13 de julio de 2005

Que me quede como estoy

Acabo de entrar en la cuarentena y ando algo decaída con el tema. Cuarenta… son unos cuantitos, ¿no?

—Pues no. Si 20 años no es nada, 40 es… el doble, nada de nada.
—Muy graciosa Julieta. Y tiene mérito que recuerdes que sentías el año en el que tú los cumpliste.
—Mala pécora.
—Yo creo que la cuarentena es una buena década.
Tío Ra, en cuarentena te ponen cuando, por ejemplo, tienes algo contagioso y te aíslan.
—Pero si la vejez no es contagiosa.
—Calla Julieta por todos los dioses del firmamento.
—Si es que eres una quejita y una llorona.

Eso es verdad. Me quejo mucho sin razón objetiva para ello, pero yo soy así. Me quejo muchísimo, siempre, de todo. Quejarme me relaja. En realidad, sin embargo y gracias a quien sea, la vida me sonríe.

—Y el próximo se te descojona.

Lo digo en serio, la vida se porta muy bien conmigo.

“Gracias a la vidaaaaaaa,
Que me ha dado tantooooooo,
Me ha dado la risaaaaaaa,
Y me ha dado el llantoooooooo”

Y a mi más paciencia que al santo Job, para aguantarte, Juli, querida.

Miren a su alrededor si no creen que tengo razón. El mundo está lleno de gente con extraños comportamientos.

Mi colega Tomás Ribera, sin ir más lejos, hablaba en su Tecnobits del domingo 10 de julio de una señora que, a cambio de una discutiblemente sustanciosa cantidad de dinero, se ha tatuado en la frente el logo de una empresa y hacer de mujer anuncio en perpetuidad. Vaya, que ha decidido adornar su frente por dinero, y eso lo digo sin ninguna segunda intención. La razón de tamaña hazaña (me ha salido un pareado sin haberlo deseado) era conseguir pasta para pagar los estudios de su hijo o algo similar. Espero que el chiquillo aproveche el tiempo y no repita ningún curso ni nada, no vaya a ser que su madre se tenga que tatuar también las dos mejillas. También espero que, la empresa de marras encuentre mejor manera de financiar su publicidad y el resto de sus gastos, porque si quiebra y cierran, a la señora le dará un alipori. Y con razón. La vida puede ser muy dura.

Y qué me dicen de Alberto de Mónaco. El Príncipe ha reconocido estos días ser el padre de un precioso bebé color café con leche, fruto de una relación con una azafata. Qué bonito. Si la madre no se decide a aparecer en todos los periódicos, él no se hubiera decidido a reconocer nada. Además el señor Grimaldi dice que, si salen más hijos supuestos, ya verá qué hace, atenderá todas y cada una de las solicitudes… cuando lleguen. A mí me parece que, el colega, que se suponía que estaba a punto de salir del armario, va a dar más que hablar, aunque sea con carácter retroactivo, que su hermana y su cuñado. (No tío Ra, su cuñado el equilibrista no, su cuñado el de Hannover, el príncipe de los cubatas, sí, ese). En cualquier caso Alberto reconoce, pero no otorga, y nosotros no veremos al mulatito saludando desde el balcón del palacio monegasco ni en el Baile de la Rosa. Más ejemplos de cómo puedo ser de dura la vida.

De todas maneras, imagino a Ana Obregón y a Leticia Sabater (ambas tuvieron relaciones de algún tipo con Alberto de Mónaco) tirándose de los pelos (no la una a la otra, claro, sino, digamos, auto tirándose de los pelos) por no haber aprovechado la oportunidad. ¡Qué cosas!

Lo único que me preocupa de estos dos casos (no Ana y Leti, sino la señora del adorno frontal y el príncipe de la bragueta fértil) es que, los dos protagonistas, están en la cuarentena (que no en cuarentena, aunque deberían), eso sí, más avanzada que yo. A ver si esto van a ser los daños colaterales de cumplir años y, en un par de ellos, ando yo echando a perder mi sentido común. Y todo esto sin hablar en serio, que si me pongo sería, nos echamos a llorar todos.

Total, que me puse en el sitio del prójimo y, qué quieren que les diga, me volví al mío “cagando leches” : Virgencita, virgencita, que me quede como estoy.



sorue@divertinajes.com
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