25 de mayo de 2005

Causas ajenas a nuestra voluntad

Como de costumbre, el viernes cogía un avión para irme a Madrid, desde Barcelona, a pasar el fin de semana. El vuelo salía a las 11:35 y nos embarcaron como si realmente eso fuese lo que iba a suceder. Alrededor de las 11:45 cuando era evidente que, como es lo habitual, no despegaríamos a la hora, el comandante, casi tan solícito y profesional como irónico, nos comunicó por el altavoz que los 35 minutos de retraso previstos eran por causas ajenas a la voluntad de la compañía, ya que se debían a no sé qué prácticas que “el estupendo aeropuerto de Barcelona” (sic) había tenido a bien realizar aquella mañana lo que, sin duda, retrasaría todos los vuelos matutinos. Él, con sumo placer, continuaría informándonos.

Armada de paciencia, aunque con gusto me hubiera armado de dos pistolas y me hubiera liado a tiros, me dispuse a pasar los 35 minutos en paz con el mundo. Total, 35 minutos no era demasiado y, si eran causas ajenas a la voluntad del comandante, ¿qué podía hacer el comandante? Nada ¿y yo? Menos todavía. Me dije: “Nena, relájate y disfruta”.

Eso mismo musité cuando, tras una retahíla de sonoros suspiros y refunfuñidos, la señora que se sentaba a mi lado se quitó los zapatos, cruzó los dos pies sobres sus propias rodillas, como los indios, y se obsequió con un masaje en los dedos. Me lo repetí cuando comenzó a hacer un extrañísimo sonido con la nariz, previa explicación, dirigida a mi persona, de que la sequedad del ambiente le provocaba picores e irritación nasal. También me concentré en ese pensamiento positivo (Nena, relájate y disfruta) en el momento en que, tras quedarse dormida, mi encantadora vecina de asiento comenzó a roncar. Tan alto y tan fuerte roncaba que, no les digo más, el chico sentado al otro lado del pasillo, al oírla, pensó que habían puesto en marcha los motores de despegue y, raudo, procedió a poner en posición vertical el respaldo de su asiento y a plegar la mesita. Vaya fenómena la tía, roncaba más y mejor que mi padre, roncador profesional donde los haya, con casi 70 años de ronquidos a sus espaldas. “Nena, tú ni caso, relájate y disfruta”.

A todo esto, pasaban 50 minutos del horario previsto, pero el comandante no decía ni mu. También por causas ajenas a la voluntad del comandante mudo y a las mías propias, el avión contaba entre su pasaje con la presencia de, al menos, 12 menores entre 2 y 10 años. Lo sé porque todo el tiempo que duró la espera se entretuvieron cantando, corriendo, gritando, llorando y todos los “andos” molestos que se les ocurran. Nada de leer, pintar o jugar con juegos magnéticos o con la game boy, que es como —se supone— se distraen los niños cuando viajan. Una vez más me dije, relájate, aunque solo sea pensando que los chiquillos no son tuyos y, cuando el avión aterrice, si es que en algún momento despega, los perderás de vista para siempre.

Cuando llevábamos 70 minutos de dulce espera el pasaje entero, es decir, Doña Ruidos y yo incluidas, comenzó a impacientarse. Lamentablemente, el efecto tranquilizador de mi mantra improvisado, ya saben, la chorrada esa de “Nena relájate y disfruta”, estaba empezando a dejar de surtir efecto y, cuanto menos efecto me hacía, más me enfadaba yo, que estaba ya que me subía por las paredes del aparato y, de haber podido (y cabido) habría saltado por la ventanilla y me habría vuelto a mi casa. Mi abuela decía que, en sus tiempos, los trenes siempre llegaban tarde. En los míos, en algo se tiene que notar el imparable avance de la ciencia, los aviones salen tarde. ¿Notan la diferencia sutil? Lo más curioso era que, pese a todo pronóstico, la impaciencia y el murmullo general se debía, casi más que al retraso en sí, al hecho de que, legalmente, nos tuvieran secuestrados en un espacio reducido, sin derecho a agua, pan, pis o —los que viajan en clase turista saben de qué les hablo— a estirar las piernas. (De hecho la única manera de estirar las piernas sin moverte del sitio es ponerte de pie, pero, en ese caso, o mantienes el cuello doblado o te das con la cabeza en los compartimentos para guardar el equipaje de mano. La elección entre piernas encogidas o tortícolis, entiéndanlo, es difícil).

El caso es que, ya que no volamos, al menos hagamos el aperitivo porque, a todo esto, eran las 2 de la tarde y, al menos menda lerenda, tenía una gusa... Pero que si quieres, los de la compañía aérea (que, por cierto, no se habían dejado ver desde, aproximadamente las 12:00 del mediodía, quizá estaban todos en la cabina rezando el ángelus), antes de invitarnos a un zumo de naranja de bote, prefieren despegar. Y así lo hicimos, con más de hora y media de retraso, cuando ya se había producido en nosotros la metamorfosis de civilizados individuos de clase media en pasajeros histéricos porque quien no perdía su enlace con otro vuelo había tenido que anular una reunión, llegaba tarde a una entrevista de trabajo o, como yo, había perdido hora y media de su valioso tiempo, la paciencia, la educación y casi casi la compostura.
Bueno, por esto y porque los niños habían improvisado un coro y, extendidos a lo largo del pasillo, nos deleitaban con una improvisada versión de los cibercuernos de Las Supremas de Móstoles, coreografía incluida.

Una vez en el aire, la tripulación reapareció, como por arte magia, como los caracoles después de la tormenta y, ¡oh que bonito detalle!, el comandante volvió a dirigirse a nosotros para comunicarnos que ya estábamos volando (¿no me digas? Yo que pensaba que, harta de nuestro peso, la tierra se había retirado de nuestros pies) y que su compañía —la inocente, la que no tenía la culpa de nada— ya había puesto una reclamación a la empresa gestora del aeropuerto por lo sucedido. Mejor, pensé para mí, así cuando os llegue mi reclamación, las dos compañías sabrán de qué se trata y me ahorrarán muchas explicaciones. Si es que, de verdad, estas cosas sacan lo peor que hay en mí.

Y eso es todo, o casi todo. Como el vuelo estaba previsto a media mañana, y despegamos justo a la hora de comer, cuando pasaron el carrito-bar, las aeromozas y los aeromozos no daban abasto... a disculparse porque no tenían nada de su extensa carta: No pizzas, no sandwiches, no madalenas... De los precios de las cosas de beber no se disculpaban, creo que ya se han acostumbrado y ya casi no les da vergüenza decirlos ni cobrarlos. Y, claro, como siempre, no llevaban cambio.

Para qué más, si sería más de lo mismo. Señor, qué ganas de que funcione el AVE Madrid-Barcelona. A las compañías aéreas y a los responsables de los aeropuertos, por mí, les irán dando mucha morcilla.



sorue@divertinajes.com
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