9 de junio de 2004

Y los libros se fueron de feria

Esta semana he estado en Madrid por amor... a la lectura. Quería ver las novedades editoriales, pero todas juntas, y a los escritores firmando y el ambientillo literariofestivo y, de paso, no quería desaprovechar la oportunidad de pasear palmito por el Retiro con mis Pan Tumaca en la mano, por si veía a algún editor y le vendía los escritos de Divertinajes como una recopilación de experiencias vividas. (O vívidas, todavía no lo sé).

Total, que el sábado, el equipo JRY, mi amiga Julieta, mi tío Ra, y Yo, nos vestimos de culturetas veraniegos, es decir, bermudas, chancletas y gafitas de concha y allí que nos fuimos dispuestos a todo... más o menos.

Por si no lo saben, la Feria ocupa uno de los laterales del parque, al completo, para que luego digan que el saber no ocupa lugar. Llegamos a eso de la una de la tarde, como los marqueses. ¡Qué calor hacía, por todos los prólogos! Miramos desesperanzados la fila de casetas, una fila a cada lado de la “calle” en algunos tramos, y nos decidimos a empezar por el lado de la sombra, como los valientes.

Cuando llevábamos dos pasos ya nos habían dado unos monísimos abanicos de promoción del evento (“Mira tú, como en la boda real” —exclamó Julieta, toda ella júbilo y alborozo).

Cuando llevábamos seis —pasos— nos abanicábamos frenéticamente, saltábamos de sombra en sombra y no nos refrescaba ni La sombra del viento, pese a la sombra y al viento, fíjate cómo estábamos de acaloradas. Llegados a este punto, decidimos sentarnos en un chiringuito a tomar una horchata. Nuestro amor a la cultura es mucho, pero 36 grados a la sombra, sinceramente, es más.

Qué bonito es el Retiro. Lástima que en el chiringo de las horchatas no vendan helados, en el de los helados no vendan horchatas y, lástima también que, cuando convencimos al tío Ra de que cambiase su antojo de helado de vainilla por una caña con limón y encontramos el garito donde sentarnos, nos cobrasen de la clara 3€ y de las horchatas 4€. Claro, tras este dispendio decidimos amortizar la mesa y, para cuando nos dimos cuenta, estábamos a media tarde, con unos cuantos pinchos de tortilla en el cuerpo, varias claras, horchatas, aguas, cafés y calorías más... y 60€ menos. Decidimos volver al redil de los libros, que, al fin y al cabo era para lo que habíamos ido.

Por la tarde nos hicimos con el horario de firmas de libros, para ver a nuestros escritores favoritos. La verdad es que fue difícil seguirlos. Julieta, que tiene una sobrina de tres años, se hinchó a comprar libros infantiles de esos llenos de ventanitas que se abren, páginas dobles despegables, efectos sonoros, y lengüetas para tirar. Los llaman libros interactivos, algunos parecen atracciones de Port Aventura en vez de libros. La verdad, son tan bonitos que da pena saber leer y tener que comprarse esos otros llenos de letras.

Mi tío Ra se encaprichó de un libro para niñas pre-adolescentes, antes llamadas niñas en la edad del pavo, que se llamaba, os lo juro por mi colección de tazos, Bailando en mis bragas invisibles. “Es que el título me pone”, decía mi tío Ra. Pero hay que perdonárselo, llevaba muchas horas al sol, y tenía la cabeza ardiendo. Y los pies.

(Tío Ra me dice que ponga que se lo compró, es cierto, pero que también compró dos de Vázquez Montalbán y uno de cocina para solteros. Dice que queda fatal siempre en mis crónicas. Y yo lo pongo y aclaro que, pese a sus formas, y alguno de sus fondos, mi tío Ra es un tipo genial).

Yo compré varios, pero no se los digo porque, sinceramente, no les importa.

Firmando estaban Ray Lóriga, Matilde Asensi, Dominique Lapierre, Almudena Grandes, Maruja Torres, don Leandro Infante de España... qué nivel... Nos volvimos locos simultaneando las diferentes colas, como en el mercado, y guardándonos la vez los unos para los otros. Me explico, yo hacía cola donde Maruja, Julieta donde Ray Loriga y mi tío Ra, pongamos, donde Almudena Grandes. Estábamos conectados a tres por el móvil:

—¿Cuántos tienes delante?
—Tres.
—Yo cuatro.
—Yo seis.

El que más tenía le dejaba la vez al desconocido de detrás (a veces sobornándole con un poco de aire de nuestros abanicos) y echaba a correr hacia la cola en la que ya estábamos a punto de pasar. ¡Que marcha! Al final de la tarde teníamos todas las firmas que buscábamos excepto una, allí nos dirigimos raudos y veloces con nuestros tebeos de la infancia, a por la firma del Gran Ibáñez.

La cola era mucho más larga que la nariz de Mortadelo y, os aseguro, la gente que la componía más variada que sus disfraces. Conocimos forofos de Rompetechos, un fan de Ofelia (ya saben, la secre del Presi de la TIA) y, por supuesto, expertos en las aventuras de los dos detectives más desastres de todos los detectives desastres. Tío Ra estaba como chiquillo con zapatos nuevos, y no era para menos: se fue para casa con el último de Ibáñez dedicado y una foto en la que aparece él entre Mortadelo y Filemón, vaya caña.

Cuando ya salíamos cargados de bolsas con libros (el saber ocupará lo que ocupe, que es discutible, pero ¡hay que ver lo que pesa!), con ampollas en los pies y una sed infinita, nos encontramos con Maruja Limón, que llevaba el ¡Hola! especial boda real para que se lo firmase el ex bastardo. Es lo que tiene Maruja, que no se pierde una.

Ahora somos más cultos y algo más pobres, pero ¡y lo bien que la pasamos! El año que viene vuelvo, fijo.



sorue@divertinajes.com
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