29 de noviembre de 2006

Microleches

Se me ha roto el microondas.

—Se masca la tragedia.

Menos guasa Julieta, hay que ver lo que echo de menos a ese trasto. Pensaba que sólo lo utilizaba para calentar la leche…

—Es para lo único que lo uso yo —tío Ra se solidariza con mi pena— por eso le llamo el microleches.

… pero ahora que no lo tengo me doy cuenta de que lo uso para muchas más cosas. Es como cuando cortan la luz y tú estás todo el rato dándole al interruptor,

—No me digas que estás todo el día calentando leche…

Que no Julieta, quiero decir que me doy cuenta de que en la cocina necesito el microondas para más cosas que no sea calentar leche.

—Sí, para calentar sobras.

Pues sí, también. Y para descongelar, hacer pizzas, hacer palomitas, asar patatas, calentar el antifaz antiestrés, ablandar la mantequilla para poder untarla en la tostada …

—Vale, vale, pero lo de calentar la leche es esencial.

Julieta tiene razón…

—Como siempre

Dejémoslo en una vez más. Lo de no tener microondas para calentar la leche del desayuno es un mal rollo. Mejor aún, es mala onda.

—No exageres, hasta que te compres otro horno deberás recuperar el cacito de la leche.
—Pues a eso voy, a que no tengo cacito de la leche.
—Venga ya, todo el mundo tiene uno, aunque sea viejo.

Pues yo no. Lo tenía, lo tuve, aunque no lo usaba, durante mucho tiempo. Pero lo tiré. Exactamente lo tiré cuando me compré una vitrocerámica de inyección.

—Será de Inducción.
—Sí, pero es tan rápida que parece turbo inyección. El caso es que mi cacito no servía para ese electrodoméstico tan moderno. Además, con el microondas, el cacito no hacía falta. Resultado: lo tiré a la basura.
—Bueno, pues usa otro cazo pequeño, el de cocer huevos, por ejemplo.
—No como huevos, tengo colesterol, tampoco hay cacito de cocer huevos. Sólo tengo ollas grandes y es muy ridículo calentar la leche del cortado en una olla de hacer patatas a la riojana. No pienso volver al cacito, es muy poco fashion.

Lo gracioso del tema es cómo estos hornitos se han hecho imprescindibles en nuestras vidas…

—En la mía no, yo tomo el café con leche fría.

… cómo la han cambiado. Sin ir más lejos, a un amigo mío se le rompió su cacito de calentar la leche. Iba a comprarse uno cuando pensó que ya era hora de modernizarse y que, en vez de otro cacito se compraba un microondas. Dicho y hecho. Cuando colocó su flamante microondas nuevo en la cocina de toda la vida pensó que, por comparación, la nevera y la lavadora se veían muy viejas y decidió cambiarlas. Una vez instalados los nuevos electrodomésticos, la verdad, los muebles de la cocina se veían de lo más anticuado y , total, ya puestos… Mi amigo cambió la cocina. Fue una obra complicada, pero se llevó a término y, ciertamente, quedó una cocina preciosa con ese suelo de gres porcelánico de color arena. Claro, al lado del suelo de la cocina, los pavimentos del resto de la casa eran, ¿cómo decirlo?, pobres, pasados de moda, feos de narices.

Le acompañé a elegir el parquet del salón, la moqueta de la habitación principal y el mármol del cuarto de baño. El piso quedó molón, molón. Sobre todo cuando llegó el sofá con chaisse longue de color crema, el home cinema y los atizadores de la chimenea que se instaló en el salón. El apartamento parece otro, más grande. Y su cuenta corriente también parece otra, otra más pequeña. Y todo porque se rompió el mango de su cacito de la leche.

Me voy a comprar un nuevo microondas, sí, aún a sabiendas de que no deja de ser el cacito de leche más caro que existe, y cerraré la puerta de la cocina. Las comparaciones son odiosas, y no sé si la alfombra de mi comedor soportaría la comparación.



sorue@divertinajes.com
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