17 de octubre de 2007

Familia

Hay una canción infantil, de gran calado cuando yo era niña, que dice: «No hay nada más lindo que la familia unida»… Pues no sé yo.

El sábado pasado celebramos el primer cumpleaños de mi sobrina.

—¿También tú tienes una sobrina?
—¿Qué creías, Tío Ra, que el único tío del mundo eres tú? La «tiez» es un estado de lo más común.
—No sabía que tenías una sobrina, ¿hijo de quien?
—De su madre y, espero, de su padre.
—Quiero decir de cual de tus múltiples hermanos, tienes una, y primos… ¿tienes?
—Es la hija de mi prima Marilé.
—No sabía que estaba embarazada.
—Y no lo está, de hecho dejó de estarlo el sábado hace un año.
—Ah… ¿Y yo que puedo ser de esa niña?
—Yo qué sé… ¿su biógrafo?
—No, joé, me refiero a si soy tío segundo, tío abuelo, tío lejano… si yo soy tú tío y tú eres su tía, el tío de tu tía es...
—Un pelmazo, Tío Ra. El tío de su tía es un pelmazo.

El padre de la criatura cumplidora de un año tiene un montón de hermanos y hermanas, cada uno con sus respectivos novios y novias, maridos y mujeres, hijos e hijas… Y vinieron todos, los dieciséis (sin contar el Yorkshire terrier de la hermana pequeña, que también vino) . Por parte de la madre éramos sólo siete.

—¿Sólo? A mí me parece un planeta entero lleno de gente. Y dónde os reunisteis, ¿en el Camp Nou?
—Muy gracioso. No, nos reunimos en su casa
—Será enorme
—No creas. Lo cierto es que tras sacar todos los muebles del salón a la escalera, parecía bastante amplia.
—Menos mal.
—Pero dejó de parecerlo cuando empezamos a colocar globos, guirnaldas, farolillos y horteradas varias.
—Madre mía. ¿A qué os invitó? A merendar, supongo.
—A merendar sí. Vaya risas, no había visto tanta medianoche junta desde que trabajé aquel verano en la panadería de mi calle.
—¿Y qué puso?
—Pues eso, muchas medias noches, mucho canapé, mucha tortilla de patata, muchas aceitunas, muchos ganchitos, muchas croquetas, muchos mini sándwiches de nocilla, muchos palitos de queso, muchas…
—Vale, vale, ya lo he entendido, mucho de todo.
—De todo no. De caviar, jamón del bueno y langostinos vi más bien poco.

Cuando los treinta y tantos que nos juntamos terminamos de merendar apareció el pastel.

—¿Apareció solo?
—No, claro, lo sacaron entre Marilé, su marido, los cuatro abuelos y cuatro de los tíos.
—Ni que hubiera sido un paso de una procesión de Semana Santa.
— Por tamaño, casi. El motivo no admitía confusión alguna. Se trataba de un pastel tamaño 4x4 de BMW lleno de golosinas, gominolas, piruletas, lacasitos… Y, en medio una vela gigante.
—¿Y la niña sopló?
— No sopló, que todavía no sabe. Lo que sí sé es lo que le soplaron a Marilé por la tarta, un atraco a mano armada… de merengue.

Y el final del cumpliera la piñata.

—¿La piñata? Si que tiene dientes tu prima Marilé.
—No tío tonto
Ra, Tío Ra.
—La piñata. Eso que se cuelga del techo y hay que romperlo a golpes de palo con los ojos cerrados. Como mi sobri es muy pequeña, jugaban los otros niños. Todos a la vez
—¿La rompieron? 
—Sí: la piñata, la lámpara del salón, la cristalera de la terraza, un juego de café con su lechera y su cafetera de porcelana, los dientes del abuelo paterno y el marco de la foto de boda de mi prima.
—Y  eso fue el final de la fiesta, ¿no?
—Sí, y el principio de la guerra: que si tu hijo es un bruto, dando golpes a diestro y siniestro. Que si tu niña le ha dado un golpe a la mía a idea, que los gemelos han hecho trampa … Un horror.
—¿Cómo terminó todo?
—No sé, me fui sin despedirme.
—Eres una mal educada sobrina.

No, lo que soy es una cobarde. Yo ya me sé la historia, de defender a los hijos se pasa a insultar a los padres y no estaba yo por la labor ni tenía el ánimo.

La familia unida es lo más bonito. Sobre todo si está unida bien lejos.



sorue@divertinajes.com
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