19 de abril de 2006

Agujafobia

El de ayer fue un día de espanto. En la misma mañana de martes viví dos de las sensaciones más odiosas que se pueden vivir.

—Hambre y sed.
—No tío Ra, hablo de emociones, no de necesidades primarias.
—¿Me has llamado primario? Uy claro, que la señorita es tan complicada que no tiene necesidades básicas.
—No es eso, es que las necesidades vitales no transforman una mañana en un infierno.
—Pues todo depende, porque si tienes sed y no tienes agua o tienes hambre y no tienes pan…
—Sí,sí, o tienes pan y no tienes dientes, no me desvíes del tema, que pierdo el hilo y me cuesta mucho recuperarlo.

Dos sensaciones horripilantes en un ratito: miedo y ridículo, en ese orden. A ver si me explico, no pasé miedo de hacer el ridi, no. Primero pasé miedo, luego, ipso facto, ridículo por haberlo pasado. Y todo eso ¿por qué? Pues porque me tuve que hacer un análisis de sangre. Me acuerdo y se me ponen los pelos de pie… otra vez.

Pocas cosas me dan más miedo que las agujas. Me dan pánico, pavor, horror y terror. Todas, hasta las de hacer calceta. Pero las que más, las que llevan detrás una jeringuilla preparada para sacarme sangre.

—¿Te da miedo la sangre?
—No me da miedo la sangre, me da miedo la mía, y sólo cuando me las sacan, si se sale ella sola, pues no me asusta. Bueno, tampoco disfruto mucho viendo objetos punzantes clavándose en carnes ajenas
—¿Cómo eres fan de CSI? Sale sangre, salen cuchillos, pistolas, heridas, agujeros, cadáveres abiertos en canal, “sang y fetges”… Ese laboratorio parece a veces un matadero.
—¿Qué como lo aguanto? Porque no miro, cuando salen esas escenas denterosas me tapo los ojos.
—También eres fan de House, y ahí salen montones de agujas.
—Ahí mi técnica es otra. Me pego toda la peli con los ojos tapados, sólo los destapo en los intermedios.

El caso es que ayer por la mañana me sacaron sangre. El ratito ese de espera en la sala de ídem fue aterrorizante. Venga a entrar gente a aquella salita, gente que entraba con buen color y salía pálida, ¡brrrrrrr! Cuando dijeron mi nombre di un respingo. Allá vamos.

Entré y había una delicada enfermera vestida de blanco. ¡Qué raro! Pensaba que los vampiros vestían de negro.

Aquel ser angelical me dice mientras prepara el instrumental si quiero tumbarme…

—No, no hará falta. Estaré bien sentada.
—No se preocupe, será un momento, no le dolerá.
—Lo sé, lo sé.

Pero no lo sabía y no lo sabía porque estaba completamente pendiente de lo que ella estaba haciendo. Y lo que estaba haciendo era preparar 5 tubos.

—¿Esos 5 tubos son para mí?

Me contestó mientras me ataba una goma en el brazo y me daba golpecitos sobre la vena ¡puaj! La mezcla perfecta entre asco y miedo.

—He cambiado de opinión, prefiero tumbarme.
—No se preocupe, sólo le pincharé una vez y no le dolerá.

Y fue verdad, pero que vez más larga. La mitad de la sangre me ha sacado.

—No se levante, no hay prisa. Si quiere quédese tumbada un ratito.

¿Qué dice? Yo me voy de aquí pitando. Y abandoné la salita dejando mi miedo dentro. El bienestar sin embargo duró bien poco. Salí a recepción de la clínica y me empezó a entrar un calor, una agobio, unos nervios, un mareo …

—Señora, ¿se encuentra bien? Siéntese un poquito.
—No, no, lo que necesito es un poquito de aire fresco.

En mi afán por salir huyendo me confundí de pasillo y, en vez de elegir el que da a la salida eché a correr por el que lleva a… a la ruina.

Resumiendo, que corriendo como una desesperada en busca de aire frío me metí en un pasillo que llevaba a quirófanos y que estaba lleno de gente esperando. Cuando mi cabeza no dio más de sí perdí el conocimiento, ya saben….fiuuuuuuuuuuuuuuuuuu y todo negro.

Al despertar reinaba el caos. Yo estaba en el pasillo rodeada de gente que gritaba, una señora me daba aire con una revista y, a mi lado otras tres personas eran abanicadas… ¿qué había pasado? ¿Una epidemia de miedosos desmayados?

Pues no. Lo que había pasado era que, al caer golpeé una caja de la que salió disparada … ¡UNA PIERNA! De veras, una pierna que le habían amputado a alguien y estaba en una caja en mitad del pasillo que era, sin duda alguna, el mejor sitio para esperar a que te entierren o examinen o lo que quiera que sea lo que se hace con un miembro amputado.

Y aquí hizo aparición el ridículo. El mío por cobarde, por desmayarme delante de toda esa gente, por montar tamaño espectáculo. El de los médicos y ATS de la zona por tener una pierna al alcance de cualquier majadera que decida patearla, el de la pierna que salió disparada de su caja con sus pelillos y todo… El ridículo más absoluto.

Miedo y ridículo, por ese orden. Hay días que no deberíamos levantarnos de la cama.



sorue@divertinajes.com
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