20 de septiembre de 2007

Estrés posvacacional

Hace un mes que regresé de vacaciones y todavía, cuando me despierto por la mañana, me dan ganas de salir corriendo. Y es que hay veces en que el retorno a la rutina laboral se convierte en una pesadilla.

Desde que volví me han cancelado dos vuelos, otros seis han llevado retraso, me he caído una vez por las escaleras, me han retrasado dos proyectos…

—Qué mal rollo, algo te habrá salido bien, ¿no?
—Bastantes cosas, la verdad. Pero si las pienso me animo y ahora estoy a gusto disfrutando de mis penas.

Ando tan cansada que el domingo dormí una siesta en el sofá después de comer. Fue corta pero intensa. Soñé que tenía una melena larguísima y llevaba flores enredadas en ella.

—Qué bucólico, ¿estilo Flower Power?

No, más bien estilo “me he caído en un jardín de cabeza y ahora no consigo sacarme los geranios de la cabellera”. Vestía una camisa de mil rayas azul  con el cuello y los puños blancos.

—Jesús.
—Con corbata y gemelos.
—Qué horror, parecerías Alfonso Ussía.

Quita, quita. Menos mal que el efecto se rompía con los pantalones: eran unas bermudas amarillas, con bolsillos de cuadros escoceses y atadas con una cuerda rosa.

—Por todos los dioses, no consigo imaginarte. Dime que no calzabas unas botas katiuskas.
—No. Llevaba unas botas camperas marrones con lenguas de fuego grabadas y puntera metálica.
—No te faltaba de nada.
—Pues no, porque por encima de las botas me asomaban unos calcetines de cuadros de colores con Winnie The Poo en la canilla.
—Joer, sobri, se me está revolviendo el estómago tanto colorín. ¿Y qué pasaba?

Nada. Eso es lo más extraño. No pasaba nada. Y sin embargo yo tenía miedo.

—Es lo menos que debías tener con esa pinta: pánico y una puntita de vergüenza.

Lo más extraño es que me desperté con un hambre brutal y, en vez de la porción de chocolate negro que acostumbra a pedirme el cuerpo tras la siesta, lo que me apetecía comer era unas croquetas de jamón.

—¿Y te las comiste?
—Seguro, yo tengo la nevera llena de croquetas de todos los sabores pa por si. Pues claro que no me las comí. Me comí un sándwich de jamón y queso, que no es lo mismo pero…
—…pero no se parece en nada.
—Me lo has quitado de la boca.
—Bueno, ¿y cuál es la moraleja de todo esto?
—Ni idea. ¿Tiene que haber alguna?
—Hombre, a ver si te crees que estamos aguantando este rollo de tu sueño para nada.

Por solidaridad, pensaba yo. Además, éste es mi espacio semanal y yo lo ocupo escribiendo de lo que me da la gana. Hombre ya.

No tengo ni idea de si esto tiene significado, mucho menos de si tiene moraleja, pero si algo tiene me gustaría saberlo, así que fui a mi doctora de…

—La cabeza.

… de cabecera…

—Uy, por poco.

… y le conté lo que me pasaba.

—Y te dijo que ella no interpretaba los sueños.
—Pues no. Me dijo que eso era estrés posvacacional, y que me fuera relajando, que seguro que me había gastado una pasta en las vacaciones para descansar y no estaban los tiempos como para tirar el dinero estresándose nada más regresar.
—Y tú, ¿qué le dijiste?
—Que eso se decía rápido, pero que ella no conocía a mi jefe.
—¿Y qué te contestó?
—Que ni ganas tenía.
—Lo suponía.
—Y yo.



sorue@divertinajes.com
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