28 de febrero de 2007

Batallas perdidas

—Vale Tío Ra, pa ti la perra gorda.
—Pues eso.

Tío Ra y yo terminamos así la enésima discusión por el mismo tema: los calcetines negros. Tío Ra defiende que los hombres deben llevar  calcetines negros siempre, independientemente del color de los zapatos y de los pantalones que vistan.

—Lo decía mi abuelo, y mi padre y yo mismo. Los calcetines, negros.
Tío Ra, tu abuelo, probablemente, tenía un único par de zapatos, casi con seguridad de color negro y, a lo más dos pares de pantalones: unos grises y los otros… grises.
—¿Ah, sí? ¿Y cuántos pares de calcetines tenía mi abuelo, eh, a ver, tú que lo sabes todo?

Me saca de quicio cuando se pone así de terco.

—Qué  me sé yo cuantos calcetines tenía tu abuelo. Lo que quiero decir es que tu abuelo está demodé.
—Demodé, demodé, qué sabrás tú de elegancia. Para que lo sepas, mi abuelo era un gentleman.
—Sí, el famoso gentleman de los calcetines negros.
—¿Sabes qué te digo? Que me pondré los calcetines del color que me dé la santa gana.
—La negra gana, diría yo. Que no, que llevar mocasines granates con calcetines negros, digas lo que digas, es de hortera.
—Es hortera llevar mocasines granates así, sin más.
—Vale, vale, tú ganas. Ponte los calcetines negros con lo que se te antoje pero, por lo que más quieras, con las Adidas no, es nefasto. Igual de nefasto que zapato normal con calcetín blanco.
—Mucho peor lo segundo que lo primero, sin comparación. Y no hablemos de las sandalias con calcetines, incluso negros.
—Vale Tío Ra, pa ti la perra gorda.
—Pues eso.

Odio rendirme, pero es una batalla perdida. Y no es la única, hay más, tanto privadas como públicas. Lo de la basura, sin ir más lejos.

—¿La telebasura?
—No, aunque también.

Me refiero a la hora de bajar la basura. Es por todos conocido que los Ayuntamientos piden a los ciudadanos que bajen la basura a partir de una cierta hora de la tarde. Batalla perdida: cada uno bajamos la basura cuando nos sale de los… contenedores. Asómense si no me creen a la ventana una mañana cualquiera y verán a la gente con la bolsa de basura en una mano y el maletín en la otra. Y lo mismo a media mañana, mediodía o media tarde. Pero a partir de las ocho de la tarde no baja la basura ni el tato.

—¿Qué pretenden? ¿Qué bajemos de propio a tirar la basura? Pues vaya pereza.

Es verdad, da una pereza brutal. Lo dicho, otra batalla perdida.

Y qué me dicen de esquivar las máquinas de verdad de la programación. Batalla perdida: cuando te encuentras con uno de esos cazatrolas cambias de canal y, caramba, los hay por toda la parrilla. Todavía peor. Apagas la tele, vuelves a encenderla por la noche y ¡allá te va! Más pseudofamosos rodeados de cables haciendo como que son sinceros. Si a alguno le diesen calambre los cables de la dichosa maquinita verían que pronto se dejaban de tonterías.

Una más y lo dejo, que no querría hacerme pesada.

—Tarde, ya te has hecho pesada.

Cada año me digo: este año veo la gala de los Oscar enterita. Y cada año me duermo. No será porque no voy bien preparada para aguantar: café, coca-cola,  café con coca-cola, palomitas, chocolate negro. Pero no hay manera. A media gala caigo dormida como un cazo y, cuando despierto ya se ha acabado todo. Este año, como los anteriores, me he tragado todos los premios rollos del principio, me he dormido y me he perdido los guays: mejor actriz, mejor actor, mejor director, mejor película. Mecachis. Y es que no hay manera de aguantar. Es como si en cada discurso de agradecimiento hubiera una dosis de dormidina. Muy fuerte.

Hay muchas más, pero ahora no me acuerdo. Porque esa batalla también la he perdido, la de la memoria.



sorue@divertinajes.com
Archivo
Volver
Imprimir