16 de marzo de 2005

Un descuido de ná

La Reina Isabel II de Inglaterra, sí, sí, la misma que admitió no conocer e Eric Clapton, ha condecorado a Jorge Herralde, del que admito no saber quién es, ni falta que me hace. Esto conlleva que, pese a lo que pueda parecer, la Reina y yo tenemos algo en común: desconocemos a algunos muy conocidos e intimamos con perfectos desconocidos. Y no quiero con esto decir que Sir George sea un perfecto desconocido, sino que lo es para mí.



—Eso es por tu ignorancia, que es mucha.
—Tanta como tu impertinencia. O menos.

Julieta es la bomba. Piensa que cualquier palabra suya bastará para sanarme. Y no. Normalmente, cualquier palabra suya basta para sacarme de quicio.

—Es que tienes tú un quicio muy pequeño.
—Sí, pero tu sentido común cabe de sobra.

Es una niñata, pero la adoro. Eso es lo que suele suceder con los amigos, que sean como sean, les adoras. Y les consientes, les mimas, les disculpas, les exculpas. Ojalá fuésemos tan tolerantes con nuestros cónyuges o parejas como con nuestros amigos. Por eso, lo que en nuestros colegas nos hace gracia (que lleven siempre las gafas sucias, que no se acuerden del nombre de nadie, que no sepan conducir, que pasen de hacer la cama o que no les guste jugar al mus) y se convierte en parte de sus encantos, en nuestras parejas es el defecto más gordo.

Es que la sociedad está mal montada. Deberíamos vivir con nuestros amigos y quedar a cenar, al cine y de copas con nuestras parejas. Así evitaríamos esos desagradables incidentes de la convivencia diaria que perjudican el amor seriamente. Desde aquí agradezco a los fabricantes de los botes de champú y gel y a los fabricantes de los tubos de dentífrico por darse cuenta, hace ya unos años, que era muy sencillo evitar esas disputas comunes a hogares de todo el planeta por quién había dejado sin cerrar el frasco provocando que todo el contenido se derramase. Algún avispado incluyó en sus diseños un tapón que va pegado al bote... ¿no es maravilloso? Ahora rezo porque alguien invente sin dilación el rollo de papel higiénico “autoreponible”, la bolsa de basura “autocambiable” y los calcetines sucios que se van solos al cesto de la ropa ídem. Con eso aseguraríamos la tranquilidad de unos cuantos millones de parejas. Por ejemplo de la mía.

Otro motivo de discusión bastante recurrente es el sueño. O mejor dicho, lo que a cada uno le provoca sueño. A las pruebas me remito. ¿Quién no tiene un amigo/a que se duerme en el cine? Yo más de uno. Y no pasa nada, hace hasta gracia.

—Ay Juli, tenías que haber visto a tío Ra durmiendo como un bendito mientras veíamos en el Cineclub Lo que el viento se llevó. Estaba para comérselo. Y lo entiendo, ¿eh?, porque la peliculita es aburrida a morir.

Si el lirón hubiese sido mi pareja, el comentario sería otro.

Julieta, tenías que haberlo visto, roncando como un animalote en mitad de la sala. Dice, el muy cazurro, que “Lo que el viento se llevó es muy aburrida”. Que insensible, de verdad, no tiene idea de lo que es el arte. Ni siquiera el séptimo.

¿Que adónde quiero llegar con esto? Pues quiero llegar a que, pese a quien pese, la intransigencia es un mal muy extendido para con las personas a las que, presumiblemente, elegimos como parejas por su forma de ser. Independientemente de si se duermen o no en el cine.

Hablando de dormir, recuerdo una vez, hace unos años, que acepté acompañar a mi él de aquel momento al fútbol. Fue un domingo de casi primavera que había madrugado mucho porque Julieta se estaba cambiando de casa y yo le ayudaba con la mudanza. El caso es que, aquellos 22 pánfilos (23 contando a mi maromo, que, así visto en la distancia, era, sin duda, el más pánfilo de todos) no metían goles y a mí, a quien lo único que le emociona del fútbol es el pitido que da el árbitro cuando indica el final del partido, me entró una modorra... Comencé a bizquear, aunque intentaba sobreponerme no lo conseguía y, por lo que luego me contaron, me dormí, con la cabeza apoyada en la bufanda blaugrana de un señor de Cornellá que estaba en el asiento de al lado. Me despertó el grito indignadísimo de mi ex quien, dicho sea de paso, no se había dado ni cuenta de lo sucedido hasta que, el de Cornellá, presa de una urgencia de vejiga, depositó mi cabeza suavemente sobre su hombro y le dijo: “Aguántala un rato tú, chaval, que me estoy meando” ¡Qué cabreo pilló!

—Normal, te habías dormido en el Camp Nou, con lo caras que son las entradas.

Un cabreo tan grande y de tal calibre...

—Jope, nena, pues yo tampoco le consentiría eso a mi novia, si es que la tuviese, claro está. Que hay gente que se pirraría por un partido del Barça.

...que hasta hoy, y hace casi 15 años, no me ha vuelto a dirigir la palabra.

—Bastante vergüenza le hiciste pasar, ¿no te parece?

Pues no. A mí me parece que una cabezada a destiempo no es motivo suficiente para romper una relación. Por eso, y ya termino, te pido, cielo mío, luz de mis ojos, aire de mis pulmones, que me disculpes. Prometo no volver a dormirme mientras tu padre me explica el proceso de montaje de su tren eléctrico de cuatro vías, siete locomotoras, varios cambios de agujas, puentes, túneles, cambios de rasante y pasos a nivel. Pero entiéndelo, mi amor, ¡me lo ha contado cienes y cienes de veces!



sorue@divertinajes.com
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