20 de octubre de 2004

Peligros urbanos

Al salir de la oficina, Tío Ra me estaba esperando en el portal con el rostro desencajado.

—¿Te encuentras mal?
—Vengo agotado, a puntito de echa el bofe por la boca, tengo taquicardias.
—Pero ¿no quedamos que venías tranquilamente dando un paseo?
—Ahí, ahí me duele. En esta ciudad pasear tranquilamente es un término tan contradictorio como hablar mudamente, por decir una tontería como las que tú dices.

Si hablamos de tráfico, si conducimos, estamos en peligro. Para conducir por Barcelona hay que aprender a esquivar no sólo a los otros coches (a montones, oiga), sino también a los autobuses de línea, los buses turísticos, el tranvía, las motos, los mensajeros (en moto, sí, pero merecen nominación aparte), las bicis... Es estresante. Te adelantan por todos los lados, si pudieran te sobrevolarían. Y eso no, un bus turístico, descapotable, pasándote por encima, no. Da pánico. El único lugar seguro es un parking subterráneo, y a veces ni siquiera. El otro día, en el parking del Hiper, a mi amiga Julieta le empotraron en la puerta del copiloto un carrito de la compra cargado hasta los topes de productos a simple vista inofensivos. Y no se lo cubre el seguro, ¿alguien ha visto un carrito de la compra con seguro, ni siquiera a terceros? Todavía saca cornflakes de los engranajes.

Si vamos a pie, la cosa no mejora, ni siquiera si caminas por encima de la acera. Peatones apresurados, carritos de niños aerodinámicos ¡con tres ruedas y forma de cohete espacial!, ciclistas (sí, sí, el carril bici está casi siempre en las aceras), deportistas haciendo futin...

—No se escribe así.
—Pues se dice así.
—Misterios del idioma inglés, que las cosas se dicen de una manera y se escriben de otra.
—Pues eso. Ellos hablan como quieren y yo escribo a mai güei.
—Vale, vale, “pa ti” la perra gorda.

...deportistas haciendo futin, marcha atlética, patinadores on line. Terminas con tortícolis de tanto girar la cabeza a ver por dónde te viene el deportista. Además están los que caminan con música en ambas orejas (y la cabeza en las avutardas), los que hablan por el móvil y gesticulan (con el riesgo de saltarle un ojo al que camina a su lado), los que llevan maletín, los que llevan ordenador, los de la bolsa del gimnasio, los que llevan las tres cosas (y el peligro de una hernia discal, por acarrear tanto peso). ¿Y los que pasean a su perro con unas correas larguísimas y retráctiles? El otro día, uno de los ciclistas rodó por los suelos cuando uno de los que hacen futin, esquivando a uno de los que llevan la música a todo volumen, tropezó con la correa que unía a una rubia con su gran danés y, tras hacer un triple salto mortal, le cayó encima al ciclista. Espectacular, ¿no?

¿Qué creen? ¿Qué no hay más? Más especímenes de acera, podríamos decir, haberlos haylos. Seguro que alguna vez se han tropezado con las maletas con ruedas de la gente que camina estirando de ellas, o han intentado, en vano, adelantar a esos grupos de amigos que van tapando el paso. A propósito, ¿se acuerdan de aquella canción “a tapar la calle, que no pase nadie”? No la habré yo cantado veces, de la mano de tío Ra.

¿Por dónde iba? Sí, me quedaban por citar los manifestantes, los mimos, los que venden flores, cedes, pañuelos auténticamente falsos de Christian Dior. Luego están los turistas, que caminan con los planos talla XXL desplegados, los que caminan mirando al mundo por una cámara de video, los que se paran, sin poner las luces de emergencia, a hacerle fotos a todas las cosas. Claro que, sinceramente, poniendo a tropezarse, mejor con un japonés, que es más bajito.

¿No les parece espeluznante este paisaje urbano de gentes en movimiento continuo? Sin acritud, ¿eh?, que cualquiera de nosotros puede ser uno u otro de estos seres circulantes en algún momento. Incluso varios a la vez, que yo soy muy capaz si me pongo.

—Mona —es mi amiga Julieta—, si es que te quejas de todo.
—Porque tengo razón, los que tan solo caminamos, es decir, avanzamos a pie hacia nuestro destino, estamos en peligro en una gran ciudad.
—Pues vete a caminar a un pueblo, que quizá sea tu destino.
—Lo pensaré, lo pensaré, no creas que no.
—Lo que no entiendo es a dónde quieres llegar con todo este rollo.

¡Lo que quiero es llegar a casa sana y salva! ¿Es eso mucho pedir?



sorue@divertinajes.com
Archivo
Volver
Imprimir