15 de julio de 2003

Acá es otra cosa

No hay equivocación en el nombre de esta sección que aspira ser -con la benevolencia del lector y el aguante de los editores-, apenas un juego, franco, de palabras.

Hace un par de otoños, en Barcelona, reunidos con un par de parejas catalanas, la bella compañera (nacida en Neiva, esbelta como una gacela como me la envidian no pocos, en todos los bandos del Atlántico, en plan de mírame-preciosa-que-fascinas-con-esos-ojos-de-no-se-sabe-donde) y el que suscribe, güane auténtico; alguien inició el consabido “usted es…”. “Sudaca”, me anticipé.

Como era de esperar, saltaron las disculpas: calificativo grosero. Vocablo impropio. Agravio, vamos, propio de rufianes xenófobos pero nosotros, europeos ilustrados jamás. Nada de disculpas, reclamó mi condición genuina. Soy de Acá, del Sur de América. Sudaca: me sobran sus esclarecimientos piadosos.

Sudamérica, siempre hay que recordarlo, es la porción del mundo que empieza en la selva del Darién limítrofe entre Panamá y Colombia, y se prolonga más allá del estrecho de Magallanes, si por lo geográfico nos da.

También establecida como provincia de Latinoamérica (la que a su vez comprende desde la Tierra del Fuego en los bordes antárticos hasta California, comprendido, desde luego, las Antillas y el Caribe con excepción de algunos puntos colonizados por holandeses, ingleses y galos en el siglo XVI), en su territorio paradójico se aglutinan 1.896 texturas y se charla en 493 lenguas vivas dispuestas a admitir la sonoridad de esa invención, seguramente popular y por lo tanto libre, que con la cadencia de nuestras pronunciaciones se vuelve acariciante.

Sudaca es más preciso y suena mejor que “latino” (no somos cual sobrinos de Calígula) e inclusive que americano aunque persistimos en impedir que los estadounidenses –con la contribución esa sí incalificable de la clase media europea-, persistan en apropiarse del gentilicio amplio en una región donde lo que no es de nadie es de todos.

Acá en el Sur comparten el mismo vaso la certidumbre y el enigma en amplios lugares comunes bajo la luz de una fiesta permanente. Ahora, por ejemplo, escribo en Bogotá a 2.600 metros de altura, donde 87 de las 88 constelaciones visibles desde la Tierra pueden observarse durante 123 noches del año sin otro aparato que el ojo alerta.

Como las nubes siguen siendo caprichosas para acomodar los vientos, a su antojo y sin seguir el rigor de las estaciones o el dictamen de las fechas fijas, la cacería de estrellas dejó hace años de ser oficio ocasional para convertirse en profesión diaria que exige a sus practicantes mucho refinamiento y algunos ribetes de asesino.

Por Acá el cambio (ese lema gerencial de moda), se estila poco pero se muta con facilidad. Somos mestizos radicales. Poco dados a los principios por la simple razón de que los desconocemos o están confusos, sin empacho borro la clásica expresión latina, Ad-Hoc de la cabeza de esta sección para poner, en su lugar, un término que -a quienes la producen y difunden- les sabe a insulto y, en cambio, a muchos de nosotros, colombianos, Sudacas por excedencia, nos encanta.

Al fin y al cabo, cuando nos da por otear el occidente encontramos, al otro lado del Pacífico que descubrió Núñez de Balboa, al Japón. Nuestro lejano oriente está, a lo sumo, en Algeciras. El norte es un destino indeseado. Trastorno de los mapas oficiales cuando el Sur es el eje de nuestra trayectoria y el motor de nuestro destino.

Audaces y ofuscados. Sórdidos y gloriosos, resguardamos la ternura con fiereza y nos entregamos al baile con denuedo. Atrabiliarios en el descanso y brutales en el halago, el trabajo es sagrado y la lujuria faena predilecta.

Intrépidos en la miseria y cautos de nacimiento, no escatimamos la risa en especial en el momento más solemne de la ceremonia. Como aquí.

Sin pretender incurrir en explicaciones no pedidas (como los catalanes del segundo párrafo), debo advertir que esta columna se ocupará de un tema algo así como “economía y vida empresarial”. Ya sé que no significa mucho por ahora.

Es posible que más adelante sí, lo cual no importa a nadie. ¿Qué sentido puede tener una nota sobre managment y prácticas directivas en la sociedad informacional cuando quien la escribe encumbrado en los Andes rutilantes da clases en una maloka, viste guayuco entre casa, toma chicha de vez en cuando y le encanta la ruta del tunja-zipaquirá-barichara que le legó su bisabuelo jaibaná?




cgcuevas@divertinajes.com
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