16 de febrero de 2005

Gaygüinos: la revolución de las especies

La pasada semana salió en todos los medios una noticia muy curiosa. En un zoo alemán, los cuidadores de los pingüinos se hacían cruces de que, pese a la actividad sexual tan tremenda que se desarrollaba dentro del grupo (todo el día dale que te pego, eran cansinos ya los animalitos), no había manera de que naciesen pingüininos. Comenzaron a investigar y se dieron cuenta de que los pingüinos machos fornicaban (con perdón. Con perdón pero sin descanso) entre ellos. Estaban ante una colonia de pingüinos gays.

—Pingüinos homosexuales, que curioso.
—El concepto homosexual no es válido, ya que no son homos.
—Vale, vale, Julieta José Cela.

Lo de cómo se llamen no es el quid de la cuestión. El quid está en el hecho en sí. ¿Practican el sexo entre machos porque no hay hembras? ¿Lo hacen porque no quieren procrear o les resulta de veras más satisfactorio? ¿Si fueran cubanos irían a la cárcel? La duda es humana. Los pingüinos tienen sus cosas.

—Hay que reconocer que un poco metrosexuales sí son los pingüinos. Siempre tan limpios, tan arreglados, con su frac, y esos andares tan curiosos.
—Y en grupo, unos con otros, siempre rodeados de coleguitas.
—Y son fieles, los de ambos sexos. Juntos buscan el nido y cuidan de las crías.
—Será por eso entonces. Han descubierto que la vida disipada tiene su aquel.

El caso es que, para solucionar el tema, los responsables del zoo han decidido meter en el recinto de los pingus unas cuantas hembras de buen ver, a ver si a los machitos se les “redespierta” la vena, se les cae la pluma, y vuelven al redil.

—¿Funcionará? No estoy seguro —tío Ra anda pensativo al respecto—. Por muy jamonas que estén esas pájaras... para mí es como si, en un bar de Chueca, dejasen caer a Pamela Anderson. Los allí presentes, si se le acercasen, sería para pedirle, más que el número de teléfono, la dirección de su cirujano plástico.
—Además, los pingüinos de Magallanes capaces de ir desde Brasil hasta Punta Tombo en busca de sexo y familia, si quisieran hembras las habrían buscado, digo yo.
—Para mí que esta actitud es muy meditada y muy decidida. Han salido del armario, y eso les honra.

Pero aquí no acaba la cosa. Las pingüinas elegidas, cual caravana de pingüinas de Plan... ¡Son suecas!

—Por todos los dioses. Dime que los pingüinos locuelos son bajitos y calvos y veranean en Torremolinos. Yo ya me lo creo todo.
—Si Alfredo Landa y Ozores se enteran de esto, seguro que piden copyright.
—¡Suecas!, Yo no sé que tendrán las pingüinas suecas que no tengan las pingüinas españolas.
—Pues va a ser que en España no hay pingüinas... ni pingüinos.
—Ah, va a ser eso.

El tema da más de sí que el del sexo de los ángeles.

—¿No me digas que los ángeles también se han cambiado de acera?
—No Julieta, en el cielo no hay aceras. Bueno yo qué sé, no me líes.
—La crisis de identidad sexual llega a todas partes. Del zoológico al cielo.
Julieta, eres algo irreverente, ¿no crees? Nadie ha dicho nada de los ángeles, eres tú sola que te montas unas películas
—No me digas que nunca lo habías sospechado sobrina —tío Ra que se iba correr pero, visto el cariz de la conversación, ha decidido quedarse—. Los ángeles tan rubios, con sus tirabuzones, sus mofletitos, sus ojitos azules, sus túnicas brillantes, sus alitas de plumas...
—Tu tío Ra tiene razón: túnica de lamé, permanente y plumas. Plátano seguro.

En fin, gente, que así están las cosas y si las suecas no lo remedian, el año que viene, La Reina del Carnaval de Berlín, ¡será un pingüino!



sorue@divertinajes.com
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