22 de julio de 2003

Cuando las cosas se dan

Hacer todo –o casi todo- es lo que recomienda Saúl Femberg a sus casi 70 eneros para llegar a ser empresario de los de verdad, lo bastante ricos y reputados. Para él, por ejemplo, la galería de arte de enfrente o la casa comercial vecina están destinados, más temprano que luego, al fracaso: sus patrones no están dispuestos a todo –o casi todo- y, por lo mismo, jamás pasarán de ser negocios de monta menos que mediana.

También hay que hacer las cosas con inteligencia, que para el “Mugre Femberg”, como le dicen sus cómplices, es la capacidad de acogerse al parágrafo extraviado de la norma oculta, seguir el atajo más sinuoso, conseguir el trámite menos claro y escamotear los deberes, todo con barriga satisfecha y sonrisa de salmista.

Hasta hace apenas doce años, cuando apenas vivía al amparo del almacén de telas de su padre, el “Doctor Saúl”, para colegas y subalternos, opinaba de otra manera.

Salvo un par de temporadas en la burocracia de la cultura (por ciertos estudios de música que le dieron para un par de meses como profesor de guitarra) y en una empresa de energía (por la recomendación del padre de uno de sus alumnos, que apreció sus desentonos como indicios de genio creador), Saúl no tenía otra trayectoria que la de esperar la herencia: un edificio de apartamentos bien situado que a su único hermano, catedrático en Canadá, quizás no le llegara interesar compartir.

Pero he aquí (el giro corresponde, como podrán observar, a la condici&oacut del personaje), que de pronto Saúl se ha convertido en todo un asesor o consultor de empresas, contertulio de ejecutivos principales, con derecho a roncar en reuniones de alto coturno y a decir tantas estupideces como le plazca y pueda, más el tributo admirado de pares y dependientes.

Las cosas se dan, es la explicación que proporciona “Mugre Femberg” cuando le da por explicar las causas de sus progresos. Y en su caso se dieron: un mortal accidente del directivo justo en el momento de la privatización de la compañía a la que asistía con sus luces, la reserva con que satisfizo algunas condiciones sugeridas por los adquirientes (y avaladas, claro, por el banco de inversión) y la llaneza con que acogió los chistes a sus costillas, fueron casi suficientes para mejorar la condición.

Que todo comienzo es difícil lo corrobora el hecho de que apenas logró mantenerse dos años como “asesor de transición”, en el residuo que quedó de la vieja compañía vendida. Pero otras cosas se dieron. Un antiguo alumno de guitarra, devoto de la misma cofradía y designado con el encargo de privatizar otra empresa, encontró prudente llamar al “Doctor Saúl”, como su consejero con experiencia previa.

La maña para escabullirse de los debates más intensos, la soltura de sus ocurrencias (que no pocos interpretan como sabiduría profunda), aunados al desprecio por todo lo que signifique riesgo, crítica, estudio, innovación o análisis, convierten, como no, a Saúl Femberg en un núcleo en torno al cual gravitan alzafuelles y trepadores, chismosas y enredadores, tramposos y expertos en engañifas, mediocres gerentes y ambiguos jerarcas de la trapisonda.

Venias y obsequios de escritorio (el Doctor Saúl se muere por las cositas del merchandising: lapiceros, cachuchas de colores, almanaques y relojes, cortapapeles y pisapapeles), frases distraídas e informes de acomodo, dimes aquí en confianza, guiño de ojo y ojeo al aire, cuente que yo no cuento y cuento pero no cuente, coqueteos y caspa, chanzas de sentido y medio, risitas que nunca terminan en carcajada, insinuaciones de sobremesa; componen el vasto mercado en el que “Mugre Femberg" despliega sus capacidades como consejero.

Mezquino pero locuaz, el discurso de Saúl sólo admite como enemigos a quienes se atreven a preguntar de más, a corregir un dato o a poner en cuestión un argumento ya sancionado por el juicio implacable de la reunión preparatoria.

Experto en preliminares, esa es otra de sus virtudes torticeras, le fascina anticipar el detalle para poner la trampa: en qué momento debe suspenderse la energía para quitarle aire al expositor de turno. Cómo debe irrumpir la asistenta con el carrito del café, si se opta por ofrecerlo pues a veces la táctica aconseja no brindar nada. Cuándo debe ingresar la secretaria para dar una noticia (falsa, siempre), al oído del presidente a fin de aplazar la votación inminente.

Cicatero con apariencia proba. Sinuoso de presentación flexible. Torvo con disfraz de prudente. Machacón insistente en altisonancias hueras. A Saúl Femberg las cosas se le dan como las pide, casi siempre a crédito y con descuento aunque él las exhibe como proporcionadas y justas.

Su ambigüedad lo hace pasar por equilibrado y su indecisión por reflexivo: he ahí las claves del éxito como consultor anexo, consejero delegado, asesor en funciones y otras tantas designaciones que inventa cuando recorre los pasillos con absorto desmaño de hombre dedicado a profundas cavilaciones.

A lo que no está dispuesto nuestro héroe, ni de fundas, es a meterle cambios a los asuntos. ¿Para qué? Pregunta a quien -con una iniciativa agitada en las manos-, logra traspasar los anillos protectores de asistentas y secretarios. Si algo está bien ahora, cualquier mejora puede malograrlo. Prueba de que está bien es que funciona. Si falla más adelante, veremos qué se me ocurre (puntualiza en primera persona, la suya, con alentadora certeza).

Hace un par de semanas tropecé con Saúl Femberg. Me dijo que se le está ocurriendo sumar a su peculiar portafolio algo sobre sistemas inteligentes. Tenemos, me dijo, que modernizar las cosas. Y se quedó en silencio.




cgcuevas@divertinajes.com
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