14 de diciembre de 2005

Siempre nos quedará Londres

Después de mucho cavilar, influida indudablemente por los comentarios de Sara Gutiérrez y sus viajes, decidí, esta semana de puente, marchar a Londres: un poco de shopping no me vendrá mal, pensé. Así practicaré mi inglés. Ilusa de mi, infelice

Llegamos, Tío Ra, Julieta y yo, en vuelo regular de la British Airways Madrid-London Heathrow el martes día 6. El vuelo iba llenito de españoles. Es normal, dirán ustedes igual que lo dije yo, si es un vuelo desde Madrid.

Al llegar a la capital británica la normalidad se convirtió en asombro. En Londres hay más españoles que londinenses. Se lo juro por los Beatles. El hotel lleno de españoles, el metro lleno de españoles, el British Museum lleno de españoles, Portobello lleno de españoles, la Torre de Londres llena de españoles. Con decirles que me encontré a dos viejos amigos a los que hacía tiempo que no veía. Y no me extrañó. Éramos tantos que lo raro hubiera sido no encontrar algún conocido.

En total hemos estado 5 días. Sólo he hablado inglés con los camareros, con los dependientes de los garitos de comida para llevar o con los vendedores de entradas de museos que no eran de habla hispana: Estudiantes suecos, alemanes, portugueses, japoneses... Y con los pakistanís, con esos una mezcla de inglés e idioma de los signos, les digo la verdad.

El que mejor lo llevaba era Tío Ra, como siempre, que grande es. Él no decía ni mu. Todo era: Sobri, pídeme un café con hielo. ¡Un café con hielo! Sabrán ellos lo que es un café, van a saber lo que es un café con hielo.

Lo cierto es que incluso beber un té en condiciones es complicado. Ahora todos los garitos son internacionales, por eso, los cafés se llaman caffe latte, machiato, expresso, capuccino, mocha… Italianamente internacionales.

—Mocha, como las fregonas en tu pueblo.
—En mi pueblo, las fregonas se llaman mochos, no mochas.
—Tú sí que eres mocha.

Julieta es faltona hasta en inglés, qué chiquilla. A lo que iba, Tío Ra no hacía ni el intento.

—El intento sí, no seas mentirosa. Decía “gutmornin”.

Es verdad, decía “gutmornin”, con un acento tan castizo, que le contestaban Sorry?, aunque querían decir, ¿lo qué?

En realidad Tío Ra quedó mudo cuando vio el precio de las cosas. Es todo tan caro que se te queda la boca abierta al llegar y no se te cierra hasta que marchas. Claro, y con el frío que hace, regresas con unas anginas de miedo. Al loro: el viaje en metro, 2 libras. Fish and chips (plato británico donde los haya consistente en un filete de pescado rebozado y patatas fritas, a ser posible en bandeja de poliespán y con cubiertos de plástico) 6 libras, el famoso capuchino, 1,85 libras… caro carísimo. Fíjense si es caro que hasta la libra (equivalente, más o menos, a un euro y medio) está cara. Es un sin vivir.

—Ya, y un sin comer, y un sin beber y un ir a todas partes andando, que es más barato.

Eso es cierto, de momento por andar no te cobran, pero no demos ideas. Claro que, caminar por Londres no es tan fácil, el tráfico, por ejemplo, es un infierno. Ya saben que la circulación es al revés que la nuestra, circulan por la izquierda, lo que se traduce en que, por más que lo intentes, siempre, antes de cruzar la calle, miras al lado por el que los coches no vienen. Que follón. Y eso que, educados que son ellos, te indican al lado al que tienes que mirar. Pero, que quieren, nosotros no nos fiábamos y mirábamos a todos lados: a la derecha, a la izquierda, al frente y a nuestras espaldas, pa por si. No queríamos morir chafados ni siquiera por un autobús de dos pisos. Vaya que caminar es gratis, pero te juegas la vida.

Total, que de shopping, tampoco na de na.

Eso por no hablar de lo moderno de las instalaciones de los baños: La cisterna invisible, cuando llegamos suponíamos que estaba empotrada, cuando nos marchamos habíamos llegado a la conclusión de que no había. Esa es la íunica razón aparente por la que no caía agua. El lavabo y la bañera, dos grifos, uno para agua muy caliente y otro para agua muyfría. La ducha, fija en la pared, tan bajita que el tío Ra, para lavarse la cabeza tenía que arrodillarse. Julieta no, Julieta no tenía que agacharse.

—Ni tú tampoco, bonita, ni que fueses Pau Gasol.
—Qué susceptible, por todos los dioses. No permites ni una bromita.
—Es que deberías empezar a hacer bromitas a tu costa, y no a la mía.
—Oído cocina. No pienso mentarte más.
—Es que encima me mientes…
—Mentar, Julieta mentar, no mentir. Cómo no me voy a meter contigo si me lo pones tan fácil.

No saquen conclusiones precipitadas, lo hemos pasado montón de bien. Mañana me iba de nuevo, no digo más.

Al volver pasé por casa de mis padres. Encontré a mi madre pegada a la televisión con una lupa.

—Será como una lapa.
—Sí: exactamente como una lapa con una lupa.

Estaba viendo Los 4.400. Examinando, diría yo, cual Sherlock Holmes de la tele.

—Mamá, ¿qué miras con tanto interés?
—No están todos los desaparecidos, faltan algunos.
—¿Los has contado? ¿Cómo sabes que no están todos?
—Faltan todos esos novios que te has echado a lo largo de tu vida, que te juraron amor eterno y que un día, como por arte de magia, desaparecieron sin dejar rastro.
—Mamá, eres cruel.
—No mi amor, tengo buena memoria.

Díganme si no es para estrangularla. Pues no sólo no lo hice sino que, encima, le di las latas de té de Harrods que le había traído. Madre no hay más que una, y menos mal.



sorue@divertinajes.com
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