21 de septiembre de 2005

El bañerazo

El lunes estaba tan cansada cuando llegué a casa que no quería saber nada de nada ni de nadie. Me dolían los pies…

—Es que llevabas unos tacones

…me dolían los riñones

—Es que llevabas unos tacones

… me dolía la cabeza

—Es que llevabas unos tacones

Qué tendrá que ver la cabeza con los tacones, me pregunto yo. Lo de la cabeza tendrá más que ver con lo mucho que pensé yo el lunes.

—Me extraña, pero si tú lo dices, nos creeremos que el dolor de cabeza era de pensar.
—Normalmente me duele la cabeza de aguantarte, Julieta querida, pero el lunes no te vi.
—Porque no quisiste.
—Exactamente, no quise y no me arrepiento.
—No empecemos a discutir, que la gente se violenta cuando presencia discusiones ajenas.
—¿Qué gente?
—La que te lee, nena, tus lectores.
—¿Mis lectores? Te estás cachondeando de mí, ¿verdad?
—Síííííííííííííí, y me encanta.

Dicen que a palabras necias, oídos sordos, pero no dicen qué hacer ante las amistades necias…

—Las conviertes en protagonistas de tu aportación semanal a un portal de ocio y todo solucionado.

Señor, si existes dame fuerzas para soportar a Julieta. Si no existes…, si no existes no sé qué hago hablando contigo.

Julieta, bonita, ¿puedo seguir con mi historia? Si continúo desvariando de esta manera olvidaré lo que quería contar.
—Tienes mi beneplácito. Prometo no interrumpirte más. Sobre todo porque me voy al cine y no puedo entretenerme más, que llegaré tarde. Abur, me piro vampiro.

Julieta está un poquito “tras-tras”: Trastocada y trasnochada, Pero dejemos de hablar de Julieta y volvamos a nuestra historia inicial, la de mi cansancio.

Efectivamente, llegué a casa hecha unos zorros. Subía en el ascensor soñando con una ducha caliente, un vaso de gazpacho frío y una sesión de sofá y CSI. Todo en vano. Justo cuando me metía a la bañera sonó el portero automático, alias telefonillo. Pensé ignorarlo pero fue imposible: fuese quien fuese el que estaba llamando lo hacía con una insistencia atroz. Salí, para decirle cuatro cosas al impaciente. Pero era tío Ra, cabreado como una mona:

—Ábreme, ábreme que estoy que trino.

Salí hasta la puerta, empapando todo el pasillo y abrí, ¡qué remedio! Dejé la puerta abierta, se lo avisé a Tío Ra, al que oía subir por la escalera. Desanduve, mojando de nuevo, todo el pasillo para terminar la ducha interrumpida y, al poner un pie en la bañera sobrevino el desastre.

Lo viví como a cámara lenta, aunque, por los moratones que salieron posteriormente, sucedió a cámara rápida: Resbalé con el pie derecho húmedo dentro de la bañera y me golpeé el muslo contra el borde. A la misma vez, el otro pie, mi pie izquierdo, que estaba fuera de la bañera impulsó la toalla del suelo hacia atrás y, mientras estampaba la rodilla derecha contra el interior de la bañera, me golpeaba el muslo izquierdo contra el borde exterior, ¿me siguen? En una tercera fase, toda yo me dejé caer dentro de la bañera a peso muerto, menos mal que frené al dar con la cabeza en la grifería, que puse un codo para protegerme y despellejarlo con la cadena del tapón del desagüe y que no tenía más pies ni más muslos para golpearme. P’haberme matao.

Mientras pensaba “me voy a matar y saldré en el periódico, en las estadísticas de gente que muere en casa en accidentes domésticos, esto es la leche”, y como música de fondo a esa sucesión de golpes húmedos e incontrolables, Tío Ra se acercaba por el pasillo, renegando a grito pelao:

—… pues no me ha dicho el muy imbécil que no le gustaba mi manera de trabajar, mi manera de trabajar dice, el muy, el muy… ¡Pues a mí no me gusta tu jeta! Sí señor, eso le he dicho, y cuando se ha girado con ese hocico de mala bestia que pone, he apretado los puños y me he contenido, ¿eh? Porque me iba hacia él sin control , pero me he contenido, sí señor, porque yo soy un señor y le he dicho, ¿trabajar? ¿Acaso tú sabes qué es trabajar? Porque hace más de tres años que somos compañeros de oficina y yo no te he visto trabajar nunca, pero nunca, joer, si es que es verdad, “que’l” tío no da palo al agua. Total, que él se ha girado y me ha dicho, bueno, en realidad, me ha gruñido… ¿Sobri? ¿dónde estás? Esto es el colmo, abres la puerta sin preguntar quien es, dejas la puerta abierta para que entre cualquier desaprensivo y desapareces… y luego que pasan cosas. Además, justo hoy que yo necesitaba un hombro donde llorar, una amiga que me escuchase y me aconsejase , justo hoy decides tú jugar al escondite… Pero me quieres decir dónde estás, me estoy cansando ya del jueguecito… ¿Sobri? ¿Sobriiiiiiiiiiiii?

Salí de la bañera como pude, y pude mal. Pero peor era seguir moribunda en la bañera oyendo gritar a Tío Ra, en serio, eso era mucho peor.

Se disculpó cuando me vio el chichón en la frente, el codo raspado, los muslos llenos de moratones, la rodilla como un huevo de pascua, pero no entendía lo que decía, se estaba descojonando de mí. ¡que ricura! Al menos sirvió para que a él se le pasara el cabreo y para poner en marcha su conciencia: Si él no hubiera llamado al timbre, nada habría sucedido. Me ayudó a tumbarme en el sofá, me hizo la cena, me ha enviado flores… pienso explotar mis chichones hasta que Tío Ra se canse de ayudarme. ¿Alguna vez les dije que Tío Ra era incansable?



sorue@divertinajes.com
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