20 de junio de 2007

Aterrizajes

Esta semana viajo por trabajo dos veces, las dos veces en avión. Eso implica que, si todo va bien, habría en esta semana dos despegues y dos aterrizajes, pero, a falta de uno de los viajes, es decir, a falta de uno de los despegues, yo ya llevo dos tomas de tierra. Y sólo estamos a miércoles.

—Normalmente te tolero, hay días que, incluso, te disfruto. Pero, cuando te pones mística, o pedante, o legalista, o misteriosa, o graciosilla, o profesional o reivindicativa, o algo así, en esos momentos, no te soporto.
—Sin embargo, cuanto más borde te pones conmigo más me alegro de que seas mi amiga, querida Julieta de los huevos.
Touché. Pero dime cual es el misterio de ese rollo de los aterrizajes y los despegues. Seguro que la explicación es tan boba como predecible.
—A ver lista, si lo sabes todo, dime cómo se aterriza sin haber despegado.
—Te has caído de bruces. No sé, quizá, tropezaste con un baldosín roto de la calle o así.

Pues sí es lista mi amiga Julieta, sí. No fue exactamente así, pero se parece bastante.

Salí de trabajar el lunes del sitio al que había ido a trabajar el lunes. Me había levantado a las 05:30 de la mañana para coger un vuelo a las 07:45. Es lo mejor de los vuelos cortos en avión, los preliminares los convierten en muy largos. Y no son lo mejor. Un asco.

No les voy a contar de nuevo el rosario de  pequeñas calamidades que preceden a un vuelo Barcelona-Madrid. No sólo lo he hecho ya en otras ocasiones sino que, además me pongo de mal humor con carácter retroactivo. Ustedes saben de qué hablo: cola para pasar el detector de metales, tener que quitarte hasta los zapatos para que la máquina deje de pitar, cola para tomar un café carísimo en vaso de poliespán, cola para embarcar, retraso del que nadie avisa… En resumen, que ya estábamos todos dentro del avión, a puntito de comenzar a volar cuando, de haber ido en hora, estaríamos aterrizando en barajas, y el comandante nos comunicó algo que, palabras textuales “no les va a gustar”. Parece que un operario, al desenganchar el avión del finger, hizo una maniobra incorrecta y torció una de las puertas de la nave que no se pudo cerrar más. ¿Qué sucedió a continuación? Todos abajo de nuevo.

Lo que ellos llaman el pasaje, es decir, nosotros, o sea casi 200 personas cabreadas, cansadas y nerviosas, nos juntamos donde nos dijeron y  esperamos pacientemente, unos más que otros,  a que nos dijeran que debíamos de hacer a continuación. Uf, me da pereza seguir, pero resumiré diciendo que, al final, me hicieron hueco en el puente aéreo de las 10:45. Llegué a Madrid a eso de las 12:15. ¿Alguno de ustedes ha olvidado desde que hora estaba levantada?

Todo esto viene a que llegué a mi reunión de las diez a la una, a la cita de las 12, a las dos y media. A la comida de las dos a casi las cuatro y así, el día discurrió con brutal retraso,  hasta que salí por la puerta de una oficina corriendo al aeropuerto para volver a casa. Bueno, por la puerta y  por las escaleras de emergencia. Las escaleras más adecuadas que se pueden elegir para engancharse un tacón en el dobladillo interior de los pantalones, trabarme, perder pie y casi romperme la crisma contra la pared, si lo pensamos bien, ya que son las que más directamente llevan
a la calle, de modo que, si sales rodando, terminas al aire libre donde las ambulancias pueden recogerte sin maniobrar en exceso.

En fin, que mañana acometo mi segundo vuelo de la semana con pereza brutal, un pie hinchado como un botijo, moraduras en las piernas, un rasponazo en un antebrazo y mi ego tendido en el suelo.

Bah, ¿saben que les digo? Quizá la semana próxima despegue más veces de las que aterrice. O, quizá, ni lo uno ni lo otro, quizá encuentre el equilibrio en tierra firme.



sorue@divertinajes.com
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