6 de octumbre de 2004

Dejad que los niños se acerquen a mí

El otro día, mi amiga Julieta apareció en nuestra Cena semanal muy estresada. Estaba tan nerviosa que no acertaba a explicarme por qué lo estaba. Tras una copa de vino y unas aceitunas, ya más calmada, me contó el motivo de sus nervios. Era su sobrina Eva.

Julieta se había ofrecido para pasar la tarde con su sobrinita de tres años mientras los padres iban al médico (parece ser que el cuñado de Julieta, hipocondríaco de libro, tenía un inexplicable y angustioso dolor en el brazo derecho cada vez que levantaba la pierna izquierda... o algo parecido). Recogió a la niña en su casa con el coche para ir al parque; convenientemente atada en su silla de seguridad, Eva no dejaba de parlotear, de protestar y de pedir. Eva quería todo a la vez: un helado, volver a casa, ir con sus padres y que Julieta pusiese "la casette de Bisbal". Tanto parloteo comenzó a poner a Julieta nerviosa (Julieta no está acostumbrada a compartir su tiempo con alguien que habla más que ella) y la voz de pito de la niña le estaba taladrando el tímpano.

Cuando llegaron al parque le costó un celemín encontrar sitio para aparcar y, cuando lo hizo, le costó otro meter el coche en el hueco, probablemente demasiado pequeño y a pleno sol. Eva no dejaba de repetir que su madre conducía mejor, que el coche de su padre era más bonito y que, o ponían a Bisbal o ella no pensaba jugar a nada.

Una vez aparcado el coche, Julieta se volvió hacia la niña y dijo las palabras mágicas: No te muevas. Ése fue el error, no saber que si dices a un niño que no haga algo el resultado inmediato es que lo hará.

Mientras ella salía del coche vio por el rabillo del ojo como Eva se soltaba de su sillita y se disponía a salir a la calle por el lado de los coches. Julieta, que ya había abierto su puerta, puso el seguro, salió volando y cerró de un portazo, dejando a la niña dentro del coche encerrada, el bolso en el asiento y las llaves puesta en el contacto.

—Te juró que no sé como pasó. Me asusté al ver que iba a lanzarse a la calle y lo hice sin pensar.
—Como todo lo que haces, por otra parte.

¡Vaya panorama! Julieta fuera, Eva dentro, moviéndose libremente por el coche, con las llaves allí colgando las muy guarras y al sol. ¿Probaron alguna vez a abrir un coche sin las llaves? El chorizo de mi barrio lo abre seguro, pero Julieta no.

—Tranquila cariño, que la tía te saca enseguida. O eso espero.

Los minutos pasaban mientras Julieta intentaba, simultáneamente, tranquilizar a la niña (que estaba tan tranquila, todo hay que decirlo), encontrar ayuda, calmarse ella misma.

Pasados unos diez minutos se acercó una pareja al ver a Julieta hablando sola con un coche (“Eso nos pareció en el primer momento”, dijeron los dos más tarde). Mi amiga les explicó el problema y les pidió su móvil para llamar a los bomberos, a la policía al 112, al CSI si hacía falta. Eva comenzaba a sudar la gota gorda.

¿Saben que todavía hay gente que no lleva móvil? Son los que intentaron ayudar a Julieta el otro día. Ella, avergonzada, trataba de explicarlo: "Como dicen que provoca cáncer...". A todo esto la gente comenzó a agolparse alrededor de mi amiga.

—¿Y si rompemos una ventanilla?

Julieta resignada se quitó un zapato y la emprendió a golpes contra el cristal. Inútil. Anti choque los llaman y no se rompen tan fácil.

Por fin apareció un tipo que sí llevaba móvil y llamaron a los bomberos.

Los escaso minutos que tardaron en llegar los empleó Julieta en hablar con Evita, asegurándole que iban a venir unos señores muy buenos que la iban a sacar y le compraría un helado muy grande en el parque y la llevaría a los caballitos y le cantaría una canción y le contaría un cuento, mientras la niña daba palmaditas entusiasmada y decía "¿Qué más haremos cuando me saquen? Es que tengo mucha seeeeeed", con esa carita que ponen los niños que te rompe el alma.

Por fin llegaron los bomberos y se pusieron manos a la obra. Daban vueltas al coche estudiando la manera de sacar a la niña sin demasiado destrozos. Había ya un montón de gente rodeándoles, Julieta les pedía que se alejaran que estaban asustando más a la criatura cuando

—Señora, acérquese que le llama la niña.

Y la niña, dando golpecitos en el cristal le dijo muy fuerte y muy claro.

— Tía, ¿puedo quitar el seguro y salir ya? Es que este juego es muy aburrido y me hago pis

Dicho y hecho, tiró del botón del seguro con sus deditos y lo quitó. Luego, para asombro de todo el personal, abrió la puerta y saltó a los brazos de mi amiga.

—Y ahora, a por el helado, a los caballitos. ¡Viva mi tía Julieta!

El bochorno había sido mayúsculo, pese a que los bomberos intentaban quitarle importancia, "No se preocupe, Señora, si usted supiera cuántas veces nos llaman para nada, Señora. Lo importante, Señora, es que todo ha terminado bien, Señora

Julieta jura que si aquel bombero le llama Señora una vez más, se vuelve a quitar el zapato.

El resto de la tarde no quieran ni saberlo. Julieta quien, tras esos minutos de nervios, se quería ir a casa y tomarse un tranquilín. La niña que decía que le habían prometido un montón de cosas y que, o le cantaba la canción y le contaba el cuento o ella iba con el cuento a su madre. Y todos sabemos cómo se las gasta la hermana de Julieta.

Los biógrafos de Jesucristo se confundieron, pero fijo. Lo que Él dijo fue, me juego mi bolígrafo Montblanc: "Dejad que los niños se alejen de mí".



sorue@divertinajes.com
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