31 de enero de 2007

Los calcetines del Presidente

Esta semana hemos oído dos noticias relacionadas con pollos que me han encantado. Por un lado, un niño chino que con sus fuertes gritos provocó una estampida aviar en el corral de un vecino con el resultado de cuatrocientos cuarenta y tantos pollos muertos y otros muchos heridos. Por otro, la de una empresa de comida rápida que ha hecho un casting de pollos para seleccionar al protagonista de la campaña publicitaria que prepara para el lanzamiento de su novedad gastrónomica, una hamburguesa de pollo o algo similar, supuestamente baja en caorías. Total, que entre el casting y la voz prodigiosa, no puedo por menos que pensar en los chicos de Operación Triunfo: no dejan de ser una cuadrilla de pollos con voces más o menos prodigiosas que pasaron un casting para entrar en un corral muy particular y matarse a gritar y lanzar gorgoritos.

Sin embargo, y pese a que estas historias de los pollos dan para mucho, ayer lo que vi, eclipsó cualquier suceso anterior.

—Has visto las imágenes del novio de la Obregón luciendo sus encantos.

Impactante sí, pero no era de esto de lo que quería hablar.

—Yo tampoco querría hablar si tuviera “esto” a mano.
Julieta por todos los dioses, no seas vulgar.
—No lo soy… pero es porque no tengo nada a mano para serlo.

No, hablo de lo que vi anteayer en la tele y ayer en todos los diarios.

—Ya sé, viste a esa iguana que tiene una erección permanente y le van a estirpar un pene.
—¿Un pene? ¿No querrás decir el pene?
—No, las iguanas tienen dos. ¿La has visto?
—No gracias.
—Se llama Mozart.
—Lo que me faltaba por oír.

Dejad, ya os lo cuento yo. Hablo del espectáculo que ofreció ayer el presidente del Banco Mundial, el estadounidense Paul Wolfowitz: al descalzarse en la mezquita de Edirne, en Turquía, mostró los tremebundos tomates que llevaba en los calcetines. Los agujeros eran de armas tomar, le salían los dedos gordos. Y el tío se quitó los zapatos sin complejos, sin vergüenzas, sin rastro del algodón con el que, hace años, los tejieron.

—Yo me pregunto, ¿de verdad le encomendamos la economía del mundo mundial a un tipo con tomates en los calcetines?
—No hay que saber zurcir para presidir el banco del mundo.
—El Banco Mundial.
—Pues eso.
—¿Es así como piensa llevar las cuentas del mundo? ¿No cambiando nada hasta que se rompa?  Porque economizar esta bien, pero sin llevar las cosas a último extremo. Tampoco hace falta perder la dignidad ni mostrar los trapos sucios.

Hombre tenía que ser este señor. Seguro que no ha sido sólo dejadez. Ha sido también que no sabe coser, que los calcetines se los compra su mujer y ella no estaba en Turquía para solucionarle la papeleta. Si las mujeres tuviésemos acceso a puestos de responsabilidad, imágenes como esta no volverían a repetirse.

—Iguales no, pero similares si. Me imagino a la Presidente del Banco Mundial acudiendo a una reunión con los rulos puestos.
—Pues yo no me imagino esa escena, sin pintar vale, pero con los rulos puestos, como que no.

Además de una evidente roñosería que no es presagio de nada bueno (Wolfowitz nos va a obligar a  apretarnos tanto el cinturón que nos tendremos que quitar un par de costillas, como hizo Sofía Loren), el asunto de los calcetines tomatizados me hace preguntarme si este señor tiene madre.  Si no  la tiene, le acompaño en el sentimiento, pero, si la tiene, ¿es que ella es la única madre del mundo que no le dice eso de que has de llevar la ropa interior limpia y en perfecto estado de revista por si tienes un accidente?

Y la última, ¿es que el presidente del Banco Mundial no tiene un asistente que le ayude a salir airoso de estas situaciones?

—¿Y qué querías que hiciera? ¿Que le pintase los dedos de los pies de negro para disimular?

No, joer, pero le podía haber dejado sus calcetines, o fingido que descalzarse  atenta contra sus principios, o desprogramado la visita a la mezquita o aconsejado que se quitase al unísono zapatos y calcetines. Cualquier cosa para evitar la vergüenza de salir en todos los diarios del mundo como el presidente más cochambroso. Claro que a él parece no importarle, no hay mas que ver lo sonriente que está. Como se extienda su ejemplo del ahorro, me veo a los políticos con camisas remendadas, coderas en las americanas, rodilleras en los pantalones y zapatos con medias suelas de goma.





sorue@divertinajes.com
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