17 de noviembre de 2004

El nuevo vecino

Hace unos días que tenemos un vecino nuevo en el edificio. Todavía no sé quién es ni dónde vive pero, por lo bien que se escucha su equipo de música desde mi dormitorio y mi cuarto de baño, es sordo y vive muy cerca.

La primera vez que lo oí fue la noche del sábado que decidí quedarme en casa viendo la tele, a ver si, por fin, me enteraba de qué le había pasado a Eva Nasarre a la que Julieta y yo se la tenemos jurada desde que desapareció de nuestras vidas y nos dejó con la tabla de aeróbic a medias y unos calentadores sin estrenar.

A lo que iba, estaba la ex-desaparecida a punto de explicar lo sucedido cuando mi vecino decidió escuchar y que todos escuchásemos con él, las Cuatro Estaciones de Vivaldi. En unos minutos, la primavera volvió al patio de luces en todo su esplendor. Bueno la primavera primero y, acto seguido, la mitad del vecindario cuyos caretos más que primaverales eran otoñales (en esta mi comunidad la media de edad es altita) y mostraban asombro y cabreo, todo en uno.

Desde esa noche poco más sé sobre el nuevo vecino. Sólo sus gustos musicales, tirando a clásicos, gracias a Dios, y a Mozart, creo. Así nos levantamos con el Aleluya de Haendel, pasamos la tarde con las Sinfonías de Beethoven y, antes de dormir disfrutamos del Vals del Minuto, de Chopin.

En este momento, mientras tecleo, mi vecino melómano se y nos deleita con el Cascanueces. Desde luego de variedad no me quejo, que mi casa parece el estudio de Clásicos Populares.

Tiene razón tío Ra cuando dice que, una vez asumido que no soy yo quien decide la banda sonora de mi vida, mejor un aficionado a los clásicos que un forofo del Fari. Pues va a ser que sí, que prefiero mil veces despertarme con un adagio que con el torito bravo. Pero ese no es el tema. El tema es que, si ya me quejo por trabajar todo el día con el hilo musical, figúrense como me pongo cuando llego a casa y silencio es lo único que no hay.

¿Pueden creer que añoro los días esos en que, por oír algo, encendía la tele? Ahora, si quiero no oír nada, me he de poner tapones. Y claro, es un rollazo. Porque yo creo que, en la casa de uno, uno tiene derecho a oír si le da la gana. Y cuando le ha dado la gana, tiene derecho a escuchar lo que quiera él, y no lo que ha decidido poner ese día un vecino desconsiderado que ni siquiera ha pasado a presentarse y a ofrecer su casa.

Ayer sin ir más lejos Tío Ra y Julieta vinieron a tomar una copita a casa para comprobar si era cierto lo que les contaba o si, como suele ocurrir, estaba exagerando. Nos sentamos los tres en el salón, en silencio absoluto y no se oía nada.

—¿Lo ves Julieta? Seguro que no es para tanto, es que la niña es una...

CHANTATACHAN, CHANTATACHAAAAAAAAAAAAAAAN.......

Tío Ra no pudo terminar la frase pues interrumpió Beethoven con toda su rotundidad, dándonos un susto de muerte mortal.

—¡Ajá! Decidme ahora si tenéis valor que exagero. Y esperar, que lo peor viene ahora —dije a voz en grito.
—¿Hay algo peor que esto? —Julieta bebiéndose el chupito de manzana de un trago, para recuperarse del susto.
—Lo hay, y llega en unos minutos.

Pienso que no es verdad eso de que la música amansa a las fieras. La fiera de mi vecina del 2º-3ª que es la primera en asomar cada noche, tardó ayer casi 10 minutos (su paciencia no da para más) en hacer acto de presencia con cara de tigre en ayunas y empezar a rugir.

—¡Si no baja el volumen llamo a la policía! ¡Desconsiderado, respete el descanso de los vecinos!

Ni caso, claro. ¿Y yo que lo imagino en el salón de su casa, vestido de chaqué, con los pelos alborotados y dirigiendo una orquesta imaginaria?

—Pues, después de esto, yo lo imagino, sordo como una tapia, sentado en su sillón reclinable, tarareando
—Ilusos, ese tipo es un infiltrado de las fuerzas del mal, que trabaja para una empresa inmobiliaria especuladora y sin escrúpulos, haciéndoos la guerra psicológica a los vecinos, para que vendáis vuestros pisos baratos y os pireis de aquí.
—No lo digas muy alto, que como te oigan los otros, le matan.
—¿Cómo me van a oír? Aquí lo único que se oye es esa maldita música.

En menos que canta un gallo se asomaron a sus ventanas el resto de los vecinos, cada uno con su técnica particular para persuadir al amante de la música clásica de que la baje. Casi todos gritan, reniegan y amenazan, pero los hay más creativos: El del 1º-3ª saca su radio por la ventana y pone El Larguero a todo volumen, la del 3º-2ª canta, a voz en grito aquello de “Fiel espada triunfadora”, la pareja del 4º-3ª enchufa su HI-FI con Niña Pastori, los niños del bajo salen al patio y cantan a pleno pulmón la canción del Indio, de Sheila, la nueva cantante infantil, a la vez que realizan la coreografía... Menos mal que Beethoven era sordo y no oye todo ese griterío.

Y a todo esto, mi vecino tan ancho y yo tan histérica. Julieta y el Tío Ra, justo es decirlo, se disculparon por dudar de mí, mientras salían huyendo del infierno sonoro en el que se había convertido el patio de vecindad.

El caso es que la semana próxima hay junta extraordinaria de la escalera. Confío en que allí se presente y se dé a conocer, el muy cobarde del melómano. Le tenemos todos unas ganas. Aunque, ¿saben? Quizá es mejor que yo no vaya. Como empiecen todos a cantar, gritar y rebuznar, me pueden explotar los tímpanos porque, a estas alturas, los tengo ya muy delicados. O las pelotas y armo la gorda.





sorue@divertinajes.com
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