10 de noviembre de 2004

Ingenios varios

Mi amiga Julieta se ha comprado una máquina que cocina. No solo bate, tritura, emulsiona y pica, cocina literalmente: fríe, cuece y guisa. Lo que leen, hace todo eso y, por cierto, bastante mejor que mi amiga Julieta.

El domingo me invitó a comer.

—Hacemos un aperitivo y luego te vienes a casa a comer.
—¿Qué llevo? ¿O pediremos una pizza?
—De eso nada, te tengo preparada una sorpresa que vas a alucinar.

Y aluciné. Cuando llegamos a su casa, al abrir la puerta, nos llegó un apetitoso olor a lentejas con chorizo.

—¡Qué bien huele! No me digas que está tu madre.
—¡Que va! Las he hecho yo. Bueno, las hemos hecho ella y yo.

“Ella” es una especie de caja metálica, con varios botones. Una cajita cocinera en la que debes introducir todos los ingredientes que necesita para preparar el plato elegido y ella lo cocina. (No te preocupes mamá, tus lentejas son mucho más buenas que las de la máquina). ¿Es o no es alucinante? Lástima que no haga también la compra, eso sería lo más.

Y es que, en los últimos años, los inventos que se han inventado son formidables. A mí, que todavía el fax me parece un prodigio (¿Cómo puede ser que lo que escribo yo aquí, aparezca allí, exactamente como yo lo he escrito?), ni hablemos de lo que me parece el correo electrónico o el teléfono móvil, a mí, esta máquina cocinera me tiene encandilada.

No sé quien la ha inventado, pero, pa por si, le sugiero que comience a ensayar máquinas que hagan cosas muy, muy necesarias, igual o más que un buen cocido. Por ejemplo, una máquina que haga las maletas. ¿Se imaginan lo que sería una máquina a la que dejases el armario abierto y fuese colocando en la maleta todas las cosas que necesitan para, por ejemplo, una semana en Nueva York? Seguro que ella no se olvidaría del paraguas. Aceptaría que, en una primera versión, tuvieses que dejarle la ropa decidida. Pero, supongo, pagando un poco más, podrías tener un modelo que, no sólo colocase la ropa dentro de la maleta, sino que decidiese la ropa a llevar y la planchase. En una tercera entrega inventarían la máquina que deshace maletas: te saca las cosas, separa las sucias de las limpias, las limpias las recoge en su sitio y las sucias las pone en la lavadora. Bombástico.

En esta misma línea de pensamiento (como mola esta expresión, línea de pensamiento) me pregunto. ¿Y un invento que hiciese el cambio de armario? Hay que ver qué mal llevo lo del dichoso cambio de armario.

—Pero ¿tú cambias cada estación el armario? Vaya faena, con lo que debe pesar.

Esta observación de tío Ra será mejor obviarla, fingir que nunca ha tenido lugar.

¿A qué esperan para inventar la máquina teletransportadora? En todas las películas de ciencia-ficción de mi infancia, los personajes se teletransportaban de un lugar a otro sin las incomodidades del viajar tradicional: sin atascos, sin esperas en los aeropuertos, sin las estrecheces de la clase turista... Claro que, a veces, se cometían errores y aparecías en tu destino con, por ejemplo, una cabeza de mosca.

—¡Guay! –interrumpe tío Ra again–. Me teletransportan y, por error, aparezco con la cara de Paul Newman cuando era joven.
—Y con la cuenta corriente de las Koplowitz, no te jipia.
—Eso, y con la mujer de Figo cogida del brazo.
—Pues mira, es otra opción. Sería cuestión de cruzar los dedos, a ver si vas a aparecer en destino con la cara de Rosy de Palma, la cuenta corriente de Ángel Cristo y la novia de Frankenstein cogida del brazo. Digo.

En serio. Es que no comprendo como, si hay máquinas que hacen lentejas, no pueden inventar una que, por decir algo, haga las camas.

—Esa máquina ya existe.
—¿Sí?
—Sí. Se llama asistenta y viene a tu casa, con la frecuencia pactada, por el módico precio de 9€ la hora.
—Habló el buey y dijo mu.

¡Pero que gracioso es este hombre! Por favor, que alguien invente un ingenio para dejar de reír, que yo me troncho.

Otra idea. Los coches que aparcan de lado. No entiendo que haya coches que aceleren de cero a cien en dos segundos y no haya ninguno que aparque de lado, con lo cómodo que eso sería. Sr. Ford, Sr. Opel, Sra. Honda, no sé a qué esperan para inventar eso. Quizá exista una conspiración universal de los talleres de chapa y pintura para que no salga a la luz este invento. Debe ser eso.

Hago un llamamiento a los inventores del mundo para que dejen de inventar cosas que no sirven para nada (o, lo que es peor, cosas que no sirven para nada... bueno) y dediquen su talento a inventar cosas como las que propongo. El mundo y yo estaríamos casi eternamente agradecidos.



sorue@divertinajes.com
Archivo
Volver
Imprimir