18 de mayo de 2005

Como de otra galaxia

Si Ustedes me leen (por favor, díganme que sí, aunque sea mentira. Prefiero una mentira piadosa a una verdad cruel) sabrán por mi Pan Tumaca de la semana pasada que, ahora, viajo en metro. Y ahí no queda todo: en metro, en bus y en tren de cercanías. Estoy que me salgo. A lo que iba, utilizar el transporte público, sobretodo en hora punta, es una experiencia. No sé de qué tipo, pero una experiencia. Es una mezcla de experiencia religiosa, “ossea” y deporte de aventuras, pero sin pijería no sé, más o menos, para que se hagan una idea los que no los utilizan. Y tras la explicación, la recomendación: no se lo pierdan. Suban en uno cualquiera de los transportes públicos (el taxi no vale por ser el más privado de los públicos) y disfruten, si pueden.

Sin embargo lo que os voy a contar no pasó dentro del metro, sino al salir de él, el sábado pasado, en Madrid. Habíamos cogido Tío Ra y yo el tren de cercanías desde el lugar tranquilo en el que pasábamos el finde hasta Atocha, y allí la línea del metro para ir a comer con unos amigos en un restaurante por Fuencarral. Vamos, vamos, más al centro no podíamos ir. Yo es que soy populosa y me gusta eso del centro de la city en fin de semana. Al tema. Tras unas paradas en un metro lleno de gente, salimos al exterior en la parada de Gran Vía. Qué shock. Tanta, tanta impresión que voy a poner un punto y aparte ahorita mismo, para recuperarme.

Estaba la Gran Vía a reventar, subir las escaleras del metro fue como salir del útero materno.
—No me digas que fuiste alumbrada en plena calle y lo recuerdas.
—No Tío Ra, era una licencia literaria para significar que fue una salida a la luz, al mundo, a las multitudes...
—Era una grosería enorme y, cuando la lea tu madre, te vas a arrepentir de haberla dicho.

Había tanta gente que mi inmediata fue volver al metro, añorando ya en ese mismo momento su tranquila oscuridad.

—Sólo te falta decir que el metro flota en líquido amniótico para que te encierren por chiflada.
—Mira Julieta, los escritores debemos ser capaces de crear imágenes evocativas.
—Los escritores son capaces de muchas cosas, pero tú no.

Me han salido contestatarios estos personajes. Pues que se anden con ojo, que como me toquen mucho las narices, los monto juntos en un avión, los estrello en las aguas del Manzanares y fin de Julieta y Tío Ra: me invento otros más pelotas para que me doren la píldora, que es lo que a mí me gusta.

—Pero si nosotros te queremos muchisisímo, sobri.
—Si eres la más mejor...

Esto es otra cosa, no hay como decir las cositas claras: al vino, vino y al Pan... Tumaca. No se oyen vuestras risas...

—Ja, ja, ja.
—Je, je, je.

Infinitamente mejor. Prosigamos.

Pese a que mi inmediata me dictaba que era mejor volver al metro que enfrentarme a la multitud, mi tío Ra me agarró del brazo y al grito de “Nena, no te entretengas que llegamos tarde” nos adentramos en la jungla madrileña.

¡Qué espectáculo! La gente más rara que había visto en mi vida. Gente tan rara que, al final, parecía que la rara era yo. Yo, toda modosita con mis vaqueros piratas y mi camiseta de imitación de Custo... iba hecha una ñoña. Al loro:

Chicas, chicos y seres de sexo indefinido de todos los modelos (talla, color, altura y hechura, vengo a referirme) con “pirsins” en el 60% de su cuerpo, otro 20% lleno de tatuajes y el resto (para los que son de letras, queda otro 20%) tapado por mini minifaldas, mini camisetas, mini mini shorts, pantalones de tiro tan bajo que se lo pisan, gorras de visera, anillos en todos los dedos, faldas larguísimas tipo hippy de los 70 versión actualizada, rastas sueltas, rastas recogidas, cabezas al cero, tangas y calzoncillos a la vista, ojos maquillados como los de los faraones, caras lavadas, cuerpos enteros sin ducharse, mochilas inmensas, bolsitos mínimos, perros, gatos, un loro en un hombro (se lo juro por mi seda dental), pañuelos piratas (el del loro, ya lo habrán adivinado), tacones de 27 cm. (¡Halaaaaaa! Ahí me parece que me he pasado, 22 ó 23 quizá), gafas de sol modelo mosca de la tele (se creen modernos, je, mi madre las lucía ya en los 70 y mi padre ya se descojonaba de ella entonces), sombrillas (¿es o no alucinante?),
moreno UVA radical, palidez de Geisha con anemia... en fin, otro mundo, aunque estuviera en este, nada que envidiar al bar de la Guerra de las Galaxias.

—Pues no vimos a nadie con tres tetas.
—Fue lo único que no vimos, di la verdad tío Ra.
—Sí, lo único que no vimos y lo que yo más eché de menos.

El caso es que, uno de esos seres, el que llevaba puesto todo lo que he explicado, me preguntó la hora. Yo me quedé muda, mi cerebro en blanco durante unos segundos, los suficientes para que él ser le dijese a su amigo: “Deben ser extranjeros”, “Sí —contestó el colega— o de otro planeta”.

Iba a ser eso, iba a ser que el metro nos había transportado a otra galaxia, o a otra dimensión, o a otra época, o a otra... o a otra algo.

Menos mal que, cuando llegamos al restaurante, se nos acercó un camarero, vestido de camarero y nos dijo algo así cómo.

—¿Qué va a ser?
—Dos cañas con limón y unos berberechos.
—Marchando.

¡Qué alivio ver que aún había cordura en la tierra! Me quedé tan relajada que, cuando el tipo de la mesa de al lado, cogió su caña con uno de sus seis brazos y dudó de a cual de sus dos bocas dirigirlo, ni me inmuté.



sorue@divertinajes.com
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