9 de mayo de 2007

El carrito

Hacía meses  me rondaba por la cabeza la idea de comprarme un carrito de la compra. Harta de acarrear bolsas de Caprabo que, no sólo no parecen muy respetuosas con el medio ambiente, sino que, además, cortan la circulación…

—¿Cortan el tráfico? Mi no comprender.

… sanguínea de los dedos de las manos, que cuando llegas a casa te tiras 20 minutos moviendo los dedillos intentando recuperar el color y la sensibilidad, pensé en uno de esos carritos como solución. Para tomar la decisión definitiva tuve que apartar de mi mente prejuicios que yo tenía y no quería reconocer.

—¿Tenías prejuicios contra los carritos de la compra? Ozú, eso esconde algún tipo de perversión que no alcanzo a imaginar.

No sé, a mí me parecía que sólo utilizaban carritos de la compra la gente mayor, incapaz de cargar peso, y la gente que normalmente hace la compra en las casas.

—Definiciones ambas que te van que ni pintadas.
—No me jo…robes, no soy tan mayor, yo sí llego a casa con las bolsas.
—Sí, arrastrando las bolsas y con la lengua fuera, sobri, que lo primero que haces cuando recuperas el resuello es lanzar horribles juramentos y amenazar con no ir a la compra nunca más.
—¿Por qué tengo que hacer la compra siempre yo?
—No sé, será porque siempre eres tú quien utiliza las cosas que tú compras…

Pues a eso voy. A que la manera más fácil de olvidar tus prejuicios es demostrarte a ti misma que a) Estabas equivocada en tus ideas preconcebidas b) Que tus ideas eran tan preconcebidas como ciertas pero, oh, oh, cumples todos los requisitos para considerar al colectivo de gente que usa carrito un colectivo adorable. Opté por la opción b y me fui a comprar un carrito.

¡Qué complejo mundo el de los carritos de la compra! Me maravilla cómo de un artilugio tan ingenioso como simple, han conseguido hacer un arte. Los hay grandes y pequeños, plegables, con dos y cuatro ruedas, que suben escaleras, con cierre de seguridad, con apartado para congelados, con doble fondo, motorizados, de los que debes empujar, de los que debes estirar… total, un sinfín de modelos de diferentes tamaños, texturas y colores. Eso sí todos lo bastante caros como para, durante al menos dos semanas, tener que mirar al céntimo la cesta de la compra. Parece una contradicción, y probablemente lo es. Para tener un carro de la compra que sustituya a las bolsas de la compra debes, temporalmente, reducir la cesta de la compra…

Después de un preciso ejercicio de análisis realizado en el chino que hay a la vuelta de la esquina de mi calle, mi proveedor habitual de artilugios varios, me decidí por uno chulísimo, de rayas multicolores en la gama de los amarillos-verdes-azules, con cuatro ruedas, dos grandes y dos pequeñas, con bolsa para congelados, semiplegable, con bolsa para congelados y cierre de seguridad. La marca es lo mejor. Se llama «Nomepesa» y yo añado, y no me canso.

Y aquí me tienen el sábado pasado, el primer sábado que iba a la compra con mi flamante nuevo carrito,  creyéndome yo que la gente me iba a respetar, al menos, hasta tener amortizados los euros invertido. Que si quieres arroz.

Nada más salir de casa fui consciente del ejército de personas humanas que tienen carrito. Madre mía. ¿Nunca les pasó tener, por ejemplo, un orzuelo y ese día fijarse que también tiene uno el conserje, otro el conductor del autobús y uno enorme la recepcionista de la oficina? Pues lo mismo pero con el carrito, creo que no me crucé a nadie que no llevara, esa era al menos mi sensación. Y no debía ir muy errada.

—A lo mejor había en tu barrio una concentración de Amigos del carrito.

Al llegar al súper no había libre ni uno de los cajetines diseñados para dejar atados los carritos. Tuve que espera a que otro usuario viniera recoger el suyo. En ese momento me percaté de que no tenía una moneda de 0,50€ para meter en la ranura correspondiente. Bueno, sí tenía una, la que yo guardo para el carro del súper. La usé, era primordial dejar bien atado mi carrito, el carro del súper podía esperar.

—Claro, bien puedes acarrear todo lo que compras en brazos por todos los pasillos del super si, al salir, puedes llevarlo en tu nuevo carrito.

Cuando me alejaba hacia la entrada de la tienda miré atrás. Vi allí a mi carrito, tan tieso, tan nuevo, tan limpio, tan colorido, tan formal, relacionándose con oros carros … se me caía la baba. Además, el mío era con diferencia el más bonito de todos. Y no es pasión de … nada.

—Sí, bonita, sí. Es pasión de bobona, que estás bobona.

Cuando salí de hacer la compra y me dirigí a recoger mi carrito para estrenarlo por fin, volví de golpe a la realidad.

—Te lo habían robado.

No, menos mal. Sólo me lo habían abollado, rajado por un lado y manchado de coca-cola sin cafeína.

—Menos mal que era sin cafeína, así al menos tu carrito no perderá el sueño.
—Menos cachondeo, que pillé yo un cabreo mayúsculo. Si cojo al tipo que le hizo eso a mi carrito le cortó los pelos. Armé un expolio que no se olvidará facilmente.
—Bueno, pero eso lo cubrirá el seguro...  je, je…
—¿El seguro? He de reconocer que ni se me pasó por la cabeza asegurarlo, seré tonta.
—Tonta no, pero no en tu juicio tampoco. Nena, que es un carrito, por todos los dioses.
—Sí, ya lo se pero, ¿qué quieres Tío Ra? Una le coge cariño a las cosas. Además a ti también te molestó mucho cuando te rayaron el coche apenas un mes después de comprarlo.
—No vas a comparar tu carrito de la compra con mi coche.
—Pero es que me hacía ilusión estrenarlo.
—Y ya lo has estrenado.
—Y era muy bonito,me gustaba mucho.
—Pero si lo quieres de verdad también te gustará ahora, roto y cochinote…
—Además se puede lavar…
—… además… Va, sobri, si te descabreas te invito a un helado.
—Está bien, me descabreo. Que sea de chocolate y nata, por favor. Y de dos bolas.



sorue@divertinajes.com
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