14 de septiembre de 2005

De tatoos y fashion victims

Julieta se ha tatuado un gnomo en la espalda. Es uno de esos enanitos con orejas de soplillo y gorro de punta que parece que busca un lugar donde esconderse y, mira tú por donde, lo encontró en la espalda de Julieta.

—No lo tengo en la espalda, está en la parte trasera del hombro.
—¿En el omoplato?
—Sí, en el omoplato.
—Pues eso, en mi libro de anatomía, es la espalda.

Julieta ha vuelto de vacaciones con tres kilos y un gnomo de más.

—¿Me estás llamando gorda?
—No, Dios me libre, digamos que rellenita tatuada.
—¡Qué perra has cogido con mi tatuaje! Ni que te pareciera horroroso.
—Es horroroso.
—Me favorece.
—Claro, tu omoplato estaba pidiendo a gritos un gnomo. No sé por qué nadie nos dimos cuenta antes.
—Gnomofoba.

Llevo mal eso de los tatoos, lo reconozco. No me gustan, no me gustan y no me gustan.

—Ese es tu problema.
—Cierto, pero a lo mejor se me pasa con los años. Tu gnomo, sin embargo, durará toda la vida.

No entiendo que alguien decida voluntariamente decorar su cuerpo per secula seculorum. Un tatuaje es peor que el matrimonio católico, ni siquiera la muerte puede separarte de él.

—¿No crees que estás exagerando? Cada uno que se ponga en la piel lo que quiera.
—Pues sí y no, tío Ra. Cada uno hace lo que quiera con su cuerpo, pero no exagero. Me parece espantoso: poco higiénico, poco salubre y poco estético.
—¿Poco estético mi enanito? Pero si es monísimo…
—Sí, monísimo de la muerte.

El otro día vimos un chico con todas las piernas tatuadas. Llevaba, no sé, un dragón de escamas verdes que le bajaba por la pantorrilla derecha y echaba fuego a la altura de los calcetines. En la izquierda tenía algo similar a una hoja gigante o a unas alas o unas lenguas negras, tampoco sé. Quizá un signo tribal. El caso es que, para completar el atuendo, el joven se había puesto unos pantalones cortos de camuflaje, con manchas verdes y marrones. El resultado era brutal. De cintura para abajo iba tan decorado que parecía el papel pintado del salón de Omaíta.

—Eres muy antigua. Los tatuajes están a la moda. Son una manera de expresar lo que llevas dentro.
—Ya, Julieta, y tú llevabas dentro un enanito sin seta, no te jode.

Claro que, aunque parezca que no, los hay peores que su enanito. Por ejemplo los delfines saltando sobre las olas de mar. Este es un tatuaje apto para cualquier parte del cuerpo, pero desarrolla una cierta querencia por los tobillos femeninos. Cursi, remadamente cursi.

Y no me digan que no han visto ningún alambre de espinas rodeando el brazo por encima del codo. Lo llevan igual los forzudos de gimnasio que las cantantes de pop o las chicas modernas. Feo feísimo.

Tengo un conocido que lleva una araña tatuada en la clavícula. Sin comentario. Otro tiene unas olas, de esas como romanas, rodeándole una pantorrilla. Es la versión tatoo de las cenefas del cuarto de baño. La calle está llena de chicas con un tatuaje horizontal justo en la zona donde la espalda pierde su casto nombre. Una vecina tiene a Piolín en un cachete del culo.

—¿Cómo lo sabes?
—La he visto por la ventana del cuarto de baño cuando se pasea en tanga. Su marido lleva un bulldog…
—¿En el culo?
—No, en el pecho.

¿Y Robbie Williams? Tiene tantos dibujos que parece la versión ilustrada de El Príncipe Valiente. Los tatuajes de Maradona no merecen ni una línea. ¿Se fijaron alguna vez en los dibujos que lleva Estefanía de Mónaco? Con el título de princesa no le pegan mucho, pero con sus novios le van como anillo al dedo. En cuanto a los de Alejandro Sanz… uf, el toro de Picasso… uf, que nivelón. De Angelina Jolie prefiero no hablar: tiene un mega dragón en la baja espalda y un mega texto chino en la alta espalda… y sigue estando guapísima.

—¿Te vas a meter con todos los tatuados del mundo?
—No. Pero es porque no los conozco, si los conociera y tuviera mucho tiempo, otro gallo cantaría.

Por cierto, en mi gimnasio hay un señor que lleva un gallo en la nuca. Da mal rollo, parece que le va a picar en cada flexión. A aquel rubio cachas que luce un moreno fantástico le deslucen las letras chinas que adornan sus tríceps. Y la morenita del top rosa y las mallas piratas negras tiene una lagartija más o menos a la altura del riñón izquierdo. En la playa he visto calaveras, vampiros, tremendas diablesas lascivas, angelitos, popeyes, rosas, mariposas y estrellas. La playa parece el muestrario de tatuajes de El Corte Inglés.

Es como una epidemia. En este momento en que las casas, los bares, los hoteles cada vez se amueblan en un estilo más minimalista, los humanos hemos decidido adornar nuestras pieles lo más barrocamente posible. Horror vacuo le llaman.

Lo único bueno de todo esto es que, si la tendencia sigue subiendo, en nada formaré parte de una minoría en vías de extinción, de una especie protegida: Los animales bellos al natural, sin ornamentas, como el tigre de bengala.



sorue@divertinajes.com
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