28 de marzo de 2007

El caldo de la abuela

Esta semana pensaba hablar de Cambio Radical, ese nuevo programa de Antena3 que gente que se considera poco agraciada físicamente, se presenta voluntariamente a un casting de feos  con la esperanza de ganar ya que, si son considerados por un jurado de dudoso criterio como los más feísimos y los más desgraciadísimos y necesitados,  se someten por el módico precio de contar sus miserias en la tele, a variadas operaciones de cirugía estética para mejorar su imagen. Pensaba, digo, porque ya dejé de pensarlo. Estaba muy entretenida jugando al cinquillo con tío Ra y se me olvidó poner la tele. No puedo hablar de ello, mecachis.


Teresa, vieja antes
[Foto: Qué me dices]
y ¿joven? ahora
Lo que no me resisto a comentar es que este programa lo presenta Teresa Viejo, experta en cirugías varias, a su cara me remito, y con un apellido que atenta contra el espíritu del programa de “si eres feo y/o viejo, no tienes nada que hacer en la vida” ya que es ambas cosas, el apellido digo: viejo per se y feo porque sí.

Tampoco me resisto a señalar que simultáneamente, en Tele5, daban el concurso de Miss España. Yo lo dejo ahí, para que cada uno saque sus conclusiones.

Dicho lo cual, me pongo al tema de hoy que es… ¡Tachán! Los anuncios de la tele, uno de ellos, para ser más exactos.

¿Han visto ese anuncio de un caldo de tetrabrik en el que todos los comensales, jóvenes por más señas, dicen que el potingue envasado sabe igual que el caldo que hacía su abuela? Pues hoy vamos a analizarlo.

—¿Tú y quien? Ese plural que utilizas es, a la par que innecesario, el análisis lo vas a hacer tú sola, prepotente y presumido.
—Mira tú cuántas cosas puede ser un plural. Si alguno andaba de capa caída pensando que no era nadie, tú, querida Julieta, acabas de poner algo de luz en su vida.
—¿Lo qué?

Amante como soy de la creatividad, lo de este anuncio me da cien patadas.

—Pues estarás toda dolorida.
—Es una metáfora.
—Pues estarás toda metafóricamente dolorida.

Para quien no lo haya visto, el anuncio representa una reunión de jóvenes, supuestamente amigos, que comen, o cenan, vaya usté a saber, juntos.

Lo primero que choca es que en una quedada de esas características, en lugar de espaguetis, pizza o, si me apuras, una buena paella, los protagonistas de este spot se reúnan a comer  sopa. Que ustedes dirán que por qué no pero a mí, qué quieren, me extraña.

—Donde haya un buen caldito…
—… de bote…

Una vez aceptado que los jóvenes de ahora son así de originalmente tradicionales, lo que no puedo ver es al primer tipo que sale en pantalla, ese que más que sujetar la cuchara para comer sopa parece que la agarre para cavar.

—¿La coge con las dos manos?
—No, pero porque no se le ha ocurrido. La coge… cómo te explicaría, casi como si empuñase unos bastones de esos de tocar el tambor.
—Palillos.
—No, mondadientes no usan, no ves que comen sopa.
—Los bastones de tocar el tambor se llaman palillos o baquetas.
—Como se llamen. Coge la cuchara como si cogiese los como se llamen y con los codos hacia afuera, igualito que Don Nicanor.

En realidad es un gesto entre tocar el tambor y agarrar un cuchillo jamonero para asesinar al prójimo. Se nota que ese joven no ha dado clases de urbanidad y buenos modales y no fue al colegio que fui yo, ni tuvo a Maria Engracia, la directora, machacándole con el correcto modo de usar los cubiertos, servir la mesa, pelar las naranjas…

Pero superado este primer impacto, lo que de verdad me llama la atención es que, según los chicos, el caldo anunciado sabe exactamente igual que el caldo que hacía su abuela.

—¿La de cual de ellos?
—La de todos.
—Son todos primos o qué.
—No, ahí reside la gracia. El sabor del caldo es tan auténtico que todos piensan que es igual al del caldo que hacía su respectiva abuela, siendo esta propia, esto es, no compartida con los demás comensales.
—¡Ea, cómo se explica mi niña!

Y siempre en este momento la indignación por los modales del primer individuo dan paso a la pena que me da pensar que las abuelas de los miembros de esta panda hacían un caldo horrible, con sabor a caldo de bote. ¿No son dignos de pena y compasión? Imagino a aquellas abuelitas amorosas empeñadas en que sus nietos se comiesen ese caldo con regusto a colorante E-14 socarrado. No quiero comenzar una competencia entre abuelas  pero, palabra de nieta, mi abuela hacía un caldo que resucitaba a los muertos.

—Por Júpiter, y ¿de qué lo hacía? ¿De cola de ratón, pelo de murciélago y ojos de serpiente? Tu abuela ¿cocinaba en un caldero, llevaba gorro de punta, vestido negro, greñas y volaba en escoba? Qué yuyu.
—Qué graciosa Julieta. Lo dicho, resucitaba  a un muerto y además estaba buenísimo.

Yo que siempre estaba tentada de probar todos esos precocinados que incluyen a la abuela en su nombre, ahora me surge  la duda, ¿será una de esas abuelas que les dio su receta del caldo la que les facilitó la de las croquetas, las lentejas, la de la paella? ¿Qué pasa, que las abuelas de esta peña no contentas con no transmitir a sus nietos las normas básicas de la educación en la mesa, tampoco se conforman con maleducar el paladar de su familia y quieren estropear el de todos? Por todos los dioses, si no saben cocinar señoras, ¡hagan ganchillo! Pero si hasta yo hago el caldo más bueno, hombre…



sorue@divertinajes.com
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