19 de enero de 2005

Supositorios sospechosos

En El País del domingo salía una noticia cuanto menos curiosa. Un médico de la Seguridad Social se había negado a recetarle a un bebé de 13 meses unos supositorios antitérmicos por considerar que los supositorios inducen a la homosexualidad. El facultativo decidió que, en su lugar, el niño debería tomar unas pastillas, eficaces pero mucho más lentas. Claro que, ante un bebé con fiebre pero muy macho y un bebé sin fiebre pero con pluma, no hay duda. No, no, no la hay.

Porque es preferible mil veces un varón con su hombría bien puesta y no debemos correr riesgos, no vaya a ser que el chaval tenga una temprana inclinación viciosa y pervertida y se la vayamos a acentuar por un méteme allá ese cohete. Que también son ganas de tentar a la suerte y buscar problemas. Porque a Boris Izaguirre, probablemente, de pequeño, le inflaron a supositorios y, sin embargo a Schwazenager todo se lo daban por la boca. Bueno todo menos los plátanos y los polos, no vaya a ser que … Vaya, que los machos, de pequeños, los plátanos sólo se los deben comer a rodajas.

—Pues a mí me ponían supositorios de pequeño cuando tenía fiebre y no me pasó nada. —Es mi tío Ra, que tampoco da crédito—. Yo creo que el de la fiebre era el médico, no el niño.
—Fiebre no creo, un calentón, quizá.

Yo no sé qué creer. Lo próximo será decir que a las niñas que les gusta chupar las chirlas del arroz es porque ya entienden

—¡Que grosería, niña, cuida tus palabras!
—No, tío Ra, no soy yo la que debe cuidar sus palabras. Son las personas como ese médico que, directamente, no deberían emitir palabras. Mejor aún, no deberían emitir sonido alguno.

Es que estoy embalada. Soy hembra desde que nací y recuerdo a mi madre contándome las seiscientas milongas porque no me gustaba que me pusiesen supositorios para las anginas. Pero, claro, yo no corría peligro. O, si lo corría, no había allí alma piadosa alguna que nos lo advirtiese. Claro que si a mi madre, o a alguna de las madres con sentido común del mundo, algún médico, sea pediatra o podólogo, le dice semejante bobada, de la risa que le da la tienen que sacar del centro médico. O ingresarlas en estado de shock, cualquiera sabe. O, como hizo la madre del bebé en cuestión, recogerles la queja escrita que hizo por lo sucedido.

Y eso no es todo. Imaginen el papelón que le ha quedado al director/a del centro, que no sólo debe disculparse por lo que pasó sino, además, justificar por qué empleó a semejante sujeto. Con la de médicos normales que hay en el mundo y tuvo que contratar justo al de la mente calenturienta. A lo mejor es que a él de pequeño no le pusieron ningún supositorio y, claro, no curó bien y tiene secuelas.

A este paso, los diferentes salvadores de la buena moral no van a dar abasto a evitar situaciones peligrosas. No sé, sacar punta a un lápiz, por ejemplo, puede pensarse que induce a fornicar. Y si, como sucedía cuando yo era niña, los niños se reúnen en corro alrededor de la papelera del aula para afilar sus lápices a la vez, serán, de adultos, aficionadas al sexo en grupo, a las orgías, pero fijo.

—No seas burra, por todos los dioses.
—Que no soy burra, Julieta, que es que me pongo enferma.
—Pues ojo, a ver si te tienen que poner un supositorio de consecuencias insospechadas.
—Tú que lo digas. Andaré con mil ojos.
—Yo utilizo los de glicerina para combatir el estreñimiento. —Tío Ra sigue dándole vueltas a la cabeza—. ¡A ver si me pasa algo!
—Sí, que te dé caguera, por ejemplo, que es lo único que se me ocurre te puede pasar.
—Nena, no seas pájaro de mal agüero. Y si me ves algo raro, dímelo, ¿eh?, que me quedo preocupado.

Que los supositorios inducen a la homosexualidad es lo que me faltaba por oír.



sorue@divertinajes.com
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