13 de septiembre de 2006

Reality basura

El otro día tío Ra me invitó a cenar a su casa. La idea era picar algo mientras veíamos Anatomía de Grey, serie a la que estamos enganchados. Bueno, yo estoy enganchada a la serie, Tío Ra a Meredith Grey, pero eso son cosas suyas.

—Cosas que yo no entiendo— Julieta tiene una tendencia natural a la incomprensión—. Esa chica es una muermo, siempre con los ojos acuosos, a puntito de llorar.
—Pero está buena—. Tío Ra tiene una tendencia natural a encontrar tías buenas en todas partes—. Y no es una llorona, es sensible. Mola.

No nos desviemos del tema, que os conozco. Os ponéis a discutir de vuestras chorradas y se nos pasa el tiempo.

Desconectados como estábamos después de todo el verano sin apenas ver la tele, hicimos una última ronda de zapping antes de quedarnos definitivamente en Grey y, ¿qué vimos? ¿con qué programación nos amenazan las diferentes cadenas? Lo que encontramos fue esto:

  • Acaba de comenzar Gran Hermano, edición 1.623. Ya saben, un reality show en el que un grupo de personas humanas se encierran en una casa durante unos meses a ni hacer nada. A mi ya el primero me parecía que la idea no daba para más, pero me confundí. No sólo es Gran Hermano sino que, además, es el padre de todos los otros programas, igual o más espantosos si eso es posible, que, como setas del bosque, han aparecido en las parrillas: El Bus, La Granja, Confianza ciega y La madre que te parió, entre otros.

  • En breve comienza OT, edición 345. Lo conocen fijo, un reality show en el que un grupo de personas con dudosas dotes para la canción se encierran en una academia durante unos meses a aprender a cantar. Hasta que comience, la cadena en cuestión nos obsequia con los mejores momentos del multitudinario casting. ¿Saben qué tienen en común los aspirantes a aprendices de estrella? Que todos lloran, los que pasan las pruebas y los que no, todos, todos lloran.

  • Ya hace unos días que emiten un reality show de cuyo nombre no consigo acordarme. Se trata de un racimo de jovencitas flacas y definitivamente poco interesantes pero con aspiraciones a Top Model. Están encerradas en una casa y pasando terribles pruebas como vestirse de novias o maquillarse, sufriendo el tremendo estrés de que les ha salido un grano o se les ha roto una uña, “Ossssea, es muy fuerte, ¿cómo puede pasarme esto a mí? ¡que desastre!”. ¿Para qué compiten? Para participar en la elección de Rostro del año de una conocida agencia de modelos.

    Como sigan encerrando gente y mostrándonos sus miserias por la tele no va a quedar gente libre paseando por la calle, jesús.

  • Un anuncio de Desafío bajo cero, que podía ser un programa de exploradores en la Antártica, pero no. Es un concurso en el que una docena de personajes más o menos famosos aprenden a patinar sobre hielo. Estos no se encierran, menos mal. No estoy muy segura de quien va, pero sí de que estará Daniel Ducruet, el primer ex de Estefanía de Mónaco. Si se acuerdan, el segundo ex marido ya salió en otro reality español. Mira tú, con la cantidad de ex que tiene la princesita, sólo con conseguir su agenda de teléfonos tenemos concursantes para 10 ó 12 años.

  • Acaban de inaugurar la no sé cuál edición de Mira quién baila, el exitoso concurso en el que, media docena de personajes más o menos famosos, aprenden a bailar. No sé quién participa este año, sólo sé que está Carmen Martínez Bordiú, la nietísima. Desde luego, habrá encontrado marido pero, definitivamente, ha perdido el oremus. Me gustaría ver la cara de Luís Alfonso al enterarse. Si alguien no entendía por qué se había ido a vivir a República Dominicana, o a Venezuela, o a donde esté, ahora está clarísimo, para no tener que aguantar a los paparazzi preguntando por su madre.

    Reconozco que, como nos estaban dando ardores y urticaria respectivamente, dejamos de mirar la programación. No sin antes ver un par de anuncios de los programas del corazón y otras vísceras y de novelones. Por todos los dioses, que escozor de meninges.

    El caso es que, tras nuestro momento zapping, y a puntito de comenzar Anatomía de Grey, tío Ra y yo nos sentíamos casi intelectuales. Al fin y al cabo íbamos a ver una serie de cirujanos, llena de argumentos para seguir, de vocabulario difícil, de personajes inventados con historias interesantes tras ellos… Al final la telebasura tiene su lado bueno: favorece a mi ego.



    sorue@divertinajes.com
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