16 de junio de 2004

El tocino y la velocidad

Ayer iba en el coche con mi tío Ra de copiloto camino del super cuando el automóvil que nos precedía frenó en seco. Gracias a mis rápidos reflejos, a mi pericia como conductora, a los frenos ABS...

—...y a que ibas a 10 km por hora.

... pues sí, también a eso, no nos vamos a engañar, gracias a todo frenamos a tiempo. A tiempo de ver por el retrovisor como el coche que venía por detrás nos daba por ídem. ¡PUM!

Gracias a Dios (y al cinturón de seguridad, los airbags y a que nos preparamos para el golpe encogiéndonos) no nos pasó nada.

—¿Qué pasa? Que mi contractura de cuello no es nada, ¿no? Pues tengo que llevar el collarín dos semanas

Bueno sí, a él le pasó un poquito. Lo que quiero decir es que estamos bien ambos dos. Y eso me permite hablar de lo que quiero hablar desde el principio, es decir, del destino inexorable.

Durante unos segundos, mientras veía el coche blanco dirigiéndose hacia nosotros a toda velocidad...

—No exageres sobrina.
—¿Quieres dejar de interrumpirme? Le restas emoción a la historia

... dirigiéndose hacia nosotros a toda velocidad, fui consciente de que iba a suceder lo inevitable (ya saben, el ¡PUM!) y me acojoné. Porque, he aquí el meollo: tener la certeza de que va suceder lo que va a suceder y tú no puedes hacer nada, acojona. Y no sólo da miedo el golpe, no, asusta salir del coche a rellenar el parte amistoso de accidente, buscar por todos los cajones de casa la póliza de seguro, llevar el coche al taller y saber que pasarás sin él un par de semanas, que tendrás problemas, que no recuperarás la franquicia...

—Sinceramente sobrina, pensé que tu miedo era, ¿cómo diría?, más metafísico, menos práctico.

Es que no me has dejado terminar, como siempre. Iba a decir que, pese a todo, eso no es lo peor. Lo peor es lo otro.

—¿El qué?
—Joer, tío Ra, lo de lo inevitable, el destino y todo eso.
—Niña, me estás chalando ya con tanta tontería.

Pero si es que no son tonterías. Una de las cosas que más nerviosa me ponen es saber que hay alguien escondido en alguna parte que me va a dar un susto, ¿no han jugado nunca a asustar? Vas, por poner un ejemplo, avanzando por el pasillo de un hotel sabiendo que tu amigo (léase amiga, novio, prima, vecina del 5º o mediopensionista) está oculto tras alguna esquina esperando que pases para gritar y darte un susto de muerte. Mientras caminas por el dichoso pasillito, despacio, mirando a todos los lados, te lo imaginas allí, agazapado en la oscuridad, preparado para saltar con las manos en alto y...

—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAGGGGGGGGGGGGGGGGGHHHHHHH!
—Dioses, tío Ra, qué susto me has dado, casi se me sale el corazón.

¿Lo ven? A eso me refería. Al miedo que da lo inevitable.

¿Recuerdan cuando no habías abierto el libro de historia en todo el semestre y, un martes cualquiera, se presentaba el bobo del profesor y decía: “Hoy examen sorpresa”? Te c.... patas abajo. El miedo a lo inevitable.

¿Y qué me dicen de cuando tu abuela te invitaba a comer y sabías que te tocaría comer callos? ¡Qué asco! Pasabas toda la mañana enferma de pensar el almuerzo que te esperaba. El miedo a lo inevitable.

Se me ocurren más ejemplos pero, sólo de pensarlos me enervo toda: la visita al dentista o al ginecólogo, subirte a la báscula después de las vacaciones, la declaración de la renta, que el jefe te llame al despacho (“con usted quiero hablar, señorita”), el extracto de la VISA... lo inevitable.

Supongo que un poco de esto debieron sentir los políticos europeos la víspera de las elecciones europeas. El descalabro de los diferentes ¿líderes? Estaba cantado. Y ellos, con los congojos por corbata y disimulando. Papelón, ¿o no?

Es el destino, el sino. La vida es así. O parecida.



sorue@divertinajes.com
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