16 de noviembre de 2005

Los pequeños placeres de la vida

Últimamente, será casualidad, no digo yo que no, los pequeños placeres de la vida están en alza. Ya saben, escuchar los trinos de los pájaros, disfrutar de una buena taza de café, sentarse al tibio sol de invierno a leer el periódico, una cena en la playa, dormitar delante del fuego…

—No será en París, lo de dormitar delante del fuego, digo. Justo en París, que los fuegos nocturnos les quitan el sueño.

Tío Ra tiene un sentido del humor que, yo, vaya que me parto el pecho.

¿Están o no están conmigo en lo de los pequeños placeres? No sé yo muy bien si están sobrevalorados, lo que sé es que si hay pequeñas cosas de cuya simplicidad se nutre nuestra felicidad

—¿Lo qué?

También hay otras que, por pequeñas y simples, nos ponen los pelos de punta.

—A los que tienen pelos, que a los que no tienen…

Cuando llego a mi casa convencida de que mi vida es un infierno, de que no puedo con ella y de que se la regalo al primer pringado que me prepare un tazón de sopa y me acaricie la cabeza, no es, normalmente, por los desastres que se repitan en el mundo día tras día. Es por razones más banales, más egoístas, mas simples. Son estos pequeños detalles que, sinceramente, me sacan de quicio:

—Salir de casa, con el tiempo pegado, la maleta y el maletín del ordenador y darme cuanta al llegar al coche… que he olvidado coger las llaves del coche.

—Volver arrastrando los dos trolleys, esperar el ascensor, llegar a casa, abrir la puerta, coger las llaves del coche, salir, cerrar la puerta … y darme cuenta de que he olvidado las de casa dentro.

—Pasar de esto (en realidad, el problema lo tendré cuando vuelva del viaje, para qué me voy a preocupar ahora de algo que se pueda solucionar con unas siete llamadas telefónicas, pidiendo dos favores, haciendo encaje de bolillos).

—Descubrir que en la ruta más directa al aeropuerto hay un atasco digno de record Guiness logrado con una perfecta combinación de todos los agentes formadores de atascos: Lluvia, calles cortadas, desvíos, accidente en la autovía, carriles inutilizados…

—Dar 10 vueltas a todo el parking del aeropuerto sin ser capaz de encontrar un solo sitio libre. Aparcar donde el Santo Job perdió la paciencia y, al regresar (ya saben, bajo la lluvia, arrastrando los dos trolleys, con el tiempo pegado, un pelín cabreada) hacia la terminal encontrar, no uno, dos sitios libres cerquísima de la puerta de entrada…

—Que de la máquina de auto-facturación de mi compañía aérea (Uf, si fuese mía de verdad…) sólo consigo un aviso de “Diríjase a los mostradores de facturación, imposible encontrar su reserva”.

—Que en los mostradores de facturación hay la cola más larga jamás vista.

—Que cuando llega mi turno sólo queda el asiento del centro de la última fila (la que no se puede reclinar).

—Pasarme la hora de vuelo que había pensado utilizar en dormir, evitando que mi vecino de asiento recline su cabeza en mi pecho, porque se durmió incluso antes de despegar.

—Llegar con sólo 20 minutos de retraso y comprobar con ¡Horror! Que mi maleta no sale por la cinta transportadora.

—Tragarme los sapos y culebras que se me vienen a la boca cuando, el responsable de equipajes perdidos de mi compañía aérea (Uf, si fuese mía de verdad) me dice que no me preocupe que no pierda los nervios, que llegará, aunque no sepamos cuando.

—Llamar al hotel en el que tengo reserva para avisar de que, quizá mi maleta llegue antes que yo y que me digan que no hay ninguna reserva a mi nombre.

—Pasar tanto rato hablando por el móvil intentando averiguar dónde está mi maleta y dónde está mi reserva (y dónde está mi cordura, que hace ya un rato que le he perdido la pista) y explicar a los clientes que me esperan la razón de que llegue tarde que, el móvil (y yo, un poco también) se queda sin batería… y el cargador en la maleta perdida.

—Que el taxista no encuentra la dirección solicitada y damos vueltas sin sentido por una ciudad desconocida, durante más de 50 minutos, oyendo Radio Taxi a todo volumen, con las ventanillas abiertas porque el conductor fuma y yo en trámites de ataque de nervios.

—Que ya por la noche, en la habitación de un hotel que no es el mío habitual y donde no me conoce nadie, cenando un sándwich sentada en la cama, bien pasadas las 00:30, aparece, por fin, mi maleta perdida, sin asa y con una sola rueda, pero mía al fin y al cabo.

—Estar toda la semana trabajando con la alegría que, el viernes, de regreso a casa, unas entradas para el teatro y una cena con amigos (Uno de los cuales, el mío favorito, tiene las llaves de mi casa, je, je, que para eso he estado toda la semana maquinando).

—Llegar el viernes al aeropuerto, hacer las dos mil colas y pasar las mil penurias para, cuando ya llevamos 20 minutos de retraso sin que nadie diga nada, leamos en la pantalla de nuestra puerta de embarque (el aeropuerto de Madrid no da avisos por megafonía) que el vuelo que se embarca va a Jerez y no a Barcelona. Cambio de última hora y l@s azafat@s del mostrador con cara de póquer.

—Que se produzca la estampida y todos vayamos a los televisores esos de salida a ver por qué puerta embarcaremos.

—Que nuestro vuelo ha desaparecido.

—Que a los 10 minutos vuelve a aparecer con más de una hora de retraso y sin puerta de embarque asignada.

—Que no me queda otra que sucumbir a la realidad y llamar a mis amigos para que vayan al teatro sin mí.

—Que Julieta me diga que mi entrada se la van a dar a Loli, porque es tontería que se pierda. Que yo odie a Loli, porque se lió con mi ex cuando todavía no era mi ex.

—Que, con dos horas de retraso, media hora de espera de maleta y 45 minutos de atasco dentro del parking (se habían averiado las vallas que se levantan para dejarte salir con lo que no se levantaban, con lo que no podíamos salir), llegue a mi casa, más muerta que viva para darme cuenta de que el amigo que tiene mis llaves está en el teatro… con Loli.

Seré egoísta, no digo yo que no, pero les aseguro que, en esos momentos, una explosión nuclear no era, ni mucho menos, la peor opción. Y es que, los pequeños desastres encadenados son los que hace que desees que tu vida sea sólo un infierno.



sorue@divertinajes.com
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