que es perfecto?", replica su interlocutor. “Por eso, como caído del cielo”.

Por lo mismo, por venir de donde viene, sería pecado aplazar el disfrute de semejante prodigio. Además que abre el apetito: luego del grato esparcimiento mañanero viene el desayuno de pescado frito con patacones de plátano, yuca hervida, ñame y arroz con coco. Y la merecida siesta en la hamaca.

Desde allí Pedro Fermín deja pasar las horas. Engracia ya ha enviado los chicos a la escuela, sin mucha convicción mientras utiliza parte de la mañana para comentar los últimos incidentes con las vecinas. Que Martín Elías quiere deshacerse de la gringa Karen pues se aburrió de la languidez bostoniana con que ejerce en la cama. Que el Padre Onofre cambió otra vez de novia y la maestra Iliana se quiere morder los codos por eso pero no puede permitirse el lujo de un reclamo en público. El Mama Eusebio convocó una convención con chamanes y jaibanás en la Maloka para discutir el problema de los contrabandistas de marihuana que se han querido tomar los senderos del Camino Sagrado de Buriticá.

Las noticias corren a carcajada batiente en la comunidad donde nada es escándalo siempre que tenga motivos para la excitación. Pedro Fermín apenas oye el eco de las voces entretejido con el eco que viene del mar y se encuentra con el canto de los pájaros que saludan la brisa bajante de la Sierra Nevada, a sus espaldas. Se balancea en el chinchorro.

Cuando el brillo dorado de los rones de anoche altera con un zumbido de mariposas su sed de pescador, abre los ojos somnolientos e intenta pararse. Al intentar calzar las abarcas, ve un mango caído del árbol que lo sombrea. Lo recoge. Palmotea las hormigas y le limpia la tierra. Muerde con voracidad y el jugo azucarado y grueso le corre abundante por las comisuras. “Eche, piensa en Caribe. Este mango sí está poderoso. ¡No joooda! Qué delicia". No alcanza a comer la mitad y bota el resto ahí mismo.

Ahí, en esa estampa tantas veces vista, encuentra el “mate Zavala”, las claves de la Economía Tropical que, a diferencia de “la otra” economía, tiene de antemano resueltos los problemas básicos de la producción, el mercado y la felicidad. Para comprenderlo hay que despojarse de las ideas de oriente (debo insistir y no me cansaré de hacerlo desde ésta columna: lo que para el común es “la civilización occidental y cristiana”, para nosotros, lo Sudaca es el oriente pues por allí no llegaron tres magos con obsequios al rey sino tres buques a despojar de sus riquezas a los caciques), con su veneración por el trabajo esforzado, sus metáforas agropecuarias, sus luchas contra la escasez y los sueños de abundancia.

Más tarde, cuando venga Lunardo (su refinamiento entre femenino y masculino, su ambigüedad, no tienen límite aunque prefiere que la llamen “el esposo de Laureano, el tinterillo”), a recoger las langostas para llevar al hostal, Engracia guardará las mejores para su familia. Entre tanto yo dejo descansar a los lectores, para que no todo sea fatiga en ese valle ardiente que están padeciendo. Y sigo en una semana.




cgcuevas@divertinajes.com
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