11 de agosto de 2003

La familia es una dulce compañía

Gonzaga el ingeniero se nos va. Jubilado sin cumplir 45. Rozagante y feliz. ¡Cómo nos faltarán sus parcas y agudas indicaciones de “a lo concreto vamos, muchachos”!, con las que siempre abría las reuniones del Departamento. Quiero decir, las del equipo de Dirección del Dpto. pues Gonzaga, veterano asistente a los cursos de verano en Ohio Statal University, para evitar exasperantes intervenciones, detalles insignificantes y explicaciones insubstanciales, reducía al mínimo sus contactos con alguien por fuera de nuestro círculo.

Emperador de lo concreto. Inflexible y sobrio. Maestro de la precisión. Enemigo de los rodeos. Lo que no dice una cifra no lo explica un párrafo. Lo que un gráfico no contiene, está de más. Un proyecto, que a sus autores parecía contundente por lo prolijo, terminaba exhausto frente a las dos palabras contundentes del juicio de Gonzaga: “faltan cifras”. El aplauso, en cambio, sólo merecía un elogio: “adelante”.

Y así era en todo. Con monosílabos atendía las más duras negociaciones. Sin gestos. Con una sonrisa seca que no llegaba al sarcasmo ni azuzaba esperanzas. Café sin cafeína blanqueado con un sobre de leche sin lactosa.

Pulcro siempre de gris medio, camisa blanca, discreta corbata, mocasines negros. Estatura media. El cabello sin medio centímetro de más, o de menos. Levemente mofletudo. Jamás se le vio beber algo más fuerte que agua mineral ni mordisquear otra cosa que una hamburguesa con pan dietético y verduras estándar del casino de la Compañía.

Puntual en las entradas y salidas. Ni un murmullo, ni una orden. Ni un gesto de exaltación ni un fruncimiento de ceño alteraron, por lo menos en el diario trajín del trabajo, sus decisiones. Frías e inapelables.

Todos, más allá del círculo del Departamento, quiero decir, del equipo de Dirección del Dpto., hacían venias leves al paso, tenue, del ingeniero Gonzaga. Nadie lo vio impaciente, ni relajado. Nunca un apunte olvidado en el tablero de la sala de juntas, ni una hoja doblada sobre su escritorio impecable sin flores, ni retratos, sin motas de polvo y con la computadora abierta y negra la pantalla.

Bastaba su cavilación concluyente para calibrar la hondura de sus pensamientos, la claridad de sus orientaciones, la certeza de sus dictámenes, el afán de sus desvelos. Jamás un error. Nunca una explicación. Menos que nada un debate. Y sin embargo, qué portento: siempre atinaba en el lugar vulnerable del paraje expuesto.

Ahora, cuando rememoramos su presencia en medio del hondo vacío que nos deja, solo es posible calificar de correctas todas y cada una de sus cortas providencias. Nunca necesitaba decir más, para devolvernos por el camino de nuestra ignorancia a enfrentar, con coraje autónomo, el punto en que nos habíamos equivocado y que él ya había previsto. ¡Ah, y claro!: la apelación con que abría las reuniones. A lo concreto. Y el “muchachos”, para impregnar convicción y entusiasmo.

Ya no volverán, ¡Oh nostalgia!, los desvelos nocturnos de café y cigarrillos, corbatas desanudadas, mangas levantadas y lápices sobre las sábanas de papel para volver a corregir las cifras hasta hallar el error y volver a comenzar. Desaparecerán las sonrisas de antelación cuando encontrábamos la evidencia de nuestra falla. ¡Cómo no la habíamos captado antes! ¡Partida de tontos! Qué vergüenza con el que, callado y ausente, ya sabía lo que nosotros apenas logramos desentrañar tras extensos esfuerzos.

Otros más altos destinos reclaman su sabiduría. Jubilación, tan joven y con todos los honores. Retorna, afirman los más enterados, al sitio de donde nunca debió salir. Al más alto escaño. Adjunto a la Presidencia de la Casa Matriz. ¿Por qué no pensarán allá en nuestra orfandad?

Quizás los sucesos recientes no den campo a nuestra quejumbre. Dicen que la penúltima fusión trajo graves traumatismos en varias sucursales. Es posible que, en lugar de Gonzaga, envíen aquí uno de esos ejecutivos desmañados y parlanchines recomendados por los recién llegados inversionistas.

Nada de raro que los que se hicieron al paquete grande, quieran tener cerca a Gonzaga. Se rumora que su padrastro está detrás de las últimas movidas. Pero, conociéndolo como lo conocemos, no se puede descartar que sea el propio Gonzaga el que haya inducido la jugada.

Que cesen el chismorreo y la maledicencia. Hay que ser justos y prudentes. Leales a sus enseñanzas, no por imperceptibles menos elocuentes, nosotros seguiremos en el circulo buscando el guarismo que compendie la razón del éxito. Para que nadie ose insinuar siquiera que su estadía entre aquí fue vana.




cgcuevas@divertinajes.com
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