4 de agosto de 2003

La familia es una dulce compañía

Aunque muchos, aquí somos ante todo una familia. La Compañía puede preciarse de ello por muchas razones. El Presidente Ejecutivo (antes se llamaba gerente y los más modernos dicen Ceiouh aunque escriben C.E.O. a la usanza de reputadas dinastías estadounidenses y algunas europeas tantas veces mencionadas en los diarios y los noticieros), es como un padre respetable que cambia, o se ratifica, según su habilidad patriarcal, cada tres años conforme decida la Asamblea de Accionistas que parece un Consejo de Ancianos de la Tribu al que, por privilegio, asisten los tíos pobres: una especie de accionistas minoritarios con derecho a voz y voto pero que, por costumbre, aprovechan el cóctel de clausura con pasabocas y unas modelos de estampa que los dejan ahítos hasta la siguiente ocasión.

El Auditor General sí que es un personaje. Testigo ausente de los asuntos corrientes, en las asambleas anuales brilla su poder insomne: avala los balances y presenta juiciosas –si breves más precisas y aplaudidas- acotaciones sobre la marcha de la familia y su futuro. Hasta los Venerables le hacen venia ese día y le obsequian palmaditas de agrado cuando ha sabido explicar los escollos sorteados en la fase que acaba de concluir, cada vez más azarosa pero todo año esperanzadora de un futuro mejor para todos. De resto no se le ve en medio del séquito de abogados, guardaespaldas, asistentes, evaluadores, analistas y controladores que siempre lo rodea como una guardia pretoriana: el control del control es visible a más no poder y su poder tan grande como el del notario que resguarda las claves del testamento.

Sin embargo la familia no se limita a mostrar su presencia en esas grandes celebraciones. En el trajín diario percibimos, nosotros, sus miembros, vivimos es mejor decir, esa existencia vasta y generosa que nos alienta y alimenta para seguir adelante.

Aunque dispersos, por circunstancias propias de toda familia, en lugares alejados, nos identifican peculiaridades y expresiones que sólo comprendemos los que formamos parte y que no son sólo enunciados insignificantes sino que permean nuestras actuaciones y las proyectan hasta, inclusive, en esa caricatura que en las noches, los fines de semana pero, sobre todo, en vacaciones, tropieza con el patio de la genuina querencia.

Lo cual no debe sonar a queja puesto que se trata de algo natural. Acaso. ¿Dónde pasamos la mayor parte del tiempo despierto? ¿Con quiénes luchamos hombro a quijada para salir airosos sino con los compañeros o colegas que merecen el honroso título de hermanos más que los de filiación sanguínea?

No por casualidad a esta auténtica familia se la denomina, en todos los idiomas modernos, “Compañía”. Por que aquí sí se comparten los detalles de la realidad y se concretan los sueños, las dificultades cotidianas (¿Qué familia no las tiene?), los triunfos específicos, no esas metas abstractas de felicidad genérica, amor universal y plena satisfacción por levantar los hijos en la célula básica de una “Sociedad” indiferenciada y anónima.

Aquí el éxito es puntual y medible. El mínimo cumplimiento diario recibe compensación puntual del jefe inmediato (otro acierto del idioma). Y, por si algo faltará, el pago merecido en metálico mejor que la gratuidad de un afecto poco o nada gozoso.

Incomparable el fervor para una reunión de equipo laboral cualquier tarde de jueves septembrino, frente a los preparativos de un paseo veraniego o una fiesta con lamentables amigos de la lejana infancia. ¿Con quién dejamos los niños? ¿Cuál traje es adecuado? Y ¿el regalo apropiado? Con que desprendimiento, en cambio, se cubre la cuota para el cumpleaños de la recepcionista, no por irascible menos merecedora, o se aporta a los funerales del abuelo del auxiliar tres de facturación, ese muchacho que aún no ha cumplido el segundo quinquenio en la Compañía y ya es más cercano que cualquier sobrino recién salido del servicio militar.

No vienen al caso más comparaciones pues no es la pretensión ir en desmedro de otra estirpe para enaltecer la propia. La finalidad, si de eso se trata, es ilustrar a los extraños de un hecho imperturbable: mi Compañía - y hasta donde he podido establecer otras, inclusive la misma competencia-, es una verdadera familia.

Podría, en este punto, ahondar, de ser indispensable. Lo de las fiestas de integración me lo reservo para describir, cuando la oportunidad lo amerite, anécdotas memorables que el deber de planchar los trapos arrugados en la intimidad me inhibe narrar por ahora. (Introduzco, como ya habrán advertido, ligeras modificaciones a aquello de “la ropa sucia se lava en casa”, para evitar obvias alusiones a “la otra” familia). Por que aquí, siendo honestos, no hay trapos sucios, nada de infidelidades y sí mucho de complicidad altruista a fin de conseguir el objetivo, las metas que juntos nos hemos fijado por el bien común y la satisfacción del cliente, que es nuestra razón de ser, lo que nos aglutina y alienta a mantener la unidad ante todo.

Es sabido que la noción de cliente proviene, precisamente, de las familias patricias de Roma antigua donde, valga la glosa, algunos historiadores han creído encontrar la semilla germinal de la empresa, guardadas proporciones, moderna. Parece ser que el Imperio Romano resultó de la persistencia de un conglomerado de familias aglutinadas en torno a un proyecto de dimensiones descomunales para su época.

Quizás es acertado pensar que ahora sucede lo mismo con algunas empresas, como en el caso de Nuestra Compañía. La Autoridad benévola pero firme del Pater-familia. La nitidez de los objetivos y la perseverancia en su búsqueda son básicas, en opinión de los conocedores, para prolongar esta especie social que, en otros frentes, padece graves crisis precisamente por el deterioro del respeto y el empañamiento de la visión colectiva.

Por fortuna aquí tenemos claridad y disciplina, no diríamos que de sobra pues nunca esas virtudes son excesivas, pero sí suficientes. Los reglamentos justos, al asignar a cada cual la tarea que le corresponde y proveerle los recursos necesarios para que las cumpla, el acatamiento de los conductos regulares, el orden y el mutuo afecto nos preservan del caos que, allá afuera, disuelve una sociedad decadente.

Contrario a lo que muchos piensan, aquí también se goza mucho. Como el amor se afianza en sólidos lazos comunes, cada quien disfruta la realización de sus deberes no como una obligación impuesta, sino como contribución al bienestar de todos. Somos una familia alegre y, hasta cierto punto, descomplicada.

Pensar en todo esto regocija mi espíritu y me fortalece frente a la animadversión que capto en algunas personas de allá. Tal vez envidia o rencor o soledad los pudre. Allá ellos que aquí nosotros seguimos felices en la dulce Compañía.




cgcuevas@divertinajes.com
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