14 de febrero de 2007

Las nuevas mascotas

Ayer por la tarde me crucé por el Eixample con un chico que paseaba un cerdo vietnamita atado con una correa.

Jesús sobri, ¿qué odio tienes tú a los vietnamitas? Ni que fueras Rambo.
—¿Qué dices?
—Que pasear un vietnamita con correa eso es xenofobia, violación de los derechos humanos y una barbaridad. Pero llamarle cerdo como tú has hecho… vamos anda, eso es el colmo.
—Que no Tío Ra, que lo que paseaba era un animal porcino de raza vietnamita.
—¿Un cerdo de verdad?
—De verdad de la buena.
—¡No me lo digas!
—Pero sí ya te lo he dicho.
—Mujer,  es una manera de hablar.
—Ah.

Un cerdo de pequeño, de color negro, de aspecto simpático. Iba trotando al paso de su dueño. Al llegar al semáforo, el chico le soltó la correa y el cerdito, como si se tratase de un caniche, se puso a olisquear un árbol. El chico arrancó a andar y silbó al cerdo que estaba distraído pero, al oírle, dejó de enredar  y siguió a su dueño calle abajo. Alucinante.

—Desde que George Clooney hizo público que tenía un cerdo vietnamita se han puesto de moda.
—Pues el chico no se parecía a Clooney.
—Mientras tampoco se pareciera al cerdo no está todo perdido.

Todo el mundo se giraba a mirarlos. Cuanta más gente se giraba, más tieso se ponía

—¿El cerdo?
—No, el chico.
—Era un snob.
—¿El chico?
—En este caso, el chico y el cerdo a partes iguales.

Yo no quería mirar para no parecer una paleta, pero no podía evitarlo, era tan mono.

—¿El chico?
—El cerdo, no das una.

Le pregunté como se llamaba y me dijo que Saigón. Le pregunté si mordía y me dijo que no. Le pregunté qué edad tenía y me dijo que un año. Le pregunté qué comía y me dijo…

—Te dijo que comía señoras preguntonas.
—Casi. Me dijo que tenía prisa y que, si quería información, la buscase en Internet.

Y es que, de unos años acá, se considera cool tener como mascotas animales que tradicionalmente no lo eran. Una compañera de oficina tiene dos iguanas: Epi y Blas.

—¿Qué tipo de compañía hace una iguana?
—Ni idea. Mi amiga dice que son lo mejor y que no las cambia por nada. De hecho, una de ellas mordió a su novio…
—Y ha cambiado de novio.
—Me lo has quitado de la boca. Y ten cuidado porque, precisamente por quitarle la comida de la boca, mordió Epi al ex novio de mi amiga.
—Leches, es que con la comida no se juega.
—Eso mismo parecía decir Blas.

Mi vecina del segundo primera tiene un diamante de gould.

—Estamos hablando de mascotas, no de joyas.

Lo sé. Es un pájaro exótico. Se lo encontró abandonado en un árbol.

—¿Cómo se abandona un pájaro en un árbol? Y, sobre todo, ¿cómo se encuentra? ¿O es que tu vecina iba de rama en rama, de copa en copa, de árbol en árbol?
—No. Lo vio desde la ventana de su cuarto de baño, lo llamó, el animalito entró y ya no ha salido de allí.
—¿Del cuarto de baño?
—No, del piso de mi vecina. Se llama Tili.
—¿Tu vecina?
—Noooooooooooooooooooooooooo, el diamante de gould.

También conozco un puercoespín que se llama…

—¡Espinete!
Kiwi. No le veo la gracia a tener de mascota a un animal que, cuando te acercas, saca las púas y no hay manera de acariciarlo, ni de cogerlo, ni de abrazarlo. Además no te reconoce, no te hace caso, no juega contigo, es un rollo.
—Tampoco puedes abrazar a un pez, ni jugar con él ni enseñarle a traerte las zapatillas y mucha gente tiene peces.
—Pues yo no le veo la gracia a tener de mascota un pez, soso sosísimo y mascota de  las de toda la vida.

Me pregunto cómo afrontan los padres de hoy en día el temido día en que el niño llega a casa y dice: Quiero una mascota. En mis tiempos sólo había pez, pájaro, hámster, galápago, gato o perro ¡y ya había discusiones!



sorue@divertinajes.com
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