9 de febrero de 2005

Excursiones pedestres

—¿Vas a caminar 80 kilómetros? Habrás pedido vacaciones para el resto de tu vida…

¡Qué graciosa es Julieta! Yo es que me mondo. Se está cachondeando de mí porque me he apuntado con Tío Ra y unos amigos a una excursión a pie: en 3 días, 80 kilómetros caminando por senderos, colinas y valles, comiendo en el campo, durmiendo en albergues…

—¿Cómo no me voy a reír? Si tú no has pisado nunca el campo.
—Pues alguna vez ha de ser la primera, caracoles, siempre me tienes que estropear la ilusión.
—Colinas y valles… Eso cansa, ¿eh? Y hay bichos. No hay albergues de 4 estrellas ¿te han avisado ya tus amigos boy scouts?
Julieta vete al carajo. En coche.
—¿Qué será lo próximo? ¿La isla de los famosos?

Será boba la tía. Vale, vale, a lo mejor no me llaman nunca para filmar un Al filo de lo imposible pero de ahí a decir que no camino…

—Ya te digo yo que andar, anda. El último día que la acompañé de rebajas se recorrió cada uno de los tres centros comerciales un par de veces y todo a pie.
—¿Lo ves Julieta? Es que tú no me conoces bien.
—Va a ser eso.

Es cierto que la excursión me trastoca un poquito. No estoy equipada, por ejemplo, para ir al campo y no sé qué me tengo que llevar.

—Una fiambrera.
—Y el móvil, para llamar un taxi cuando te canses.

Se callarán o les tendré que hacer callar yo… Tío Ra me dijo que me comprase unas zapatillas deportivas especiales para caminar. Y allí que fui, al Decathlon, donde, según los entendidos, hay cosas muy baratas.

¿Hace cuanto que no se compran deportivas? Yo hacía mucho, pero mucho. Recordaba cuando era pequeña que en la tienda de deportes de mi barrio te sacaban un par de cajas de bambas para que eligieras unas. Ahora las cosas han cambiado. En esas tiendas grandes nadie te atiende porque nadie sería capaz de sacar tantas cajas como modelos de deportivas existen.

Entras y encuentras cinco pasillos llenos de zapatillas, puestas de perfil. Los pasillos van estructurados por deportes, es decir, por deportes para los que son específicas las zapatillas expuestas, ¿me siguen? Tuve una sensación como de… ¿vértigo? Y pedí ayuda a una señorita.

—Yo no soy de esta sección, pero aviso a mi compañero.

La señorita en cuestión avisó por un pingajillo que llevaba en la oreja (igualito que los que llevan los de la tele) y, al cabo de pocos minutos, apareció un joven de unos 22 años (que es la edad que tienen los jóvenes y no como en los periódicos que dicen, por ejemplo, “Encontrado sin documentación y borracho un joven de 36 años en la playa de la Barceloneta” pues mire, como que no, que a los 36 años serás indocumentado, serás borracho e incluso serás joven, pero no serás “un joven”, capicci? )

—¿Es usted mi S.O.S?
—Me temo que sí.
—Pues tema, tema, porque busco unas zapatillas y no sé por donde empezar.
—¿Para que las necesita?
—Voy a hacer una excursión de 80 km. a pie en tres días.

La cara del mozo era pa haberla grabao. Dio un paso atrás, para verme con más perspectiva, y preguntó.

—¿Está usted segura?
—Como de que te tengo delante.
—Pues nada, vamos a ello. ¿Qué número calza?
—El 40.
—Miraremos un número más.
—¿No le parece que con el 40 tengo bastante? Que me duermo de pie…
—El experto soy yo, ¿no?, pues será lo que yo diga.
—A sus órdenes.
—Sígame.

Cuando llegamos al pasillo de las deportivas especiales para caminar (que era exactamente igual al de las zapatillas especiales para jugar básquet, o para hacer gimnasia, o para comer calçots) me senté en un banco.

—¿Ha pensado cómo las quiere?
—Blancas y, a ser posible, no muy caras.
—No, me refería a si las quiere con cámara de aire total o parcial, de material impermeable o más ligeras, con transpiración en los laterales o en toda la superficie.
—Blancas y, a ser posible, no muy caras.
—OK, no tiene ni idea. Yo creo que las mejores son…

Y comenzó a descartar y a elegir zapatillas con un criterio que todavía hoy desconozco.

—¿Se prueba usted éstas?
—No traje calcetines.
—Yo le presto.

Chica, qué preparados están, tienen calcetines para prestarnos… Me dio un poquito de grima pero no osé decirlo, aquel tipo era un sargento.

—¿Son cómodas?
—No estoy segura. Como están unidas la una a la otra por este plastiquito, si me pongo una sola, al caminar arrastro la otra.
—¿Y si se pone las dos?
—Me voy de bruces, guapito de cara, que eso sí lo sé.
—Y estas otras, ¿son cómodas?
—Mira chaval, esto es como si tú te probaras unos zapatos de tacón para bailar y yo te preguntase si son cómodos, ¡tú qué sabes, si son los primeros que te pones en la vida!

Todavía se está partiendo el pecho. Pero lo entendió, cambió el tono, se
sentó a mi lado y comenzó a tutearme:

—Vamos a ver, ¿te duelen aquí?
—No.
—¿Y aquí?
—No.
—¿Te pesan?
—No.
—¿Sientes el pie bien sujeto?
—Sí.
—Pues éstas son las tuyas.
—Estupendo —dije mientras me las quitaba— me lo voy a pensar y vengo luego.

La cara de horror del muchacho no se hizo esperar.

—Que no, que es broma, que me has convencido… Me llevo las zapatillas, unos calcetines y un podómetro.

Y me lo llevé. Y si he conseguido comprarme unas zapatillas, con lo difícil que es, ¿no caminaré 80 kilómetros? 80.000 si me lo propongo, que para algo soy maña.



sorue@divertinajes.com
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