29 de septiembre de 2004

Edad madura

Desde que Julieta trabaja rodeada de surfistas (para los que no lo saben —lo que quiere decir que no me lee y eso está muy mal— Julieta ha cambiado de trabajo) que son, por lo general, gente joven, y está por lo general estupenda, y está muy preocupada por su aspecto físico.

Julieta, para la edad que tiene, se conserva maravillosamente...

—Si bonita, pero conserva al fin y al cabo.

... pero tiene, ¿quién no?, algunas arruguitas aquí, un poquito de celulitis allá, y anda preocupada. Por eso se ha pasado por la Sección de Belleza de El Corte Inglés... y se lo ha comprado todo.

Una de las cosas que se ha comprado es una crema específica para la piel madura. Y aquí ha comenzado el drama de la tarde:


Y eso que es de su página web,
www.isabelpreysler.com,
que si no...

—El tarrito me ha costado un ojo de la cara pero me han dicho que hace desaparecer las patas de gallo.
—Pues sinceramente, yo prefiero tener dos ojos con arrugas que uno liso.
—Mujer, lo perder el ojo es una manera de hablar.
—Me temo que lo desaparecer las arrugas también es una manera de hablar

El caso es que, llena de ilusión, la Nueva Julieta ha abierto la cajita y ha sacado el prospecto para leer cómo se debía aplicar la crema. Era un prospecto no muy grande, doblado 20 veces y lleno absolutamente de letras. De hecho, las explicaciones están en todos los idiomas, en todos ¿eh? Lo que quiere decir que todas las mujeres del mundo se arrugan, incluso las filipinas. ¡Ja! A ver cómo se justifica ahora Isabel Preysler.

A lo que iba, las letras eran tan pequeñísimas que nos tiramos media hora sólo para distinguir las explicaciones que estában en nuestro alfabeto de las que estaban en chino, árabe, griego, ruso... cielos, la visión de millones de mujeres de todo el mundo mundial recuperando la tersura de sus rostros era felliniana.

Una vez encontrado nuestro idioma intentamos leer lo que nos indicaba. ¡Inocentes! Estaba escrito en una letra hiper-mega-súper-pequeña. Toda la información vital en ese momento para Julieta se apiñaba en un espacio minúsculo, casi imposible de leer. A mi amiga se le iban las fuerzas en acercarse el papel lo más posible a las narices, para luego distanciárselo de la cara todo lo que le permiten sus brazos, y ponerse sus gafas de ver de cerca, y las mías, y las de ver de lejos, y las de sol, y las de bucear y ni aún así. No veíamos un pijo.

Esta sí que es buena. Compramos una crema para pieles maduras que ¿quién se creen estos tipos que tiene la piel madura más que las mujeres maduras? Y las personas maduras, todos lo sabemos, tienen mala vista. Y ellos, que serán insultantemente jóvenes y de vista perfecta, podían ser compasivos, podían hacer los prospectos más grandes, con las letras más grandes... Claro que, si me pongo a pensar mal, mientras, a la misma vez, miro cómo Julieta guiña los ojos y arruga la nariz para conseguir ver algo, lo entiendo. Si no tienes bastantes patas de gallo te juro que después de este ejercicio de lectura te salen. De gallo las patas, de tigre los rugidos rabiosos.

Mientras Julieta maldecía (“mecagüentodoloquesemenea”) presa de un cabreo como una mona yo buscaba frenéticamente una lupa. Ni con esas. La lupa, la cual, todo hay que decirlo, era de las que iban dentro de los plumieres de cuando éramos niñas (Julieta es que no tira nada) no sólo no aumentaba lo suficiente sino que, para colmo, deformaba las letras. Cuando Julieta, además de estar roja de ira, comenzaba a bizquear, tuve la idea genial:

—¿Y si le hacemos una fotocopia ampliada en la papelería de la esquina?

¡Pero qué listísima soy y qué ocurrente y qué genial! Por favor, que alguien se lo diga a mi jefe.

Salimos de la papelería con el texto en DINA3, tan grande que daba miedo y nos sentamos a tomarnos yo un café, Julieta una tila, en la cafetería de Nico (¿nunca les hablé de Nico? No me lo puedo creer, lo dejo para otra semana, pero me queda pendiente, que no se me olvide), la NICOFETERIA.

—Esto no va a quedar así, ¡ja!, yo le escribo al Defensor del Lector, para que tome cartas en el asunto.
—No te líes Juli, que el defensor no tiene nada que hacer en esto.
—¿Ah, no? Pues ya me dirás si no soy una lectora indefensa. ¡Y no me llames Juli, que me crispa!

¿Quieren saber qué ponía en el folleto dichoso? Pues yo también, pero, mientras le explicaba a Nico que no, que eso no era un cartel y que no lo queríamos colgar en ningún sitio, Nico se distrajo mirando cómo Julieta le prendía fuego en señal de venganza al prospecto original. Total, que tropezó y tiró mi café con leche sobre la fotocopia gigante.

Como pueden imaginar, después de esto Julieta decidió que lo mejor era comenzar a ponerse la crema alrrededor de los ojos y relajarse, porque, según ella, si se deja llevar por su instinto de mujer-mujer, comete una tropelía y, la verdad, no estamos ya en edad.



sorue@divertinajes.com
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