12 de octubre de 2005

¿Motivos?... personales

El primer misterio es si esta serie se llama así porque no hay ningún motivo, ni siquiera personal, para verla. ¿No creen?

Comenzaré reconociendo que no seguí la primera parte. La iba viendo, una semana sí, otra no, otra a medias… reconozco que perdió un poco de interés para mí cuando desapareció de la serie Daniel Freire, un actor argentino que me tiene toda loca. Sin embargo no me quise perder el último capítulo, ese en el que, lo único que terminaba era el capítulo. La historia seguía sin desenredar, o diría que estaba incluso más enredada que nunca.

Cuando estos días comenzó la segunda temporada de la serie tampoco me pegué al televisor.

—Pues si no has vista nada, no sé de qué carajo vas a hablar.

Gracias, querida Julieta, por tu confianza, por tu paciencia, por tu comprensión, por tu amistad incondicional, por tu…

—Vale, vale, siento interrumpirte.
—Gracias amiga, porque tú eres una amiga de verdad.
—Jodeeeer, y tú una pesadilla.

El caso es que de esta segunda temporada de Motivos Personales no vi nada hasta el miércoles pasado, hoy hace una semana.

Había llegado a casa y me acababa de tumbar en el sofá cuando empezó. Me enganché desde el primer minuto, qué nivelón.

Cada escena contiene, cómo mínimo, una situación de peligro. Algunas hasta dos. En lo que duró el capítulo hubo tantos intentos de asesinato fallidos que en uno de los intermedios estuve por llamar al guionista para preguntarle por qué esos seres tan torpes habían decidido matarse los unos a los otros sin descanso.

Todo es un lío: los que parecen culpables son inocentes, si es que hay algún inocente en todo ese embrollo. Los que se supone que estaban muertos (que casualmente son los que parecían culpables y no lo son) están vivos. Los asesinos principales de la historia sí sabemos quiénes son, eso, no digan que no es muy curioso. Yo creo que nos lo han dejado saber porque, dada la tremenda complejidad de la trama, pensaron que mantenerlo en secreto era una crueldad innecesaria. Y, por si no era ya bastante estresante seguir el ritmo de los acontecimientos, ¿qué han hecho? Pues han mantenido uno de los personajes de la primera temporada pero han cambiado al actor que lo interpreta. El mismo personaje con otra cara y con la misma picha hecha un mismo lío. Mismamente insoposible.

El caso es que, ojo al dato, el exceso de misterio produce en mí el efecto contrario al deseado: deja de inquietarme. Me acostumbro al susto perpetuo y ya no me da miedo: no más miedo al susto. La primera vez que salió la asesina cubierta con esa máscara blanca me sobresalté, pero ahora, ahora que ya la he visto cienes de veces, la verdad, ni frío ni calor. Si hasta me da pena, la pobre, todo el día poniéndose y quitándose la máscara, corriendo de acá para allá matando por doquier. ¡Qué sin vivir!

Eso mismo me sucede con Lydia Bosch. La pobre lo pasa tan mal, está siempre bajo una tensión tan grande que… que ya no me afecta. Llámenme insensible, pero eso es lo que hay. La serie comienza con un asesinato por el que encarcelan al marido de Lydia, aunque, claro, es inocente. Lo meten en la cárcel y, allí, muere, fíjate. Llegados a este punto, la vida de la Bosch se convierte en Pesadilla en Elm Street 25: la persiguen, la golpean, le mienten, la engañan, la acusan, intentan matar a su hija, a su amiga, a su pretendiente, secuestran a su hija… Ella, por su parte, para poder seguir investigando y también para defenderse por todos los ataques de los que es víctima, ¿qué hace? Pues lo normal: roba, espía, dispara, amenaza, grita, llora, insulta, huye y sobre todo y por encima de todas las cosas, frunce el ceño.
Por todos los dioses, cuantísimo estrés. Y cuantísimas arrugas. Si algún día me la encuentro por la calle me he de fijar y, caso de que tenga la frente surcada por esas antipáticas líneas de expresión, he de hablarle de Oil of Ulay, que a Julieta le vino muy bien para sus patas de gallo.

—Qué cuentas, chismosa, a quién le importa si tengo o no patas gallo.
—A ti, que te gastaste un pastón en afeites y pomadas, total pa na.

Eso sí: ella no se disfraza, no se tiñe, no se pone pelucas, no se corta el pelo… ¿Será como Sansón, que tiene el poderío en la melena?

No les quiero engañar, estoy impaciente por ver el próximo capítulo. Hemos montado una porra con la peña adivinando quién intentará matar a quién. Brrrrr, qué nervios.



sorue@divertinajes.com
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