1 de febrero de 2006

El arroz que vino del frío

La ola de frío me ha pillado en M…

—¿En Moscú? ¿Qué témpano se te había perdido a ti en Moscú?

En Madrid, ¡vaya biruji! A mí, que soy nacida en Zaragoza pero catalana del sur de adopción, el frío, como que no me va mucho. Cuando una ha vivido muchos años en un sitio donde llaman frío a los 10 grados, el -1 de este último fin de semana es demasiado poco.

La primera parte de la semana estuve en FITUR, la feria de turismo. Hay que ver la afición de la gente por las ferias oye, como que se llenan de gente que hace creer que trabaja. De reunión en mojito, de cita de trabajo en pincho de tortilla, un ejército de ejecutivos y ejecutivas de medio pelo y de pelo entero, se mueven incesantemente arriba y abajo con o sin maletín, por pasillos y pabellones. ¡Cuánto trabajo desplegado por unos para que otros hagan vacaciones!

Después de tres días de stand y presentaciones. el viernes me mareaba (por favor, no se muevan más) y dudaba si conocía a todo el mundo o a nadie, me sonaban todas las caras y me pitaban los oídos. Y es que, aunque me duela Manuela, ya no soy una niña.

—Aunque, cosa curiosa, sigas siendo una niñata.

Julieta, que continúa teniendo la gracia en el cucu, hace acto de presencia en nuestras vidas sin que nadie se lo pida.

Total, que entre el cansancio y el frío, nos hemos tirado el fin de semana en casa, filosofando, sobre la vida y la muerte, el precio de las fresas y la técnica para solucionar sudokus. Y no nos ponemos de acuerdo en ninguno de estos variadísimos temas. A veces me pregunto por qué somos amigas, y no me lo contesto, la amistad no tiene reglas.

—Qué bonito, qué bonito, qué bonito. Di la verdad, hablamos de todo esto y de hombres, nuestro tema favorito.
—Sí, pero eso no fue filosofar, fue fantasear.

Lo dicho: 48 horas de hablar de todo y de nada, y comer, mucho, para qué voy a engañarles. Puse en práctica mis conocimientos televisivos (¿se fijaron que últimamente sólo se habla de cocina en las diferentes cadenas?) e intenté preparar un arroz con conejo

—Las paellas de Tío Ra sí son para quitarte el sombrero —Julieta vigila la tartera con clara desconfianza—. A ti, sin embargo, se te está pasando el arroz, me temo.
—Distingo un retintín en tu voz que no me gusta un pelo ¿Lo dices con segundas, querida Julieta?
—Soy inocente, hablo de arroz, querida cuarentona, de nada más.
—Has de saber que yo utilizo arroz Brillante, vaporizado, desde los 30 años. El que no-se-pasa-nunca.
—El vaporizado es al arroz lo que la cirugía estética a la lozanía de la juventud, imitación y no siempre con buenos resultados.
—Qué faltosa eres Julieta de verdad. Si mi arroz no es del bueno, calcula el tuyo, que llevas single desde tu primera comunión.
—Jesús, cosas dices. Yo cocino con NOMEN, el arroz de toda la vida… de Dios.
NOMEN, ahora lo entiendo todo: Julieta, llevas la pena en el nombre, no men. Si supieras inglés lo entenderías.
—Joeeeer, a ver si vas a tener razón, ¿qué me recomiendas?
—Que cambies a SOS, a ver si algún buen samaritano acude a tu llamada
—Ya puestos, mejor un samaritano que esté bueno.
—Muchísimo mejor, vaya usted a parar.
—Me he debido perder algo —Tío Ra en su línea despistado desastroso— porque no os entiendo. Pensé que hablabais de arroces.
—De eso hablamos, ¿no Juli?
—Pues yo, para triunfar con seguridad, uso La Cigala.
—¡TÍO RA!
—¿Qué? Si es verdad, uso arroz La Cigala… pero ¿qué os sucede? Os veo desquiciadas chicas.

Santo varón este Tío Ra, sin dobleces, incapaz de segundas intenciones. En ocasiones, ni de primeras intenciones. No como nosotras, quizá el frío nos ha congelado el arroz y las neuronas, pero estamos que lo regalamos.

—¿De qué hablas, sobri? Casi mejor lo dejas, y te fijas en el arroz, que anda pegándose, témome.

Para nada. Me salió un arroz de chuparse los dedos. Se lo digo yo, que de arroz sé la tira.

—Latín es lo que tú sabes.
—Pos sí. Son ya muchos años y muchas experiencias.



sorue@divertinajes.com
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