5 de mayo de 2004

Una de toros

Como ustedes probablemente saben, menda lerenda vive en Barcelona. Como ustedes seguramente saben, Barcelona ha sido declarada ciudad antitaurina.

Lo que ustedes no saben, aunque quizá se lo imaginan, es que, a mí, las corridas de toros, no me gustan ni pizca. ¿Lo ven? Para mí, vivir en Barcelona sólo tiene ventajas. Bueno, para mí y para los Miura.

A mí lo que me gustan son los toros... vivos. Ver a un señor vestido de colorines pinchando al animal cual si de una brocheta se tratase, no me mola. Ni me gusta que les tomen el pelo a los pobres bichos.

—No les toman el pelo —Julieta sale en defensa de la fiesta—, los torean con mucho arte.

Pues ahí me lo has dicho todo. Los torean y sabemos qué quiere decir eso. Cuando siento que alguien me está toreando me pongo como una furia y me dan ganas de embestirle como... como un toro.

El caso es que, en esta ciudad tan poco torera, mi amigo Xavier tiene un hijo de 4 años con afición. Sí, sí, ¿no es curioso?

Todo empezó cuando el niño, el Jordi, fue a pasar unos días al pueblo de su abuela en Castellón coincidiendo con las fiestas de la patrona. ¿Y cómo las celebraban? Con suelta de vaquillas. Ni se imaginan cómo se quedó el chaval, bueno, el nen, cuando vio a todas esas bestias corriendo como locas, y a todos esos animales bajando al ruedo a provocarlas, chincharlas y soliviantarlas.

Desde ese momento crucial, el Jordi sólo juega torear y sueña con salir a hombros de La Maestranza.

Ustedes se preguntarán: ¿qué sabe un niño de 4 años de La Maestranza? Pues más de lo que se creen. Cuando empezó la temporada taurina en Canal +, el Jordi se apalancó delante de la tele y se tragó todas las corridas. ¡Tenían que haberlo visto, puesto en pie, gritando OOOOOOOOOOOOOOOOLEEEEÉ! Hacía una gracia nos tronchábamos todos de risa. Bueno, todos menos su padre, que tiene un cabreo como un capitán general del ejército de tierra.

—Pero, ¿queréis dejar de reíros? No tiene maldita la gracia. A ver si nos van a expulsar de la comunidad, por traidores y disidentes y españolistas.

Pero, ¿qué quieren? La imagen era para no olvidar. Claro que lo mejor llegó el día que el Jordi, se empeñó en ver una corrida en directo. Su padre no sólo se negó a llevarle sino que intentó sobornarle vilmente con entradas para el Barça-Madrid, entradas para el Acuarium, entradas para el Port Aventura, entradas para el Liceo, entradas para el espectáculo erótico del BAGDAG... Ni por esas.

Papi, sé que los toros vienen a Barcelona y el nen vol anar a veure a los toros... —Manda collons con el hijo de mi amigo.

Porque una parte de la gracia está en que él se cree que los toros son siempre los mismos que van de ciudad en ciudad y, claro, no sufre.

Total que, harto de jugar a los intransigentes y, por qué no decirlo, convencido de que la violencia del espectáculo haría a su hijo cambiar de opinión, p’allá que se van padre e hijo (la Merçé, la madre, no quiere ni oír hablar del tema) a La Monumental, a ver la corrida.

Si todavía tienen ganas de preguntarse cosas, se preguntarán si los niños pequeños pueden entrar a los toros. Pues no, no pueden. Pero, ya saben, hecha la ley, hecha la trampa. Con subterfugios extraños, mi amigo (el meu amic) consiguió pasar.

Se colocaron en el asiento que les correspondía, al sol, justo al lado de un señor con puro y sombrero cordobés que exclamó, nada más ver al pequeño Jordi: “Da gusto ver como crese la afisión”. Tela, telita, tela.

Dice mi amigo que toda la tarde fue un suplicio (un suplici): El señor del puro enseñó a Jordi no sólo a gritar ¡OLÉ! cuando correspondía, sino a distinguir una verónica de una manoletina y una manoletina de una navarra.

—Pero, ¿una manoletina no es un tipo de zapato?

Pues eso mismo pensaba mi amigo, fíjate tú qué cosas, que una manoletina era un zapato, una Navarra una señora de Pamplona y una verónica, su vecinita del 2º A.

Lo pero fue cuando, al comenzar el toro a sangrar como un ídem, Jordi, con la mano en el corazón y esa vocecita angelical de niño de 4 años, preguntó:

—Papi, ¿qué es eso rojo que le sale al toro por la boca?
—Sangre, fill meu.
—¿Sangre? Pobret...
—¿Quieres que nos vayamos?
—No, no. Pero, Papi, si te da miedo la sangre, no mires.

Todavía no se ha recuperado del shock, mi amigo. Ni yo.



sorue@divertinajes.com
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