13 de octubre de 2004

Noticias del mundo

Estas semanas de ajetreo político y mediático, estoy que no vivo. Entre la ley que permitirá ¡por fin! a los homosexuales casarse, la boda de Norma Duval, la constitución europea, la ruptura de Fran Rivera y Carla Goyanes, las elecciones de EEUU y las últimas expulsiones de Gran Hermano y La Granja, de verdad te lo juro que estoy saturada.

Ustedes dirán que no se pueden mezclar unas noticias con otras (churras con merinas, diría mi madre; el culo con las témporas, diría yo que soy más vulgar) y tienen parte de razón, no toda, pero sí parte. Y si no miren la tele, lean los periódicos y vean si mezclamos o no, que los noticieros parecen pisto manchego, esto no se puede aguantar.

Para mí lo importante es priorizar las noticias. Dentro de tu cabeza decidir cuál es más importante o útil o necesaria o divertida o lo que sea. A mí estos días me han chiflado dos. Allá van:

En un aeropuerto regional de Australia (vastísimo país que ha estado bajo una intensa alerta tras los ataques con aviones del 11 de septiembre de 2001 contra los Estados Unidos y cuyas medidas de seguridad en edificios importantes y medios de transportes habían incrementado estas semanas por estar en periodo electoral) vivieron hace unos días una situación que yo llamaría... dramáticofestiva.

Una papelera de apariencia más que pacífica comenzó, de pronto, a zumbar furiosamente. Ante el asombro del personal la papelera emitía un extraño sonido que provocó una situación de emergencia.

La policía comenzó por acordonar la papelera sospechosa y alejar de allí a los imprudentes curiosos que se acercaron. Creo que, incluso, uno de los agentes apuntó directamente a la papelera y gritó “Policía, al suelo” sin éxito alguno, claro, que la papelera ni se inmutó, que era sorda como una tapia.

Ante lo peligroso y desconcertante de la situación, la policía evacuó la terminal y cerró el aeropuerto al tráfico durante una hora. A punto estaban de llamar a los expertos en explosivos cuando un pasajero anónimo se presentó para identificar el contenido del paquete abandonado en la papelera.

¿Qué dirían que era? Veo, veo, una cosita con una formita que empieza por la letra....

Premio para el caballero del jersey de esparto. Un vibrador, era un vibrador. En serio, aunque el portavoz de la pasma dijo en la rueda de prensa (que debía parecer, vamos digo yo, una juerga de prensa, por no decir una rueda de risas descojonantes) que se trataba de un “innovador aparato para adultos”, el peligrosísimo artefacto era un vibrador. Quizá innovador, ¿eh? Que no lo sé, que no lo vi. El dueño confesó que lo había abandonado por un modelo más moderno, que consumía menos batería. “Lo estaba abandonando, es cierto, pese a saber que él no me lo hubiese hecho a mí nunca” dijo el dueño del juguetito.

¿Qué? ¿Es o no es buena esta noticia? Vale, vale, no aporta nada nuevo ni es decisiva para evitar el recalentamiento del planeta, pero te partes.

Y, un poco al hilo del tema de seguridad y aeropuertos, no quiero pensar qué ocurriría en este tan precavido de Australia si aterrizase en él un señor alemán que, tras muchas dudas por parte de las autoridades, ha conseguido que le reconozcan el derecho a figurar en la foto del pasaporte... ¡sacando la lengua!

Parece ser que al principio le habían denegado tan burlesco derecho pero, una vez analizadas las normas jurídicas vigentes en el país de los frankfurts y la cerveza, no tuvieron más remedio que extender el documento.

¿Que por qué no hay ninguna norma que impida salir haciendo “gañotas” en la foto del pasaporte? Pues por la misma que no hay ninguna ley que prohíba tirar vibradores a las papeleras y provocar alarma social, porque, lo que no se te ha ocurrido que puede pasar, no lo puedes prohibir, porque nadie imaginaba que un alemán tenga tanto sentido del humor, ni que alguien decida jugar al papelbasket con un vibrador, como si no hubiera mejores juegos a los que jugar con él. Pero, eran cachondos los tíos, ¿o no?



sorue@divertinajes.com
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